jueves, enero 23, 2025

Desconectada


Hoy hace una semana me desconecté... subí el post de la gaticueva sobre el 16 de enero y de pronto ¡puf! mi celular dejó este mundo y no regresó más, además de eso mi computadora, que vino en la bodega de alguna de las tres carabelas de Colón, no conectaba a internet, así que quedé como personaje de algún terrorífico capítulo de The Black Mirror: totalmente fuera del mundo virtual, es decir dejé virtualmente de existir.

El viernes y el sábado no estuvieron tan mal porque estuve fuera de San Salvador, de hecho el sábado recibiendo el Waxakib Batz, el día de la creación del hombre de maíz en la cultura maya, junto con el Consejo de Principales Aj Quij en Tazumal; sin embargo al despertar el domingo comencé a aterrizar en la idea de la desconección digital y a sucumbir a la ansiedad por todos los escenarios posibles: perder citas, no atender clientes, estar incomunicada y todas las cosas terribles que una piensa cuando está ansiosa y se olvida de respirar.

Para el domingo a la tarde ya me había acordado de respirar, así como también de no intentar controlar las cosas que no están en mi posibilidad de acción e iniciar las acciones que puedo, así sean solo pequeños pasos, lo más pronto posible y con el mejor ánimo, de modo que para el lunes a la mañana ya había vuelto al trabajo con acceso limitado a la virtualidad y hoy, una semana después, me entusiasma todo lo que hago fuera de la esclavitud de la pantalla.

He recuperado mi tiempo de lectura de libros, leía bastante en formato digital desde mi celular y volver a la sensación del peso del libro, la textura de la página en los dedos y el recorrido de la vista en las largas líneas de prosa ha sido un placer, comparable con la delicia de hacer los cálculos mentales de las operaciones matemáticas del cierre de caja diario y eso que nunca había sido fan de las matemáticas, o anotar en la agenda amarilla que mi mamá me regaló por navidad, las citas semanales y las ideas que surgen durante el viaje en el microbus. Pero de las mejores cosas ha sido sin duda, dejar de lado el despertador y que mi cuerpo tenga la memoria exacta de la hora a la que me levanto para la meditación y el yoga cotidianos, despertar sin el sonido de la alarma que arranca a tirones la conciencia del territorio de Morfeo ha sido una alegría cotidiana.

Esta semana el tiempo se ha desacelerado y he podido acompañarme un poco más a mí y a mis días, una sensación extraña que hacía demasiado tiempo no tenía: caminar en lugar de correr y por supuesto, disfrutar del paisaje. Claro, he tardado un poco más en contestar algunas cosas, en entregar documentos o en ver informaciones pero el mundo no ha colapsado y he podido hacer lo que tenía que hacer, librándome de paso de la plaga del exceso de información, eso si que ha sido una verdadera vacación para mi mente y entre menos información recibía de las redes, más imágenes se despertaban en mi imaginación, lo cual es bueno ya que estoy en período de montaje y me ha costado mucho menos concentrarme en ello ahora que en otros momentos.

Hasta hace un par de años, tenía la costumbre de dejar un día mi celular apagado y no contestar nada del mundo exterior, costumbre que fui perdiendo por la inercia del trabajo y la ilusión de que es tu deber estar disponible veinticuatro pleca siete, según la cultura de producción y consumo que nos asiste.Esta semana he recordado lo bueno que era estar desconectada de vez en cuando, aún cuando eso implicó también vencer mi aversión a llamar por teléfono, teléfono fijo claro, ya que no tenía el escape de resolver todo por mensajes.Creo que mañana llega el nuevo aparatito y regreso al mundo virtual, nada es para siempre, pero quiero regresar con más conciencia de que el instrumento es él, no yo, y que fuera de la pantalla hay mucha vida y muy intensa por cierto.

jueves, enero 16, 2025

Las Malas Palabras


Vivo en un país que al decir de un poeta nacional, se lo inventó él y en verdad no existe, de cuando en cuando se lo vuelven a inventar, pero para ser sinceros le pasa como a alguna gente: no se parece mucho a como sale en la foto. Cuando me acuerdo escribo, a veces de cosas de las que uno no debería acordarse, como que  hoy jueves dieciséis de enero hace treinta y tres años, edad crística y si los cálculos me asisten, a mí que tanto me cuestan las matemáticas, se firmaron en Chapultepec, México, los Acuerdos de Paz entre la guerrilla salvadoreña y el gobierno de El Salvador de ese entonces, esto por su puesto es de mala educación recordarlo ahora y mucho más decirlo, de modo que solo lo escribiré, ya que las palabras han perdido su peso y se olvidan apenas dichas.

Muy temprano en la mañana, mi termo de café y yo nos sentamos en el Parque Cuscatlán, frente al gran muro que hace las veces de monumento y donde hay miles de nombres que alguna vez pertenecieron a las personas que murieron en la guerra. Guerra es también una mala palabra entre nosotros: a alguna gente le da picazón en el cuerpo y se revuelven incómodos como si no supieran donde poner su sensación de culpa o de vergüenza o vaya usted a saber; a otros les provoca escozor en los ojos porque es ahí donde se guarda la tristeza cuando ya no cabe en los bolsillos, algunos más voltean los ojos y los ponen en blanco por el exceso de bilis que da el saber que este planeta existía y que sucedieron cosas antes de su llegada a él y se las perdieron, qué le vamos a hacer, siempre nos toca perdernos algo, a mí por ejemplo me da rabia haberme perdido el Woodstock del '69 pero trato de vivir con ello.

El Monumento a la Memoria y la Verdad tiene solo ochenta y cinco metros de largo, no llega ni a los cien porque creo que ya les mencioné que somos de memoria corta, no lo recuerdo, el caso es que por eso solo cupieron treinta mil nombres apretaditos, si le ponían más se rebalsaba como las calles del centro de nuestras ciudades en julio, así que aunque algunos llevaron las manos llenas de nombres que era lo único que les quedó de sus personas amadas, ya no se pudieron poner porque no hubo dónde y tocó lo que toca acá casi siempre: que se fueran de regreso para la casa solo con los nombres y vieran dónde los ponían, escondiditos eso si, porque aquí los nombres de los asesinados también son malas palabras y de los desaparecidos ya ni se diga, por cierto, desaparecido también es mala palabra. Creo que para este post debí haberme conseguido una de esas alcancías para poner monedas por cada mala palabra.

Cuando te fijas en las líneas de nombres, en algunas hay tres o cinco que comparten uno y dos apellidos ¿Quién queda para recordarlos? El muro tiene toda la buena intención de ser un lugar de Memoria y Verdad, aunque no estoy segura si estas son también malas palabras actualmente, me parece que sí, pero es solo un muro y quien recuerda soy yo, mientras saboreo la calidez del café y escucho como la calle Roosvelt, si es que todavía se llama así, se va llenando de tráfico. Recuerdo la imagen de la firma en los televisores, las plazas llenas de gente en las conmemoraciones de la paz, recuerdo cuando se podía hacer teatro en las plazas y calles, recuerdo a quienes me contaron que esperaban que les dijeran adónde estaban las tumbas para poder ir a enflorar, recordar es a veces, una mala palabra.

Estoy por guardar mis cosas e irme, cuando ha llegado al muro un hombre de cabeza cana y andar decidido pero pesado, con ropa que no es nueva sino limpia y se ha quedado buscando en el muro como quien busca una lápida conocida en el cementerio. Vicio de escritora y gente de teatro es ver vidas ajenas, así que recojo mis cosas y me voy tan lento como puedo, para ver cómo el hombre que ha encontrado el nombre que recuerda, ha sacado de su bolso rectangular, de lona verde, una cinia anaranjada y un rollito de cinta transparente, corta el tallo de la flor lo suficiente como para ponerle la cinta y pegarla junto al nombre que para su fortuna, está al final de la línea de nombres. Habría querido acercarme un poco para  ver el nombre y recordarlo yo también, pero el hombre se ha puesto a hablar con el nombre, o la deidad o él mismo, no lo sé, así que camino para salir del parque, porque aunque crean que me dedico solo a la vagancia, también tengo otras cosas que hacer. ¿Quién recuerda? Nosotros recordamos, aunque recordar sea a veces, también una mala palabra.

jueves, enero 02, 2025

El Tiempo


Es sin duda una medida humana, por eso en el calendario gregoriano se acaba de inaugurar el año 2025 después de Cristo, ayer 1 de enero, mientras habrá que esperar la primer luna nueva del año a finales de este mes para recibir el año nuevo chino Serpiente de Madera y no es sino hasta la segunda semana de febrero, cuando estaríamos recibiendo un nuevo cambio de cargador en la cuenta maya Haab, 13 Iq si llevamos la cuenta de las tierras altas... así que podemos unirnos a Marc Lachieze-Ray  y afirmar la inexistencia del tiempo, o creer en la eternidad como Kundera y tomárselo con calma, este día por la mañana preferí lo segundo.

El tiempo me parece benevolente y hasta simpático en días como hoy, cuando puedo comenzar lento la mañana... las mañanas lentas y largas son mi debilidad: un espacio para meditar y estirar el cuerpo y luego tomar un desayuno de una hora mientras ves la serie de turno, aunque la serie de turno sea El Cuento de La Criada y te espante ver que cada vez hay menos distancia entre la ciencia ficción y la realidad, de modo que al parecer terminaremos escribiendo crónica en lugar de ficción.

De cualquier manera, tomarme mañanas largas es una de mis maneras favoritas de desobedecer el imperioso mandato actual de producir para consumir, o pensar en producir y consumir y además, morir en el intento como héroe del sistema de consumo, lo que me recuerda a esa peli "El precio del mañana" (In time), donde el reloj biológico de las personas se detienen a los veinticinco años y a partir de entonces para conservar vida y bienes es necesario pagar con tiempo, el tiempo es la única moneda y lo que claro, algunos tienen de sobra y otros van en el día al día... ¿Qué decía yo sobre la poca diferencia entre la realidad y la ciencia ficción?

No tengo muchas ganas de salir. Actualmente en El Salvador, los espacios públicos para el ocio parecen ser exclusivos de quien pueda pagar por ello y en nuestra cultura donde lo esencial es mostrar la fotografía más que vivir el momento, salgo a los lugares y me parece que estoy en un capítulo de The Black Mirror... Si, la ciencia ficción es mi afición y la realidad es muchas veces mi aflicción.

Como sea, la luz silenciosa de las siete de la mañana inunda la sala con beatitud y cuando la cerámica celeste y tibia de la taza se aleja de mis labios, puedo ver las volutas de humo olorosas a café y descanso. Dejar quieta la mente es un privilegio, no hay necesidad de pensar en lo que hay que hacer para llegar a fin de mes o en lo que se cocinará para el almuerzo, ni siquiera hay interés en tratar de completar el trabajo pendiente del treinta y uno a mediodía, conocer las opiniones desaforadas de los internautas o dejarse arrastrar por la marejada de noticias que permanece amenazante afuera. El celular está apagado y se quedará así toda la mañana para conservar el bienamado silencio. Veo la taza en mis manos, le doy un beso de amargor delicioso y suspiro, no hace falta que exista el tiempo.

Para quienes nos dedicamos a la parte creativa de la vida, el ocio puro y duro es un lujo, no tenerlo por mucho tiempo es agotar tus reservas de energía, así que esta mañana me he ocupado de recargarme y puedo decir que funciona: en esta mañana disipada, vinieron a mí las imágenes que necesitaba para mi nuevo montaje teatral de 2025, un par de buenas ideas para mis talleres de plantas medicinales y auto cuido y el recuerdo de un libro que quiero escribir. Al mediodía me estiré como mi buena maestra la gata Tifa me ha enseñado y poco a poco he ido aterrizando. Mañana regresaremos  al laburo y le escamotearemos la eternidad a la vida.

miércoles, junio 19, 2024

El Espacio

Actualmente eres un número, una maquinita qué debe producir, ojalá 24/7 y las máquinas en la cadena de ensamblaje no necesitan mucho espacio, solo un cajoncito donde puedan quedar guardadas mientras no producen.
Esa es la lógica de nuestras ciudades dormitorio, pequeños espacios hacia donde arrastrar tu cansancio luego de la jornada laboral y las horas extra. No hay espacio para más. 
Si quieres espacio, debes ir a consumir al centro comercial, produces y consumes, el ciclo perfecto. No hay espacio para más.
El espacio público debería ser el espacio para el sencillo encuentro humano y el tejido de comunidad, pero para ello el espacio público debe dar seguridad y acoger, cosas que cada vez son menos propias en nuestros espacios públicos capitalinos que privilegian el turismo con capacidad de consumo, llenos de cemento que se calienta en dos minutos al sol de media mañana, sin lugares donde sentarse, despojados de la sombra de los árboles. 
Los espacios públicos comunitarios, los que tenemos cerca, son también esenciales, como las actividades que podamos hacer en ellos; que no sean solo las acciones que nos llevan a evadirnos del cansancio y del nivel de sobrevivencia cotidiana que se vive en las comunidades, sino que sean actividades que en verdad nos ayuden a construir humanos integrales, a la salud de nuestra mente y espíritu y al tejido comunitario. 
Esta reflexión es lo que nos llevó a realizar nuestro Segundo Encuentro Teatral Del Gueto 2024, del 6 al 16 de junio en nuestra comunidad de Credisa, para presentar teatro en el centro de convivencia y en un centro escolar de nuestra zona, que abarca al menos a ocho colonias aledañas y cientos de familias. Dos grupos nacionales invitados más los anfitriones y cinco presentaciones, puede sonar como algo muy pequeño y lo es, sin embargo, siendo este un encuentro auto gestionado y sostenido económicamente por El Tiet y algunos aportes individuales, es un logro de teatro independiente y comunitario del que nos sentimos orgullosos. Exhaustos pero orgullosos y esperanzados de poder continuar con este espacio. 
Los rostros de los asistentes disfrutando de diversas propuestas artísticas, el interés de las personas por el teatro y la buena disposición de los invitados, nos dieron ese calor humano y el sentido de comunidad que buscamos con el Encuentro Del Gueto, así que esperamos poder hacerlo de mejor manera el próximo año, en nuestro veinte aniversario. 
Comencé a gestionar este Encuentro en medio de mucha incertidumbre: los espacios, los invitados, el público y la dificultad de siempre: encontrar el dinero para una actividad comunitaria. Todo se fue solventado con trabajo y la generosidad de muchas personas que brindaron su tiempo, trabajo, dinero y fe en que lo que hacemos también es necesario. Esa experiencia es de las cosas que quedan guardadas con aprecio en la memoria, te da felicidad y plenitud y hace que el trabajo teatral valga la pena. 
Así que si alguien lee esto en alguna oportunidad, le da curiosidad y quiere ayudarme con el sostén económico del Encuentro Del Gueto 2025, escríbame a asociacion.escenario@gmail.com porque toda ayuda es bienvenida. 



martes, enero 02, 2024

El primero del 2024

Casi siempre el Tiet termina de trabajar el 20 de diciembre y el 21 recibo el solsticio de invierno, el Sol Invicto de innumerables culturas, panza arriba en la playa.
Los tiempos cambian y entre mis actividades como AjQuij y quiropráctica, además de la temporada navideña del Tiet que afortunadamente se extendió hasta el 28 de diciembre, el viaje a la playita tuvo que esperar hasta este día Oxi Toj, donde hay muchos motivos para agradecer y en el calendario gregoriano, el Dios Janos mira hacia el pasado y el futuro al mismo tiempo. 
Así que hoy al despertarme pensé: ahora o ahora, agarré mi mochila y aproveché las ventajas de vivir en un país pequeño, donde el transporte colectivo barato, de calidad regular y con atención poco amable, te lleva a casi cualquier parte.
Conocí El Palmarcito, en el departamento de La Libertad, gracias a la actriz, directora y cómplice de cafés, Rubidia Contreras. Ahora que el paisito se gentrifica aceleradamente y casi todo tiene precio o acceso turista, ando siempre en busca de rinconcitos tranquilos donde te dejen estar en paz.
Como en cualquier despedida de vacaciones, el lugar estaba concurrido y la gerencia de Atami había cerrado el paso a la playa vecina a pesar de que es ilegal impedir el acceso a la playa, pero lo de la privatización del espacio público es harina de otro costal. 
De momento mi mochila y yo estábamos cómodamente instalados en un ranchito para pasar el día, porque pocos problemas hay en el mundo y bloqueos artísticos en el espíritu, que el aire de mar no alivie. 
Yo al mar no voy a ver. Soy incapaz de llegar a la playa sin meterme al agua, todavía no supero  el llegar al final de la rambla barcelonesa y tener que conformarme con ver el mar porque era noviembre. 
Por fortuna nací en el trópico y el agua estaba de la forma maravillosa en que suele estar en las mañanas de enero, donde el mar parece también estar de estreno junto con las buenas intenciones de la gente. 
La sabiduría de los ancestros nos dotó de hamacas para hacer germinar las ideas, si no me creen prueben a ver pasar el mundo en los brazos perezosos de una hamaca por una hora o dos. Eso, junto con el fondo sonoro de Nonpa y las olas, era justo lo que necesitaba para salir del modo gestora cultural con agregados administrativos y pasar a modo montaje, dejando que las semillas escénicas germinen. 
Pensar analíticamente puedo planificarlo y me gusta la sensación de control que trae, pero para pensar creativamente necesito soltarme y dejarme llevar por el caos de mi cabeza, en medio de todas las imágenes tarde o temprano surge la que estaba buscando para comenzar. 
Y si, ya se que luego del trabajo de mesa, y cuando junto a los actores  hagamos el dibujo y las impro, todas las escenas que he ido imaginando detalladamente en mi cabeza cambiarán, a veces completamente. De eso se tratan los ensayos, de contarnos historias para ver si entre todos terminamos contando una historia al público, pero siempre necesito hacerme el cuento primero en mi cabeza, imaginar ese otro mundo posible para que quede un tanto más claro lo que quiero decir. 
Termino de soñar despierta y veo el mar rizado en la tarde, azul cobalto con picos de sol, en medio de los dos riscos que encierran esta pequeña playa a ratos pedregosa. Recuerdo que si quiero regresar a Mordor sin quedar atrapada en el tráfico cortazariano, debo regresar temprano y las cuatro es una buena hora para hacerlo. 
Todas las ceibas del camino empedrado me dicen adiós con sus hojas de verde tierno, mientras me tomo mi tiempo para llegar a la carretera. Dejo la prisa para mañana, porque ahora quiero seguir disfrutando de esa rica sensación del caótico pensamiento creativo que se mueve como el agüita del mar cuando el abuelo Imox baila en ella, como las hojas de las ceibas que van diciendo un adiós verde tierno dorado de sol. 

P. D. Me atrapó la cola de entrada al puerto, así que dije ¿y qué tal si escribimos el primer blog de 2024?
Ah, nuestro proyecto de enero lo pueden encontrar aquí y si lo pueden apoyar económicamente o ayudar a difundirlo, se agradece. 

jueves, agosto 17, 2023

A las cinco de la tarde

A las cinco de la tarde, a las cinco en punto de la tarde... o quizás unos quince minutos antes, estaba llegando a recoger los banners para anunciar nuestras próximas funciones de Santa María de la Espera. En una realidad donde parece que recordar es de mala educación, volver a presentar este montaje quizás no sería la elección más popular, sin embargo este texto y este montaje me son muy queridos, me gusta como quedaron y compartir escenario con Rubidia es algo que siempre me hace feliz, además sigo creyendo que aunque tres décadas han pasado, es justo seguir contando esta historia de la guerra y sus desaparecidos, por todas aquellas personas que aún esperan una respuesta, al menos una respuesta.
Una hora y quince minutos desde Mordor, alias Soyapánico, hasta la parada de Canal 2, que se sigue llamando así aunque lo que haya ahora sea un predio. El tráfico pudo haber estado peor, eso es cierto y me ha dado tiempo para llegar antes de que cerraran el lugar de las impresiones.
El tema es que salí a las cinco de la tarde, ahora si, a las cinco en punto de la tarde y cuando llegué a la salida del centro comercial pensé que ahora si en serio se había desatado el apocalipsis zombie, pero no, era nada más lo que parece ser habitual en esta zona a esta hora: el tráfico imposible donde todos los vehículos permanecen parados como en aquel cuento de Cortázar, el transporte público lleno hasta el rebalse, con racimos de gentes y mochilas colgando de todas las puertas y cuerpos apilados más allá de toda posibilidad de la física newtoniana, además de las hordas humanas caminando en franca desesperación porque resulta imposible o indeseable subirse a un bus o micro a esa hora.
Como mi impulso natural sería caminar, caminé en el pandemonium de la avenida Manuel Enrique Araujo, presidente de la república cafetalera salvadoreña de principios de siglo y asesinado misteriosamente en un banco del Parque Bolívar, con la banda sonora de un concierto de la Banda de los Supremos Poderes. Hice nada más un par de cuadras, hasta que por mi bien o por mi mal me topé con un pequeño café del que Cecy me había hablado, en una de las primeras plazas comerciales de esa zona, que ahora resulta casi imperceptible en medio de los edificios corporativos de las trasnacionales que crecen incontrolables. Así que arteramente y sin esperar a juntarme con mis amigas para conocer los nuevos cotos de caza, entré.
La verdad a esas alturas de la tarde me merecía un café. Había regresado a Mordor a las tres de la tarde, luego de la hermosa ceremonia de Waxakib Batz en el centro ceremonial de Tecpan, que subsiste en el fértil valle de Zapotitán, departamento de La libertad, en el centro del país. Allí nos juntamos Aj Quij del Círculo de Estudios Mayas y del Consejo de Principales Aj Quij'Ab Mayas de El Salvador, para celebrar el día en que según cuentan los abuelos, el abuelo Ixpiyacoc y la abuela Ixmucané, después de consultar el tzité crearon al hombre de maíz. El día que inicia nuevamente la cuenta de doscientos sesenta días del Chol Quij. 
Y claro, como mis múltiples vidas lo demandan, salía media hora después de haber llegado a casa, rumbo a la misión de los banners y a encontrarme con el caos capitalino de las cinco de la tarde. ¿Qué mejor oportunidad para tomar un pequeño descanso y ver la vida pasar?  Las gentes y sus prisas guardan historias, la impaciencia de sus pasos guardan historias, las ganas de estar en otro lugar mientras esperan, perdidos en sus pantallas, escondiéndose de sí mismos porque verse a uno mismo es un oficio peligroso.
Sin embargo, el tiempo pasa y llegar a Mordor me tomará un par de horas, sobre todo si voy a caminar hasta un par de cuadras antes de la Plaza Morazán, en el oscuro corazón de las tinieblas, digo, del centro de San Salvador. Más vale que me ponga a ello cuanto antes y busque una calle tranquila para caminar.
Caminar... pienso que es genial caminar a buen paso y tener tiempo para dejar que lleguen las ideas para lo que falta de los ensayos y la producción de Santa María. Eso me pone de buen humor. Una vez que el rojo del semáforo me deja llegar a salvo a la otra acera, me pongo los audífonos y bajo la Avenida Olímpica, sin tomarme muy en serio su pomposo nombre y cantando la que más me gusta del bueno de Paez, ya llegarán las ideas.

viernes, mayo 05, 2023

9 hojas en el Viento


 Esta es una breve colección de poesía que publico  a través de la Editorial Tiet, tuve la alegría de que la poeta salvadoreña Cecilia Castillo realizara el prólogo de la publicación. Les comparto uno de los poemas de este libro:





1.

Siéntate aquí alma

 

Desde la casa de los colibríes

contemplemos la vastedad del universo

 

Muy pronto nos iremos

 

mientras tanto

siéntate aquí alma

 

y escucha cómo giran las estrellas

cómo van en su camino helado

ispiando sin cesar por celestes rendijas

a los humanos

 

Siéntate conmigo alma

que estoy cansada

Cántame cantos de antes

cuéntame cómo nacieron las cosas

usa solo palabras de alma

que hoy no quiero pensar ni dolerme

por lo que ha de pasar mañana

 

Siéntate conmigo alma

toma con tus manos mi corazón fatigado

hazme escuchar tu silencio

hecho de espacio

y en esta espiral del tiempo

en que retornamos

detén  un momento  las aguas


y déjame ver los colibríes

que estoy cansada


Más publicaciones y las actividades del Tiet en 

blog-de-escenario.blogspot.com

https://www.facebook.com/TIET.teatro


jueves, abril 27, 2023

La Casa

 En abril, estuvimos realizando cuentacuentos, conversatorios y firma de libros de La Casa, así que para cerrar el mes, comparto con ustedes, uno de los cuentos de esa colección. Para quienes estén interesados en el libro, puede comprarlo en estación Gize Bakery en San Salvador y Casa Flamenco en Suchitoto, o escribirme a asociacion.escenario@gmail.com para actividades escolares con el libro o envíos fuera del país a partir de mayo de 2023. La ilustración es de la genail artista salvadoreña Edith Hernández y los textos de Jen Valiente

Los duendes de la lluvia

En las lejanas tierras de Cuscatlán existieron dos duendes que eran servidores del Señor de las Aguas, eran hermanos y eran gemelos, nadie podía diferenciarlos y todo el mundo les llamaba Los Chaques; además de parecerse en todo cuanto se podía ver por fuera, se parecían en su forma de ser: eran muy alegres y con sus risas atraían a todos los pájaros de los alrededores. Siempre estaban haciendo travesuras y esto les había traído ya problemas en la corte del Señor de las Aguas, porque los gemelos eran un imán de líos.

Una mañana, estaba el Señor de las Aguas en las montañas del norte, escuchando a sus súbditos para enterarse de todo cuanto sucedía y poner orden en sus asuntos, cuando de repente llegó llorando el micoleón, porque al dormirse en un árbol, había dejado colgar su cola y al despertar se dio cuenta que los duendes se la habían enrollado alrededor de un palito, cuando se lo quitó le quedó enrollada la punta y así permanece hasta el día de hoy. Luego gritó la lora que llevaba en las patas su nido, sus hijitos loritos estaban todos pelones, porque cuando  la lora fue a buscar jocotes para el desayuno, los duendes les quitaron todas las plumas y por eso las loras chiquitas son pelonas hasta el día de hoy. Después por señas habló el torogoz, al que los duendes le escondieron la voz en un paredón, por bromear, pero después se les olvidó dónde la habían puesto y hasta  ahora no la han encontrado, por eso el torogoz no canta y se la pasa haciendo hoyos en los muros.

El Señor de las Aguas estaba desesperado con tanta queja: que si le habían pintado el lomo al ocelote, se habían chupado todo el olor de los izotes y quién sabe cuánta travesura más; todos los animales de la montaña estaban bien molestos y querían que se castigara  a los pícaros. En eso llegó volando muy agitado el Rey Zope; el Señor de las Aguas se afligió pensando en qué barbaridad habrían hecho los duendes con Su Alteza, cuando el Rey Zope, casi sin aliento dijo:

-    ¡Señor, Señor, Gran Señor! ¡Los campos de oriente se mueren! Hace un mes cayó la última lluvia y brotó el maíz, pero todas las nubes se fueron y no hay una gota de agua, las plantitas no van a resistir mucho más tiempo. Si tú no llevas agua a oriente, se perderá toda la cosecha y los hombres y  animales morirán de hambre y sed.

Un gran rumor de preocupación se levantó de todas partes. El Señor de las Aguas pensó  que la ocasión  podría servirle para encargar a los duendes una tarea que los mantuviera alejados de los problemas, era tiempo que  comenzaran a tener responsabilidades; además él tenía que quedarse  para arreglar las cosas y enderezar el peñón de Cayaguanca que tampoco se había salvado de las pilladas. Mandó a llamar a los hermanos, que llegaron alegremente seguidos por una parvada de guacalchías, chiltotas, pericos, zanates y cuantos pájaros había en los alrededores. El Señor de las Aguas se les quedó viendo muy serio, en medio del silencio general y los duendes también se pusieron serios, pues no querían disgustar  a su Señor.

-      Mis queridos Chaques – dijo el Señor de las Aguas – Oriente se muere por la sequía y si no reciben agua pronto, la cosecha se perderá y la gente y los animales perecerán… yo no podré ir  porque tengo que quedarme a desenredar las cosas que ustedes han enredado.

Los hermanos se miraron y se pusieron más serios y cabizbajos.

-      Así pues, continuó el Señor de las Aguas, ustedes van a ir a oriente.

Los hermanos se alegraron mucho, en realidad no eran malos y si se metían en problemas era solo porque no medían el alcance de sus travesuras.

El Señor de las Aguas les dio un huevo de guacalchía, de todos es sabido que los huevos de guacalchía son siempre eficaces en encantamientos de todo tipo, y les dijo:

- Vayan rápido al río Lempa y llenen este huevo de agua y después, con mucho cuidado váyanse para oriente y cuando lleguen a los campos de maíz, riegan el agua para que se termine la sequía.

Los duendes salieron corriendo para el río, allá se estuvieron un día y una noche llenando el huevo, porque era bastante agua la que necesitaban los campos y tempranito al día siguiente, se desayunaron dos tortillas con queso y se fueron para oriente, llevaban el huevo bien envuelto en hojas de huerta en una cebadera, donde habían metido también unos tamales pisques y un su poquito de chicha para más tarde. Iban con los pájaros a su alrededor, saltando de cerro en cerro y mojándose los pies en las  quebradas,  cuando se cansaron de tanto andar, se sentaron un rato en el volcán de San Salvador y 8abrieron un par de tamales; después de comer se les antojó algo dulce y allá por Ilopango vieron unos palos de guayaba, con guayabas bien maduritas y olorosas, se acercaron hasta  Soyapango y desde allí, se pusieron a tirarles con hondilla pero se les acabaron las piedras; cada vez más impacientes porque no podían bajar las guayabas, se pusieron a buscar cosas para tirarles, pero no había nada y los palos de guayaba se pusieron a reírse quedito y les decían: “lero, lero… no nos pegan”. De tan enojados que estaban por su mala puntería, les tiraron las hojas de los tamales, el tecomate de la chicha, la cebadera y terminaron por tirarles el huevo. Ni se dieron cuenta, cuando ya el huevo iba volando en el aire, cuando lo quisieron agarrar… ¡Pas! Se estrelló en una hondonada, rompiéndose en dos, se salió toda el agua y es lo que se conoce ahora como el lago de Ilopango.

Los Chaques se quedaron boquiabiertos y sin saber qué hacer, buscaron los cascarones y aunque los encontraron en la orilla del lago, no pudieron volver a meter toda el agua porque su magia no era tan poderosa como la del Señor de las Aguas. A la orilla del lago habían unos árboles a los que les dicen llama del bosque, a sus flores les llaman miones, porque en ellas se guarda el agua de lluvia y cuando uno los aprieta, salen los chorritos de agua. Los duendes cortaron todos los miones que pudieron, los llenaron con agua y los echaron en la cebadera y con eso siguieron su camino a oriente, apurando el paso para no meterse en más problemas.

En el camino se les pasó la aflicción y casi al atardecer llegaron a oriente, jugando con los pájaros que los seguían a todas partes. Cuando llegaron, se quedaron parados viendo el campo: las pobres matitas de maíz se doblaban agotadas por la falta de agua, todo el paisaje estaba seco y café, no había sombra en los árboles, ni zacate en las lomas, los pájaros se callaron ante lo desolado del paisaje. Los duendes sacaron sus miones y comenzaron a regar el agua en el campo, pero la tierra reseca por tanto tiempo, se bebió el agua en un minuto y apenas lograron regar dos surcos con toda la que llevaban.

Los duendes se sintieron muy arrepentidos de su ligereza ¡toda el agua se había perdido por su irresponsabilidad! El Señor de las Aguas los había enviado pensando en que sabrían cumplir con el encargo; las plantas, la gente y los animales dependían del agua que ellos llevaban en el huevo y que tontamente habían botado y ahora, todo el campo se secaría, todo el maíz se secaría. Los duendes pensaron en lo irresponsables que habían sido, todos los problemas que habían causado con sus travesuras  y su falta de seriedad. Mientras volaban sobre el campo marchito, lágrimas asomaron a sus ojos y comenzaron a caer en un gran torrente hacia el campo seco, los  sollozos y suspiros de los duendes formaban nubes que rodaban, chocando una contra otra, sacado chispas y haciendo un gran ruido.

La lluvia cayó generosa sobre el campo, mientras los truenos y relámpagos anunciaban el fin de la sequía. Los duendes se miraban entre sí sorprendidos: ¡habían creado una hermosa tormenta! La tierra se volvió de nuevo húmeda y negra y la cosecha de maíz se salvó, los hombres y los animales bailaron debajo de la lluvia, agradeciendo. Cuando escampó, una capa de siete colores se extendió por el cielo, era señal de que el Señor de las Aguas viajaba por el azul. Cuando llegó a los campos y vio el maíz, sonrió complacido y dijo a los hermanos:

- Mis queridos Chaques, han enmendado su conducta y por eso han alcanzado la magia de la tormenta, de ahora en adelante los rayos y los truenos serán los atabales que anuncien  su llegada.

Los duendes sonrieron, siempre felices pero nunca más irresponsables y cuando regresaban al centro de Cuscatlán, vieron en medio de los campos de oriente una laguna, que se había formado con su primera tormenta. Cientos de pájaros llegaban a sus orillas, atraídos por una magia misteriosa, es la laguna de El Ocotal, donde aún ahora pueden verse  pájaros de los más diversos colores, que siguen sus aguas, como en tiempos antiguos siguieron a los duendes de la lluvia.

Jen Valiente


lunes, enero 23, 2023

Una Luna


 Los lugares son también el espacio de la memoria y la memoria en nuestros días con prisas cercadas por pantallas y los caracteres contados, se disipa como la niebla matutina en medio del tráfico de las cinco y treinta de la mañana, pero los lugares guardan los pasos y las miradas, a veces también guardan las palabras y los fantasmas.

A veces, cuando una se sienta, mira despacio el paisaje frente a los ojos y suspira para llenar de aire cada rincón olvidado de nuestro ser, entonces la memoria regresa como un río o a cuentagotas, según... y los lugares vuelven con sus rostros y sabores, con sonidos y olores. La memoria es también el almacén de los sentidos y como todo actor entrenado sabe, los sentidos son la llave de la emoción, así que poco a poco la emoción se abre paso y te sonreís con vos misma, como la loca que sos, o la que eras en la década de los noventas del siglo pasado. Nunca somos los mismos locos, aunque parezca lo contrario, por eso de tanto en vez podemos encontrarnos con nosotros mismos y sorprendernos pensando: ¿Pero quién carajos es esta loca?

Como soy mala para las fechas no recuerdo cuándo, pero en algún momento de 2012, a la mejor en las inmediaciones de la presentación de la antología Lunáticos, poetas noventeros de la post guerra, donde dejé algunos versos, la Lunática Mayor, la Bea Alcaine, me pidió un texto para el Final Feliz de La Luna Casa y Arte, como en ese entonces yo estaba exprimiéndome la memoria, el cotidiano, la vida y la tristeza escribiendo un micro cuento por día, el micro cuento de uno de esos días fue a parar en una publicación que el año pasado vio la luz de la mano de Índole Editores y de la imaginación acuariana de la Bea.

Al libro lo conocí hace un par de semanas, fui a traerlo a otro de esos lugares que guardan mis pasos: el ahora Restaurante Hidalgo, ex Los Tacos de Paco, durante muchos años el albergue de los miércoles de poesía y donde estuvimos en los días de su cierre con Tommy, hablando de la vida y los tiempos. Llegar de nuevo fue una visita alegre: re conocer un espacio re inventado gracias a la tenacidad de Paco. Fue un momento feliz saber que Restaurante Hidalgo toma el relevo en esto de seguir guardando pasos y memorias.

Lunascopio, el libro que fui a conocer, es una interesante propuesta y ejercicio de la memoria cultural y colectiva del San Salvador de la post guerra. Las estrellas confluyeron en las coordenadas precisas para dar la Luna necesaria a ese momento de nuestra historia cultural, causalidad mágica. Ahora, a diez años de distancia, esas dos décadas pueden verse como se miran las viejas fotos, re conocer algunos rostros y esforzarse en vano por recordar otros. Así, Lunascopio es esa caja de viejas fotografías para los que vivimos la post guerra y también un intento de permanencia de la memoria para que pueda ser alcanzada por los que vendrán luego a caminar los caminos, tal como nosotros en su momento fuimos repasando pasos.

Cuando lo fui leyendo, me encontré de nuevo con los pasos y las voces, con los olores y los rostros, con las palabras y los sabores, incluso me encontré conmigo en una vida anterior, cuando tenía otro nombre. A algunos no he dejado de verlos, a otros los perdí y volví a encontrarlos, otros se han ido irremediablemente y a unos cuantos no quisiera volver a encontrarlos; la vida se teje con cambio y olvido. Sin embargo, escribir resulta un ejercicio de búsqueda de permanencia de eso tan efímero como es lo que vivimos, en ese sentido Lunascopio se suma a la respuesta que Roque se da a sí mismo cuando pregunta ¿Porqué escribimos? Pues eso: custodiamos para ellos el tiempo que nos toca.

p.d. Para quienes estén interesados, Lunascopio está a la venta en Restaurante Hidalgo, lugar que en verdad merece una visita.

domingo, enero 01, 2023

La última y nos vamos

31 de diciembre. No soy de ir a los centros comerciales. Mucha gente junta me provoca una especie de alergia mental y si quiero un café prefiero llevar mi termo desde casa y sentarme bajo un árbol con buena sombra y mi cuaderno de apuntes, o ir a alguno de mis cafés habituales.
Así las cosas hoy estoy en uno de los centros comerciales más antiguos de San Salvador, cumpliendo uno de mis rituales personales: buscar el postre de fin de año.
Buscar el postre de fin de año viene siendo una excusa para venir temprano a alguno de estos lugares y poner a prueba mi alergia a los humanos, cuando los comercios comienzan a abrir y el flujo de personas no resulta intimidante.
Cumplida la excusa me queda una hora y poco más antes de regresar al ritual doméstico, así que busco siempre un lugar con buena ubicación para ver a la gente que pasa, me pido un café que me sirven en un caso de cartón y dejo que la vida pase como telón de fondo para pensar sobre ese extraño invento humano que es el tiempo. Este día en particular no me produce la agitación que veo a mi alrededor y resulta agradable sentarse tranquilamente a ver cómo el mundo gira en espiral.
No hago una lista de propósitos para año nuevo, los deseos que descubro en mi alma van germinando poco a poco y he
aprendido que a veces, a despecho mío, no son programables y atienden su propio ritmo.
Dejo que todo se deslice fuera de mi burbuja: los regulares de este quiosco de café que desean un feliz año a la cajera, los que vienen de prisa por lo que van a comprar, los que compran porque se supone que es menester comprar algo en estos días, los que se frustran por no encontrar exactamente lo que habían pensado y las parejitas de rigor que esperan a que dé la hora para escaparse al cine, ese público espacio íntimo donde cada vez aguardan menos sorpresas.
Unos minutos antes había entrado en el café que está a mitad del pasillo, donde estuvimos hace tres años con Carlos y Rolo, de camino al velatorio de Erick, regularmente hago una estación con café acá, pero esta vez no me quedé porque no había pay de limón, el aire acondicionado estaba demasiado frío y este año ha fallecido Carlos. Quizás eso me dio por pensar que  cada año de los últimos seis, he estado despidiendo amigos, bellos amigos como diría R., que me han acompañado a escribir y hacer teatro.
Así que voy y me siento en esta breve terraza con el café negro de siempre y el club de los amigos muertos, Gata Negra incluida. Aunque palabras como muerte, mal y tristeza, dichas sin filtros ni hastags, resulten malas palabras en nuestro mundo de 4.5 por 4.7 pulgadas, son palabras que aún conservan cierta belleza imperecedera y antigua, como los riscos y los marmóreos ángeles de los cementerios.
Con mi mano en la tibieza del vaso de cartón pienso en este diverso grupo de hombres que me enseñó de muchas maneras cómo hacer títeres, escribir literatura, danzar, actuar y asumir mi oficio de directora de teatro, así pues R., Casti, Erick, Aníbal, Alejandro y Carlos son también parte de mi teatro y de mis libros, tanto como la Gata Negra lo es de los cuentos de gatos y su impronta surgirá de vez en cuando en alguna frase, en un movimiento, textura o imagen. Cuando se hace y se habla teatro y literatura, se hace y se  hablan también vidas, amores,  muertes y locuras, es por eso que a través de nuestro tiempo compartido mi vida se hizo más rica y más plena, eso también es algo para agradecer en un lugar que muchas veces resulta tan árido. Nuestra naturaleza como nuestro arte es lo efímero, pero el principio de conservación de la materia-energía nos recordará que nada se pierde.
Por muy buena que se haya puesto la bohemia siempre llega el momento de la última y nos vamos, eso es parte del encanto perecedero de la noche y decir adiós es un dolor tan dulce, aunque no lo digas desde un balcón, que vale la pena decirlo de vez en cuando. Lo cierto es el adiós, así que levanto mi café y me despido. La tristeza, que se ha quedado sentada a la mesa viendo como me levanto, se queda ahí mientras me alejo y me dice adiós con la mano.

miércoles, diciembre 07, 2022

Crónicas del País de las Maravillas. La Puerta


Ha caído la noche y el atestado coche ruge y crepita mientras sale del atasco y comienza a subir la pendiente. El Gato Risón conduce sin sonrisa y empujando con voz ronca a los rostros unos contra otros, mientras los empalma en tres filas. El rostro cansado de Alicia se asoma por la ventanilla y entre las ralas luces navideñas ve una larga fila de Cartas de Picas, docenas de Cartas de Picas haciendo guardia al coche en doble hilera desde el pie de la pendiente hasta la Puerta Negra, pero no la que está cerrada y remachada, sino la mismísima entrada a Mordor.

Alicia suspira. Si ella viviera en el País de la Tv sonreiría feliz, segura y sobre todo descansada, mientras decenas de palomas surcaran el cielo tomándose selfies filtradas, pero vive en el País de las Maravillas y el coche lleno de rostros hartos está llegando a la Puerta Negra. La fila de Cartas de Picas cierra el paso y seis cartas con cara amenazante rodean el coche, todos tratan de no parecer sospechosos pero es difícil, si vives en Mordor eres siempre sospechoso y si eres habitante de la Puerta Negra de seguro serás culpable, culpable de vivir en tal lugar, así que simplemente esperan que este día no les toque llenar cuota.

El As de Picas hace un gesto y Alicia mira un menudo Conejo Blanco con un tatuaje tribal en su oreja, nervioso como todos los conejos, desprenderse de la puerta del coche y de un certero empujón llegar a la pared de enfrente  donde se extiende como una estrella de mar. Un par de conejos más siguen la misma ruta, sus bolsas son tiradas a la acera mientras los rostros dentro del coche tuercen las bocas con amargura, desvían la mirada como si vieran algo obsceno y murmuran su enfado muy, pero muy bajito, no sea que la suerte les abandone.

Una de las Cartas de Picas, menuda y cansada igual que los conejos, tan parecida que podría confundirse con ellos,  toma algunas fotos antes de dejar que vuelvan al coche. Los conejos y los rostros evitan mirarse. El coche está pegajoso de miedo y vergüenza y le cuesta arrancar, mientras el Gato Risón sin sonrisa masculla sobre cómo hace dos meses le mataron un primo que no debía nada.

- Ni hace falta deber nada, si entra ya no sale - Remata.

Nadie responde. Alicia se asoma nuevamente a la ventanilla. El coche lleno de rostros silenciosos, ruge y crepita, internándose en Mordor y en la oscuridad, entre una interminable hilera de Cartas de Picas.

viernes, noviembre 18, 2022

La búsqueda


 Mi jornada de escritura es nocturna o muy temprano a la mañana. En cualquier caso, que aún no haya comenzado la vida doméstica y el trabajo que paga las facturas, o que ya hayan finalizado y pueda encontrar un espacio de calma, una habitación propia en mi cabeza para darle vuelta a las palabras.

Así pues, son las diez treinta de la noche, los vecinos hablan de sus decisiones de vida en los escalones del edificio. Si piensas que las redes terminaron con la privacidad, deberías vivir en un apartamento de cualquier colonia dormitorio en Soyapango, alias Mordor.

Trato de ignorar a los vecinos y continúo dando vueltas a las palabras en mi cabeza. Ellas tienen su propio ritmo, su música interna, sus filias y enemistades mortales... A veces puedes poner juntas dos palabras que creías irreconciliables y hay otras que no pueden ni verse. 

O piensas que hay una palabra que quedaría muy bien enmedio de esa frase y cuando la ves ya ahí, toda peripuesta,  no sabes ni cómo decirle que salga, que está haciendo el ridículo.

Tenía esta palabra que se escondía y enviaba a todos sus sinónimos con tal de no dejarse ver. Quise mostrarle mi buena voluntad y los probé a todos, sinónimo que me enviaba, sinónimo que yo hacía pasar y acomodarse en mi verso, pero no había modo, no sonaba como yo quería que lo hiciera y seguía buscando la escurridiza palabra.

 Talvez no era cosa de la palabra, era cosa mía que aún no sabía nombrar ese algo que quería que se moviera dentro del lector, esa cuerda, no sabía aún qué nota era la que deseaba escuchar cuando leyera ese verso. 

Desesperaba porque eran casi las once, por un lado me caía de sueño y por otro me preocupaba convertirme en calabaza si llegaba en ese trance a las doce. 

El vecino se arrepentía de su  infidelidad consuetudinaria y en lugar de suscitar la compasión que buscaba, daban ganas de decirle: ¡Pues ya no lo hagas y santo remedio! Pero no podía distraerme, había que encontrar la dichosa palabra.

Casi eran las once cuando supe cuál era la nota que quería escuchar, sabía que era la imagen pero de nuevo acudió un tumulto de sinónimos arteros. Suspiré impaciente y al llegar otro de esos sinónimos no lo invité a la frase, lo mandé directamente al buscador y se desplegó ante mis ojos un listado de palabras dónde seguramente tendría que estar la que había logrado escaparse hasta el momento.

Y allí estaba la dichosa palabra, impaciente, la tomé sin protocolos y la coloqué de una en el verso, dónde se ajustó como si allí perteneciera desde el origen de los tiempos. Me froté los ojos hambrientos de sueño y leí todo de nuevo. Era perfecto ahora y bostezando, guardé el documento y deambulé satisfecha hacia mi cama, mientras el vecino se lamentaba de lo efímero de sus amores.

miércoles, mayo 25, 2022

Tor Dif smusma je


 Mi primer pieza de narrativa seria, mecanografiada a los catorce años en mi querida Olimpus celeste portátil, escondida bajo el colchón y perdida en alguno de mis traslados de casa, fue un fanfic sobre los Transformers, la serie animada clásica sin CGI, donde me flipó por primera vez el novedoso tema de la inter conexión de computadoras; claro que  este escrito no tenía aspiraciones a ser considerado canon ni en esta ni en cualquier otra realidad alterna y era consecuencia lógica de toda una infancia de afición por la literatura y las series de ciencia ficción, desde Julio Verne hasta Star Trek TOS, pasando por maratónicas sesiones de cine en permanencia voluntaria, con Superman y Star Wars,  condición que me llevaba a preferir los zafarranchos de Mazinger contra cualquier bestia mecánica a Candy,  fascinarme con los libros de Biología y preguntarme ante cualquier situación confusa: ¿Qué haría el Sr. Spock?

Con los años, ser friki pasó de una condición vergonzosa por la que se reían de tu persona, a ser una moda más dentro de la cual poder camuflar tu rareza sin culpa, teniendo que soportar la trivialización e incluso la tergiversación de alguna novela o comic a manos de algún guionista desprevenido, pero obteniendo a cambio la licencia de murmurar  "¡Accio!" extendiendo la mano por toda la casa cuando se te ha perdido algo, hacer el saludo vulcano en público o colgar tu versión vulcana en la pared de tu cuarto, a propósito, la caricatura es obra de mi talentosa amiga y artista plástica salvadoreña Edith Hernández.

De modo que tener un 25 de mayo donde se juntan Star Wars, el Día de la Toalla y la tortuga galáctica de Pratchett es bienvenido y me sirve de excusa para re visitar a mi dilectos, cada año conmemoro la fecha haciendo cosas diferentes: leer todo lo de Tolkien o Harry Potter, Asimov, Bradbury, Anne Rice, Mary Shelley, Las Leyes de Adquisición Ferengis, filosofía vulcana o Los Juegos del Hambre, ver en orden cronológico Star Trek (tengo problemas para darle continuidad a lo nuevo de la franquicia), Star Wars, el UCM o Blak Mirror (y luego me deprimo, pero ya qué...). 

La mitad de mi afición es escapismo claro, pero la otra mitad es esperanza. Aún en las peores distopías orwellianas, se puede ver el retrato  del fascinante espíritu humano. Yo, sin embargo procuro mantener la esperanza a flote y me decanto por lo trekkie, porque me gusta creer que la humanidad podrá pasar los oscuros años de las guerras eugenésicas y el abuso tecnológico de mediados del siglo XXI para formar una sociedad laica respetuosa de  las diferentes identidades de género, culturales y filosóficas de sus ciudadanos, donde cada ser humano puede desarrollar sus talentos individuales para el beneficio colectivo y su plenitud personal, usando sabiamente la tecnología y donde claro, los capitanes de las naves estelares citan a Shakespeare, la gente se entretiene haciendo o disfrutando arte y las tripulaciones multi culturales, son capitaneadas por mujeres y primeros oficiales de culturas ancestrales.  

Sin embargo este año dejaré los terrenos conocidos y me tomaré el tiempo de conocer a George R.R. Martin, ya que un buen amigo me lo presentó hace rato pero no me había dado el tiempo de adentrarme en las tierras del Norte, a ver qué tal me va ahora que el invierno se acerca. Ya les contaré, mientras tanto ¡Feliz Día del Orgullo Friki! ¡Tor Dif smusma je! ¡Q´apla! y que la suerte siempre esté de su lado.

 

miércoles, diciembre 09, 2020

Crónicas del regreso. 24/7 o el vicio del anacronismo

 


Conectados e interconectados, hipertextuales y multitask, sobrecargados y sin un segundo de silencio, la infinidad de esos apéndices de las pantallas, que aún suelen nombrarse como humanos, vegetan en su continuum, levantando ocasionalmente la cabeza, como no entienden lo que ven, vuelven a clavar la mirada en la pantalla y así... veinticuatro, siete, trescientos sesenta y cinco y si se puede uno más en años bisiestos o en la imaginación de quien anhela otro lunes en la semana.

Para mí, que irresponsablemente conservo el anacronismo como vicio y con el agravio de no mostrar culpa al respecto, es demasiado cansado y no puedo concentrarme en ello. Se me va la vista de la pantalla hacia el cielo, o hacia la persona que frente a mí o en la mesa lejos de la mía, cumple como buen ciudadano con el ritual de conexión a la super inteligencia, pero esa no es la confesión más aberrante de esta serie de escandalosos hechos: por lo general tampoco  contesto inmediatamente ningún mensaje, pues tengo algunas costumbres extrañas que me lo impiden, como por ejemplo revisar mi celular tres veces al día en horarios para ello, o silenciarlo y guardarlo después de las ocho de la noche, o apagarlo los domingos... ese tipo de cosas que le pone los pelos de punta al prójimo... ya había advertido al principio del párrafo que admito mi irresponsabilidad social con la eterna conexión 24/7 en la que el ciudadano debe sumergirse con la beatífica sonrisa que produce el saberse parte anodina y totalmente intercambiable.

No es que me muera por interactuar en vivo y carne palpitante con la mayoría de mis congéneres... cuento con detalle a cada una de las pocas personas con las que puedo sostener una conversación inteligente e interesante por más de cinco minutos, lejos de los lugares comunes atiborrados de auto complacencia o fanatismo de hincha dominguero de cualquier denominación, vale decir que estas son también las personas con las que disfruto de las charlas virtuales, con agradecimientos incluidos y de corazón porque no escriben frases ininteligibles, intercalan minúsculas y mayúsculas o finalizan las oraciones con cosas como bb o prinzesa, que como información general, me provoca el inmediato e inflexible deseo de bloquear inmediatamente al emisor. 

El tema es que necesito silencio. Vivo en un edificio de apartamentos en una ciudad que coloquialmente es llamada Soyapánico, comparto el apartamento con otras tres personas y dos mascotas y el edificio con otras siete familias a cual más ruidosa y con equipos de sonido a todo volumen cuya programación oscila entre la amenazante voz de los pastores o la voz tuneada de los reguetoneros, si a eso le sumamos mi permanente ruido interior, saquen cuentas... Una de mis diversiones favoritas de domingo es levantarme más temprano que el resto de los habitantes del edificio y disfrutar de un par de horas viendo las repeticiones de alguna de mis series de sci fi favoritas, con el televisor en absoluto silencio.

De modo que supongo que mi aversión a sumergirme permanentemente en el mar virtual es más que nada aversión al ruido constante, el único problema de ello es que la realidad actual es ruido constante y a todo lo que dé el volumen, pues al parecer el que grita más es el que tiene la razón, o como dice el querido amigo y narrador salvadoreño Armando Molina: estamos rodeados de vociferantes.

¿Y a qué viene todo esto, aquí y ahora en la Gaticueva?... Tal vez sea producto de un airado reclamo que recibo de una conocida a quien tardé una hora en responder un mensaje personal, o a que cada vez que me preguntan por los últimos chismes de facebú, casi que me los invento con tal de no parecer desconectada, o simplemente necesitaba algo nuevo para las crónicas del regreso, vaya usted a saber y téngame paciencia, con seguridad contestaré a su mensaje, wapp o correo, antes de 24 horas... a menos que me escriba en día domingo por supuesto.


miércoles, noviembre 18, 2020

Crónicas del Regreso. La vida virtual


Esa fue la última semana:
Luego de la caminata matutina con el Niche y las cosas que hay que hacer antes del desayuno, hay que correr de la cocina a la sala en nuestro pequeño apartamento, para estar los  que nos ocupamos del proyecto a las ocho en punto sentados a la computadora, haciendo malabares entre las clases de la universidad, lo cotidiano del grupo, la publicidad, la comunicación por correos y redes, con los participantes, que los estrenos estén a tiempo en nuestro canal, que el enlace a la clase de la tarde funcione y llegue a todos, que no se vaya la electricidad por favorcito, que no se vaya... que venga el inter, recoger las imágenes de la jornada porque en el mundo actual la imagen es todo, fuera de la imagen: el vacío, la nada. Y así... ¡Ah, claro! ¡Las cosas de la casa!
Ver a la gente al otro lado de la pantalla estuvo bien para encontrarnos a falta de otra posibilidad, pero al menos para nosotros no será el formato de siempre. Queremos regresar a las calles, a las plazas, a las comunidades y encontrarnos de nuevo con los rostros de curiosidad mientras armamos los telones a la vista de los que pasan y la expectación en las miradas que escuchan que se dice: ¡Tercera llamada, esta es la tercera llamada... comenzamos!
Regresar al Teatro Nacional fue lindo. Pasear entre el camerino y el pasillo tras escena, mientras el corazón te late fuerte y respiras y te conectas con todo antes de salir a escena, sin embargo hace falta ese otro contacto, directo y fulminante, del público en corro a plena luz del día, sin escondites, metidos todos en la historia de principio a fin y los comentarios de los que se van acercando mientras desmontas o cuando vas de salida y los que preguntan ¿Y cuándo van a regresar otra vez? Y no sabes cuándo, pero igual dices: Ahí en otra vez, cuando vengamos, y los que preguntaron te dicen adiós con la mano, tranquilos porque será hasta la próxima vez, cuando volvamos a encontrarnos.
Esa es la esperanza de ahora también, que en el próximo Encuentro, en verdad podamos sentarnos juntos y conversar sobre cómo le hacemos para hacer lo que imaginamos y cómo imaginamos lo que viene después.
Ver a los amigos tras la pantalla fue bueno, pero no alcanza, hay algo anacrónico en mí que quiere esa cosa antigua de sentarse a ver, a escuchar, a hablar, a sentir al otro.
Son casi las ocho de la noche y sigo en la pantalla, es todo un Universo el que hay al otro lado del espejo y si no tienes cuidado te pierdes, así que busco una frase para colocar al final de esta historia, para poder subirla al otro lado de la pantalla, apagar todo y regresar por un momento, al mundo real que se soporta tan poco.
 

jueves, octubre 15, 2020

Crónicas del Regreso. Volver

Como en un  distópico salón de recuperación de adicciones o el salón absurdo de El Viejo y La Vieja, me paro y avanzo hacia el podio, delante de un salón lleno de sillas vacías, por eso no tengo verguenza de decirlo:
Mi nombre es Jennifer Valiente, soy artista escénica y tengo ocho meses de no estar en un escenario.
Alrededor hay silencio y no sé si eso me asusta o me reconforta.
Ahora podría hacer  un flashback, por aquello de que tengo la manía de mezclar técnicas y habría un rótulo que podría decir algo así como: hace ocho meses, o hace seis meses o hace cuatro meses... da igual, cuando te colocan en una jaula, llega un momento donde llevar la cuenta del tiempo es un ejercicio de puro onanismo y estás demasiado cansado para ello.
El tema es que cuando la realidad se descascaró y dejó ver lo mal repellada que estaban las paredes, hubo un tiempo de negación, El Tiet y yo hicimos algunas cosas por internet, era algo así como: no se preocupen, haremos esto para mientras podemos regresar a encontrarnos con el público, que será pronto. No lo pensamos, simplemente lo experimentamos y como experimento estuvo bien, pero cuando has tenido todo, resultan insatisfactorios los placebos, así que dejamos lo de inter y nos dedicamos a lo que podíamos dedicarnos para mantener vivo el espíritu y llevar comida a la mesa: clases en línea, escribir, leer y aprender, investigar, ensayar y soñar con que tarde o temprano los proyectos que se quedaron congelados en el tiempo, pudieran abandonar su témpano.
En medio de las noticias falsas, verdaderas y siempre cambiantes, de la realidad inestable y escurridiza y de las arenas movedizas de la política en nuestro país inventado, se quedaban siempre rebotando las preguntas: ¿Qué se hace ahora? ¿Habrá espacio en este nuevo mundo para el teatro? Porque en el otro apenas lográbamos meterlo como una cuñita entre las cosas "importantes".
Fuimos de los primeros en parar y de los últimos en regresar y a pesar de todo, desde este lado de la realidad no preocupaba tanto cuándo iban a abrir los teatros, de todas formas los teatros son tres o cuatro espacios, muy poco accesibles y donde el público no siempre llega; para nosotros al menos, sigue siendo más importante pensar en cuándo podremos llegar nuevamente al espacio público y comunitario: a la plaza, a las calles, a las canchas, con la gente de las colonias y las comunidades, donde está nuestro trabajo.
Esta nueva crisis no trajo necesariamente nuevos males, simplemente nos dejó al decir de Inés: "desnudos como gusanos" y nos obligó ver la precariedad de siempre y cada vez más acentuada, en la que el teatro hace el esfuerzo inhumano de sobrevivir en estas tierras donde las condiciones de producción y difusión de tu arte no cuentan con un soporte real de la sociedad e instituciones y aún en medio del encierro y meses de paro laboral, recibíamos solicitudes dar nuestros servicios de forma gratuita a instituciones públicas y privadas.
Y luego, un día, descubrimos que nuestros proyectos sobrevivieron a la glaciación y nos comenzamos a mover, al principio totalmente entumecidos, tratando de ubicarnos en este nuevo pedazo de la realidad... Tanteando, tanteando continuamos y ahora estamos a una semana de volver al teatro, sin saber muy bien por dónde nos llevará la marea, pero como uno de los grandes aprendizajes de este tiempo ha sido fluir, esta vez vamos con la corriente y aunque seguimos creando en la precariedad, tal vez este tiempo nos haya dado la oportunidad de mirar bien, de mirar otras perspectivas y generar otras opciones que se vayan alejando de las instituciones que no funcionan más. 
 

miércoles, septiembre 02, 2020

Aventuras de la Gata Negra

 La Gata Negra no es solamente un personaje principal de Los Cuentos de Gatos, para quienes no la conocen, es la gata de casa, según nuestros cálculos ronda los catorce años si no es que un pelín más, tiene muy mal carácter y hace siempre lo que le da la gana, como vigilar el huerto y tomarse el agua de los plantines de Mau, entre otras cosas...


Hace una semana las correrías fueron interrumpidas por una uña malévola, encarnada en la pata de la Gata y ante su negativa a extender la pata, hubo que llevarla al veterinario. Para su mala fortuna, dado lo peligroso de una operación gatuna de esa envergadura (peligroso para el pobre veterinario que se atreviera a tocarla), hubo que anestesiarla por completo y asunto solucionado... bueno, casi...



El pobre Saimon tuvo que estar en el cuidado post operatorio, los mareos, la despertada y vuelta a dormir y despertada. La verdad lo pasamos muy mal durante un par de días.



Hasta que finalmente y disfrutando de la nueva movilidad de su pata restaurada, la Gata Negra volvió a las andadas, totalmente recargada y con su mal genio intacto y claro, exigiendo compensación en yogurt y otras golosinas, por daños y perjuicios a su íntegridad gatuna.



Y colorín colorado, esta breve gaticueva, ha terminado.

jueves, agosto 20, 2020

Cuando la muerte

Muchas veces he dicho aquí y en otros lados, que tenía catorce años cuando conocí a Federiquito. Era una cría entonces, pero en la biblioteca del colegio ya me había enfermado de libros... cortos recreos en la biblioteca, siempre muy cortos para tantos libros, para tantas historias y sucede que cuando una tiene catorce años se enamora con todo y para siempre y  allí estaba en la biblioteca este muchacho con corbatín, sonrisa un poco triste y un poema verde que era como estar hablando dormido y al leerlo en voz alta, por encantamiento uno quedaba soñando con la luna, como esos sonámbulos que decía mi abuela que había que agarrarlos quedito de la mano y llevarlos con cuidado a acostar, sin despertarlos, porque si despertaban de golpe se quedaban para siempre en el mundo de los sueños y la gente decía que se hacían locos.

Y así, página a página, yo iba leyendo esos poemas donde había gente que se enamoraba pero que no eran de amor, o tal vez si, porque con cada párrafo yo suspiraba y con cada suspiro me iba quedando enamoradísima de él y estaba este poema que me ponía muy triste aunque me imaginaba que tenía música alegre por dentro, el poema pues, porque yo no podía tener ninguna música alegre por dentro mientras lo leía, más bien tenía algo así como arena de desierto.


VIÑETAS FLAMENCAS

MEMENTO

(Caña y Soleá de Triana)

Cuando yo me muera,
enterradme con mi guitarra
bajo la arena.

Cuando yo me muera,
entre los naranjos
y la hierbabuena.

Cuando yo me muera,
enterradme si queréis
en una veleta.

                                          ¡Cuando yo me muera! 


y al final volvía a leer el nombre: Federico García Lorca y quise saber dónde vivía para escribirle una carta diciéndole lo mucho que me habían gustado sus poemas y que me declaraba su admiradora, pero en la biografía reseñaba que lo habían matado un 18 de agosto de 1936, en su país pero lejos de su casa, con gente que no conocía, en una de las tantas guerras que inventan los hombres para hacerse daño y fue una suerte que no hubiera nadie más en la biblioteca, solo la hermana que estaba en la entrada, porque esta fue una de las tantas veces que los libros me han hecho llorar de pena, al imaginarlo tan solo, muriendo lejos de su casa, después de haber escrito sobre su muerte.

Yo no lo sabía entonces, pero además de escribir sobre el amor, a los poetas les da por escribir sobre la muerte, la suya o las ajenas, y por alguna razón eso también te enternece, quizás porque presientes que alguna vez podría ser sobre uno mismo.