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jueves, enero 16, 2025

Las Malas Palabras


Vivo en un país que al decir de un poeta nacional, se lo inventó él y en verdad no existe, de cuando en cuando se lo vuelven a inventar, pero para ser sinceros le pasa como a alguna gente: no se parece mucho a como sale en la foto. Cuando me acuerdo escribo, a veces de cosas de las que uno no debería acordarse, como que  hoy jueves dieciséis de enero hace treinta y tres años, edad crística y si los cálculos me asisten, a mí que tanto me cuestan las matemáticas, se firmaron en Chapultepec, México, los Acuerdos de Paz entre la guerrilla salvadoreña y el gobierno de El Salvador de ese entonces, esto por su puesto es de mala educación recordarlo ahora y mucho más decirlo, de modo que solo lo escribiré, ya que las palabras han perdido su peso y se olvidan apenas dichas.

Muy temprano en la mañana, mi termo de café y yo nos sentamos en el Parque Cuscatlán, frente al gran muro que hace las veces de monumento y donde hay miles de nombres que alguna vez pertenecieron a las personas que murieron en la guerra. Guerra es también una mala palabra entre nosotros: a alguna gente le da picazón en el cuerpo y se revuelven incómodos como si no supieran donde poner su sensación de culpa o de vergüenza o vaya usted a saber; a otros les provoca escozor en los ojos porque es ahí donde se guarda la tristeza cuando ya no cabe en los bolsillos, algunos más voltean los ojos y los ponen en blanco por el exceso de bilis que da el saber que este planeta existía y que sucedieron cosas antes de su llegada a él y se las perdieron, qué le vamos a hacer, siempre nos toca perdernos algo, a mí por ejemplo me da rabia haberme perdido el Woodstock del '69 pero trato de vivir con ello.

El Monumento a la Memoria y la Verdad tiene solo ochenta y cinco metros de largo, no llega ni a los cien porque creo que ya les mencioné que somos de memoria corta, no lo recuerdo, el caso es que por eso solo cupieron treinta mil nombres apretaditos, si le ponían más se rebalsaba como las calles del centro de nuestras ciudades en julio, así que aunque algunos llevaron las manos llenas de nombres que era lo único que les quedó de sus personas amadas, ya no se pudieron poner porque no hubo dónde y tocó lo que toca acá casi siempre: que se fueran de regreso para la casa solo con los nombres y vieran dónde los ponían, escondiditos eso si, porque aquí los nombres de los asesinados también son malas palabras y de los desaparecidos ya ni se diga, por cierto, desaparecido también es mala palabra. Creo que para este post debí haberme conseguido una de esas alcancías para poner monedas por cada mala palabra.

Cuando te fijas en las líneas de nombres, en algunas hay tres o cinco que comparten uno y dos apellidos ¿Quién queda para recordarlos? El muro tiene toda la buena intención de ser un lugar de Memoria y Verdad, aunque no estoy segura si estas son también malas palabras actualmente, me parece que sí, pero es solo un muro y quien recuerda soy yo, mientras saboreo la calidez del café y escucho como la calle Roosvelt, si es que todavía se llama así, se va llenando de tráfico. Recuerdo la imagen de la firma en los televisores, las plazas llenas de gente en las conmemoraciones de la paz, recuerdo cuando se podía hacer teatro en las plazas y calles, recuerdo a quienes me contaron que esperaban que les dijeran adónde estaban las tumbas para poder ir a enflorar, recordar es a veces, una mala palabra.

Estoy por guardar mis cosas e irme, cuando ha llegado al muro un hombre de cabeza cana y andar decidido pero pesado, con ropa que no es nueva sino limpia y se ha quedado buscando en el muro como quien busca una lápida conocida en el cementerio. Vicio de escritora y gente de teatro es ver vidas ajenas, así que recojo mis cosas y me voy tan lento como puedo, para ver cómo el hombre que ha encontrado el nombre que recuerda, ha sacado de su bolso rectangular, de lona verde, una cinia anaranjada y un rollito de cinta transparente, corta el tallo de la flor lo suficiente como para ponerle la cinta y pegarla junto al nombre que para su fortuna, está al final de la línea de nombres. Habría querido acercarme un poco para  ver el nombre y recordarlo yo también, pero el hombre se ha puesto a hablar con el nombre, o la deidad o él mismo, no lo sé, así que camino para salir del parque, porque aunque crean que me dedico solo a la vagancia, también tengo otras cosas que hacer. ¿Quién recuerda? Nosotros recordamos, aunque recordar sea a veces, también una mala palabra.

domingo, enero 01, 2023

La última y nos vamos

31 de diciembre. No soy de ir a los centros comerciales. Mucha gente junta me provoca una especie de alergia mental y si quiero un café prefiero llevar mi termo desde casa y sentarme bajo un árbol con buena sombra y mi cuaderno de apuntes, o ir a alguno de mis cafés habituales.
Así las cosas hoy estoy en uno de los centros comerciales más antiguos de San Salvador, cumpliendo uno de mis rituales personales: buscar el postre de fin de año.
Buscar el postre de fin de año viene siendo una excusa para venir temprano a alguno de estos lugares y poner a prueba mi alergia a los humanos, cuando los comercios comienzan a abrir y el flujo de personas no resulta intimidante.
Cumplida la excusa me queda una hora y poco más antes de regresar al ritual doméstico, así que busco siempre un lugar con buena ubicación para ver a la gente que pasa, me pido un café que me sirven en un caso de cartón y dejo que la vida pase como telón de fondo para pensar sobre ese extraño invento humano que es el tiempo. Este día en particular no me produce la agitación que veo a mi alrededor y resulta agradable sentarse tranquilamente a ver cómo el mundo gira en espiral.
No hago una lista de propósitos para año nuevo, los deseos que descubro en mi alma van germinando poco a poco y he
aprendido que a veces, a despecho mío, no son programables y atienden su propio ritmo.
Dejo que todo se deslice fuera de mi burbuja: los regulares de este quiosco de café que desean un feliz año a la cajera, los que vienen de prisa por lo que van a comprar, los que compran porque se supone que es menester comprar algo en estos días, los que se frustran por no encontrar exactamente lo que habían pensado y las parejitas de rigor que esperan a que dé la hora para escaparse al cine, ese público espacio íntimo donde cada vez aguardan menos sorpresas.
Unos minutos antes había entrado en el café que está a mitad del pasillo, donde estuvimos hace tres años con Carlos y Rolo, de camino al velatorio de Erick, regularmente hago una estación con café acá, pero esta vez no me quedé porque no había pay de limón, el aire acondicionado estaba demasiado frío y este año ha fallecido Carlos. Quizás eso me dio por pensar que  cada año de los últimos seis, he estado despidiendo amigos, bellos amigos como diría R., que me han acompañado a escribir y hacer teatro.
Así que voy y me siento en esta breve terraza con el café negro de siempre y el club de los amigos muertos, Gata Negra incluida. Aunque palabras como muerte, mal y tristeza, dichas sin filtros ni hastags, resulten malas palabras en nuestro mundo de 4.5 por 4.7 pulgadas, son palabras que aún conservan cierta belleza imperecedera y antigua, como los riscos y los marmóreos ángeles de los cementerios.
Con mi mano en la tibieza del vaso de cartón pienso en este diverso grupo de hombres que me enseñó de muchas maneras cómo hacer títeres, escribir literatura, danzar, actuar y asumir mi oficio de directora de teatro, así pues R., Casti, Erick, Aníbal, Alejandro y Carlos son también parte de mi teatro y de mis libros, tanto como la Gata Negra lo es de los cuentos de gatos y su impronta surgirá de vez en cuando en alguna frase, en un movimiento, textura o imagen. Cuando se hace y se habla teatro y literatura, se hace y se  hablan también vidas, amores,  muertes y locuras, es por eso que a través de nuestro tiempo compartido mi vida se hizo más rica y más plena, eso también es algo para agradecer en un lugar que muchas veces resulta tan árido. Nuestra naturaleza como nuestro arte es lo efímero, pero el principio de conservación de la materia-energía nos recordará que nada se pierde.
Por muy buena que se haya puesto la bohemia siempre llega el momento de la última y nos vamos, eso es parte del encanto perecedero de la noche y decir adiós es un dolor tan dulce, aunque no lo digas desde un balcón, que vale la pena decirlo de vez en cuando. Lo cierto es el adiós, así que levanto mi café y me despido. La tristeza, que se ha quedado sentada a la mesa viendo como me levanto, se queda ahí mientras me alejo y me dice adiós con la mano.

lunes, enero 07, 2013

365 para retornar. Harry

El camino estaba delante de mí, sin embargo durante mucho tiempo no supe cómo volver a entrar a la Gaticueva, no sé si era el estar roto o el hastío de comprobar la permanencia de mis pies sobre el suelo a pesar de estar roto y así pasaba por delante una y otra vez, hasta que el Día de Reyes me trajo eso que la gente llama milagro y que a la mejor solo es levantar la cara para ver el sol entre las nubes. Como sea, mi abuela decía: "la que es vuelve... y de cartera", así que acá estoy, de nuevo en la cueva del gato, me puse a juntar hoja por hoja, los retazos de 365 que se han publicado durante el 2012 en el Suplemento Tres Mil del Co Latino y los pongo acá, porque hay varios que me han dicho que no han podido leerlos y tienen curiosidad, así que acá irán apareciendo para tentar su paciencia.







lunes, mayo 14, 2012

Daltónico mundo este...

Hace dos décadas me enamoré de un tipo asesinado el día de la madre, dos años después de que yo viniera a tratar de comprender este mundo, fallé en el intento pero el amor me dura hasta hoy, es que no sé... muchos me han dicho que no me conviene, que si andaba de panfletario, que si hubo plagio, que si se volvió una bandera, que si su literatura es más citada que leída (cosa con la que concuerdo), pero hay algo es su forma de amar-odiar al paisito que conmueve, no se puede estar tan dolido con alguien a menos que lo quieras tanto y seas groseramente, cruelmente, arteramente no correspondido, ninguneado, despreciado... solo entonces se puede putear con tantas ganas, de amor, de desesperación, de ganas de agarrarte a trompadas con el paisito y luego consolarlo porque pobrecito, tan estúpidos nosotros y nada buenos... esa cínica ternura daltónica me ganó el corazón y lo puso a él, tan pobrecito poeta como era, robándole líneas a Don Chofrá, dentro de mi panteón de amores.
Desde esta mi fase de ermitaña en la que me he metido últimamente porque necesito alejarme del mundo real que también me cerró con motivos la ventana en el rostro, me tomo un par en esta noche lluviosa, frente a la página en blanco que se va desdibujando en este blog, mientras brindo porque sus versos son de esas cosas que me han hecho feliz en la vida, partidos e ideologías políticas aparte, solo el puro, duro, ocioso y vital goce estético y mientras avanzo la cerveza releo uno de mis poemas favoritos de Roque Dalton (no, no es Poema de Amor, ese siempre me pareció una hijueputada de su parte):

Mi Dolor

Conozco perfectamente mi dolor:
viene conmigo disfrazado en la sangre
y se ha construido una risa especial
para que no pregunten por su nombre.

Mi dolor, ah, queridos,
mi dolor, ah, querida,
mi dolor es capaz de inventaros un pájaro,
un cubo de madera
de esos donde los niños
le adivinan un alma musical al alfabeto,
un rincón entrañable
y tibio como la geografía del vino
o como la piel que me dejó las manos
sin pronunciar el himno de tu ancha desnudez de mar.

Mi dolor tiene cara de rosa,
de primavera personal que ha venido cantando.
Tras ella esconde su violento cuchillo,
su desatado tigre que me rompió las venas desde antes de nacer
y que trajo los días
de lluvia y ceniza que mantengo.
Amo profundamente mi dolor,
como a un hijo malo.

Roque Dalton.-

lunes, abril 09, 2012

Crónicas de viaje. Talcigüineando.

La semana pasada abandoné la Gaticueva y me fui de vacaciones, desconectándome de la realidad virtual, que nues realidad ni nada, como decía el buen Salarrué, sino más bien el espejito, espejito que nos aleja de la realidad y nos fuimos con buena y despistada compañía, porque ni él ni yo conocíamos a donde íbamos, cosa que es muy de agradecer porque así el viaje resultó interesante, hasta que de tanto preguntar llegamos a Texistepeque, en el occidental departamento de Santa Ana, para conocer a los tales Talcigüines.
Lunes Santo y al llegar a un pueblo que no conocíamos, no tuvimos más que seguir a la gente que iba caminando a la plaza y allí entrar en una de las tantas dimensiones desconocidas del paisito, porque nada más llegar, en lugar de un rito católico propio de la temporada, nos encontramos con los altavoces de la plaza despotricando regetón y a un mar de gente ocupándose de sus variados asuntos: saludarse, buscar las consabidas pupusas de desayuno, a los infaltables grupos de "cheros" en las esquinas que no se olvidaron de llevarse la hielera y se estaban sacando "las heladas", regatear el precio de las artesanías y tomar fotos, actividad a la que luego de salir de nuestro primer estupor nos sumamos con entusiasmo, hasta que algo debajo de un toldo nos hizo flipar: estaban ofreciendo camisas y muñecos de Talcigüines como souvenir ¡flipante! los Talcigüines elevados a la categoría del Ché y otros iconos, con sus propios souvenirs.


Seguimos caminando para rodear el parque y en el centro vimos una bandada de talcigüines, según lo que había leído de la tradición eran doce, pero ahora contaba unos veinte entre adultos y niños con sus túnicas y capuchas rojas, persiguiendo a los grupos que se estacionaban en el parque y dando los tres latigazos de rigor, aunque con menos rigor si quien los recibía era una chica bonita. La gente que estaba en la misa salió de la iglesia y nosotros nos preguntamos: y a todo esto ¿dónde está Jesús?
Decidimos alejarnos del mundanal ruido en busca de desayuno y como metáfora de la vida, al alejarnos de la gente, por pura casualidad nos dimos de frente con Jesús, que venía caminando y haciendo sonar una campana, seguido de una pequeña multitud.


El teatro-ritual se desarrollaba en cada una de las cruz calles del pueblo: Jesús se detenía en la cruz calle y sonaba su campana hacia las cuatro direcciones, luego él y todos los que acompañaban el recorrido esperaban con gran expectativa, algunos chiquillos no podían más y gritaban en cuanto lo veían: ¡ahí está el Talcigüín! ¡ahí viene, ahí vine!, pero Jesús lo aguardaba confiado y cuando lo tenía cerca comenzaban una partitura de movimientos, el Talcigüín atacaba en redondo y Jesús se defendía agachado, dando saltitos en círculo, sosteniendo en alto la cruz, al completar el círculo, Jesús se levantaba y el Talcigüín caía rendido a sus pies, Jesús le ponía un pie encima y luego pasaba sobre él, el Talciguín quedaba en el piso hasta que la larga soga que arrastraba Jesús terminaba de pasar sobre su cuerpo y entonces, salía corriendo hacia la iglesia. El ritual se alargó por más de dos horas, pasando los doce Talcigüines de la tradición, Jesús estaba fatigado luego de esas dos horas, pero como si entrara en trance con cada Talcigüín, repelía cada ataque con agilidad. La gente veía la escena una y otra vez, pero siempre se generaba la misma expectativa, la misma tensión cuando el Talcigüín atacaba, el mismo alivio cuando Jesús ganaba, algunos Talcigüines introducían pasos de breakdance antes de caer, culminando con la caída de la hoja o alguna acrobacia, arrancando aplausos al público.


Yo pensaba en lo que Richar Schechner propone sobre el comportamiento restaurado y me habría gustado mucho haber visto alguna referencia de este teatro-ritual en los años treintas del pasado siglo, cuando se rescató, antes que los noticieros y los sitios de turismo lo hicieran famoso y ver cuánto se había conservado y cuánto se había comportado como lo anota Schechner, que las cintas de comportamiento tienen vida propia y pueden reacomodarse y reconstituirse independientemente de los sistemas causales que los originaron. El material sin duda se ha modificado desde la intervención mediática, pero los Talcigüines siguen siendo los Talcigüines y siguen despertando la devoción de los participantes.
Esto es algo que me apasiona de la ritualidad del paisito, de su teatro-danza-ritual, su circo y su teatro popular. Mientras íbamos en la carretera con mi compañero de aventuras, no pude menos que sonreír viendo el paisaje, estas son las cosas que me dan ganas de hacer algo, tal vez una nueva obra de teatro, tal vez un cuento, tal vez una nueva entrada en el blog...

lunes, octubre 03, 2011

Diario de Harry. Crónicas de bar

Este finde estuve totalmente lejos de mis antros de costumbre. Nada del centro con su bar de siempre, con la mesera que ni siquiera te pregunta qué vas a tomar: nada más te saluda con un gesto de cabeza y segundos después llega con lo que le pedirías, cosas estas de ser animal de costumbres. No, esta vez nos fuimos a un chupadero "cool", prometo algún día colgar nuestra clasificación de bares, chupaderos, antros y conexos.
El lugar no era nada excepcional: ambiente desabrido, parroquianos desabridos, consumo caro (exorbitante para nuestro bolsillo acostumbrado a nuestro querido bar de quinta) y tacos que sacarían en carroza a cualquier changarrito de barrio. La atracción principal: la compañía que nos esperaba en la mesa y un toque de La Vieja Fiebre Amarilla. Escuché la primera canción de Hielo Ardiente y pensé en mi mamá y en un par de tíos en los tiempos en que no habían cambiado de vida. Entonces vi en redondo la concurrencia del antro y entendí todo: allí no se va por el ambiente ni la comida, ni siquiera por la cerveza que es la misma en cualquier lado desde la disco hasta la tiendita de la esquina, allí se va por la nostalgia. Decenas de mesas ocupadas por parejitas de más de cuarenta y cinco, grupitos de adolescentes de cincuenta y algún que otro bebedor solitario que nunca falta, conversando con su cigarro. Suena black magic woman y todos comienzan a alucinar. La primera tanda es una máquina del tiempo de hora y media a los sesentas y setentas y hasta me doy cuenta que yo también comienzo a tener recuerdos. Los músicos de la banda son una colección de personajes, imagino al nieto del bajista hablando con su amiguito en el kinder: "¿y que hace tu abuelo?" y el otro chiquillo contesta: "los fines de semana se va a rockear a los bares y se pone un colocón hasta la madrugada"... genial, así quiero ser yo cuando sea grande.
La segunda tanda musical es un riesgo porque pasando cervezas, nuestro anfitrión es la mano más rápida de este pueblo y escuchando a la banda pienso en la enorme riqueza musical del rock salvadoreño en los sesentas y setentas ¿alguien habrá recopilado esa música? ¿se habrá creado algún archivo nacional con eso? ¿dónde estarán esas bandas? toda ese trip musical que es el antepasado de los toques de Fenastras... entonces pienso también en que a la mejor cuando me llegue el tiempo, Maiden será mi música de nostalgia ¡cómo cambian los tiempos!

martes, septiembre 13, 2011

Diario de Harry. La patria de Salarrué

Esta semana sentí que se me secó el cerebro, debe ser el trabajo de oficina y todo el papeleo burocrático que sirve para que existan burócratas, la ausencia de lluvias con su calor asfixiante o el cruel presentimiento de que nos acercamos peligrosamente a época pre electoral, después de lo que estaremos en época electoral e inmediatamente después en los análisis post electorales previos a la época pre electoral.
En medio de este calor y tendido otro de los famosos puentes gubernamentales espero el desfile del 15 de septiembre para ver los nuevos modelos "adecentados y políticamente correctos" en la moda cachiporrista. La nueva falda cachiporrista que llega hasta el tobillo, combinada con una camisa manga larga y cuello de tortuga causarán furor en esta temporada.
Por ahora el sentimiento patrio se divide entre las donas al 2 x 1, las pupusas (forever) y la selecta de playa (que ojalá se sigan acordando de ellos el próximo año) que ha eclipsado a las protestas y los mega hoyos de temporada. Sin embargo yo en septiembre no me acuerdo de la oración a la bandera... yo la verdad me acuerdo de Salarrué y de este hermoso texto que desde que lo conocí, siempre me repito para este tiempo:

Mi respuesta a los patriotas

Salarrué


21 de enero de 1932 (de la era de Martínez)

Mis amigos me han dicho «Tú que eres sereno, tú que ves las cosas con los ojos adormilados, tú que estás siempre en la tierra del ensueño, en ese mundo irreal a donde los golpes de la marea de aquí abajo no llegan, por lo mismo, por eso, tú debes dar tu opinión en estos momentos en que la patria se encuentra en la indecisión. Apunta tu microscopio y dinos que ves y como lo ves, de algo ha de servirnos, hazlo por patriotismo, dígnate pisar con tus plantas la tierra firme, siquiera por una vez... ».Y se han echado a reír. Conozco en su manera, que lo han dicho en parte como burla amistosa, con el cariño que infunden los locos pacíficos, en parte en serio y es por ello que yo me he quedado perplejo y me he sentido luego como incomprendido, tenido como un ser vago e inútil, de un mundo problemático. Y me he indignado en mi dignidad de hombre y he alzado mi grito de protesta como la voz en el desierto escribiendo esta respuesta a los patriotas sin nombre...

Yo no tengo patria , yo no se que es patria : ¿A qué llamáis patria vosotros los hombres entendidos por prácticos? Se que entendéis por patria un conjunto de leyes, una maquinaria de administración, un parche en un mapa de colores chillones. Vosotros los prácticos llamáis a eso patria. Yo el iluso no tengo patria, no tengo patria pero tengo terruño (de tierra, cosa palpable). No tengo El Salvador (catorce secciones en un trozo de papel satinado); tengo Cuscatlán, una región del mundo y no una nación (cosa vaga). Yo amo a Cuscatlán. Mientras vosotros habláis de la Constitución, yo canto a la tierra y a la raza: La tierra que se esponja y fructifica, la raza de soñadores creadores que sin discutir labran el suelo, modelan la tinaja, tejen el perraje y abren el camino. Raza de artistas como yo, artista quiere decir hacedor, creador, modelador de formas (cosa práctica) y también comprendedor. La mayor parte de vosotros se dedica en su patriotismo a pelearse por si tienen o no derecho, por si es o no constitucional, por si será fulano o zutano, por si conviene un ismo u otro a la prosperidad de la nación. La prosperidad es para vosotros el tenerlo todo, menos la tierra en su sentido maternal. Capitalistas embrutecidos, perezosos y bribones muestran sus caras abotagadas y crueles a no menos crueles comunistas pedigüeños, sórdidos y rapaces. Mientras estos dos bandos en todos sus grados de intensidad se gruñen unos a otros, nosotros los soñadores no pedimos nada porque todo lo tenemos. Ellos se arrebatan las cáscaras y nos dejan la pulpa : - El pan es mío, todo mío, dejadme vender el pan», gritan unos;«no» dicen otros :« tenemos hambre y el pan es nuestro, porque la tierra es nuestra»... Mientras nosotros los soñadores, sin que nadie se oponga, hacemos crecer la espiga embelleciendo el paisaje, gozamos la música del maizal que sonríe con la brisa, recogemos cantando la mazorca y dejamos el comerla a tarascadas a los puercos. El cafetalero es un pedante que habla del mercado, de la baja, del alza, cuenta pisto agachado sobre las mesas, husmea costales y no ha estado nunca tirado al fondo de un cafetal, en el misterio de las noches de luna ; no nota la belleza del grano sangriento cuando resbala entre los dedos de las cortadoras cantarinas, no conoce el aroma y la leyenda de la flor del cafeto. El azucarero no ha oído nunca el susurro consolador de los cañaverales, ni ha visto meterse al chipuste en marejadas armoniosas. Todos ellos gritan alrededor de una sola cosa: el dinero. Unos quieren ganar el quinientos por ciento y otros quieren que se les suban sus salarios. El comunista usa un botón rojo y habla de degollar, llama justicia al buen pan y buen vino bien compartido, y no han sabido nunca del saber dar a quien todo lo tiene, que es quien nada tiene. El indio del arado y de la cuma que hace el paisaje agrario bajo el sol crudo, está satisfecho de hacer vivir con sus manos toscas y renegridas, manos de Dios, a un pueblo entero que se entrega a una locura llamada política; que no sólo es infructuosa sino dañina. Este indio vive la tierra, es la tierra y no habla nunca de patriotismo. Ni teme al extranjero que nada puede quitarle lo de él, a menos de quitarle la existencia.

Yo que paso en la tierra del ensueño, según vosotros, yo estoy más en el corazón de la tierra, arraigado de verdad y con raíces abajo y queriendo florear por arriba. Si la tierra de Cuscatlán se alzara un día personificada llamando a sus hijos, a mí, de los primeros me reconocería y no a los políticos y a los istas de esta cosa llamada patria. El Salvador y demás zarandejas que simbolizan con banderas y escudos y que señalan con fronteras imaginarias. No, no soy patriota ni quiero serlo; tengo mejor concepto de un guineo patriota que de un hombre patriota. A mí no me agarran ya con esas cosas respetables. Ni siquiera trabajo en Patria, trabajo en Vivir, es decir, no en la patria sino en la vivienda, terruño o querencia, como diría Espino. Vivienda, sí, con sueño y todo, pero viviendo una vida real, la vida que se saborea como vino sagrado. Yo no aro ni siembro ni cosecho la tierra: oficio ante el altar y doy las gracias en nombre de los soñadores cosechando un grano invisible que desgrano de la mazorca de la vida y de la espiga de la costumbre ¿que cosa es vuestra patria que yo no la miro ?.. Me pedís que descienda a vuestra realidad y no se donde poner el pie; por todos lados encuentro arena movediza. Si yo os invito a que vengáis a mi terruño, tendréis amplio campo donde correr y sudar; podréis untaros las manos en barro fresco y llenaros el pecho de aire puro. En esa vuestra patria yo sólo respiro odio, cobardía, incomprensión.

¡Que diera yo por traeros a esta mi tierra ¡...Ya los pocos que había conmigo se han marchado; me encuentro casi solo. Solo con el indio contemplativo y la mujer soñadora. Ya no hay Miranda Ruano que escriba Las Voces del Terruño, libro que ya nadie lee; Ambrogi habla constantemente de Quiñónez; los Andino escriben «Política»; Bustamante es empleado de juzgado; Castellanos Rivas se hace Secretario Particular; Guerra Trigueros no oye mas caer las estrellas en la fuente inmemorial; Julio Ávila se dedica al comercio; Llerena enmudece; Gómez Campos tiene tienda; Paco Bamboa se doctora; Salvador Cañas «prepara» a sus muchachos; Masferrer ya no canta; Gavidia discute sobre el radio; Chacón hace seguros de vida; Rochac habla de finanzas; Villacorta se queja de la tesorería; Vicente Rosales anda en corrillos; Miguel Ángel Espino es fuente seca; y en fin, me veo solo en la tierra de la realidad, apenas con un Mejía Vides que quiere ir al estero a pintar un tiempo (como Gauguin en Taihiti) y un Cáceres que sueña y llora en los rincones del «Atlacatl».

Sí, ¡qué diera por traeros a esta mi tierra! (Que no es hipotética, como la vuestra): cerros enmontañados, y llanos ondulantes en donde al salir el sol cantan los gallos, en dónde no hay artículo número tal, sino un árbol de grata sombra; en dónde no hay el inciso cuarto; sino el ojo de agua para la sed; en dónde la ley de tal cosa está representada por la lluvia, por la luna o por el viento.

Lírico, sí, es verdad; pero lírico sobre el polvo de la tierra y no prosaico e insípido sobre hediondos conceptos y rancias doctrinas. Lírico bajo el cielo azul, y no sórdido bajo la loza del istmo.

Como me lo pedís, he pisado ya con mis plantas la tierra firme; pero la mía, no la vuestra, que no es firme ni es tierra sino humo (del feo). Lo he hecho porque me habéis obligado, porque al fin habéis conseguido distraerme de mi “éxtasis azul impráctico” y hasta habéis logrado indignarme un segundo. Sabed de una vez por todas, que no tengo patria ni reconozco patria de nadie. Mi campo es más amplio que esa tajadita de absurdo que queréis darme. Mucho más amplio. Ni siquiera el mundo. Ni siquiera el cosmos...

lunes, agosto 08, 2011

La feria de agosto

Viernes 5

El ritual de las fiestas agostinas es ir a la feria de Don Rúa, una especie de Babel sobre asfalto al borde de los edificios del centro de gobierno, donde hormiguean cientos de gentes con ropas de domingo.
La incursión comienza en la calle cerrada del Instituto Nacional de los Deportes, donde te reciben los vendedores de celulares que te ofrecen chips de teléfono como ofrecerte dulces, con lo fácil que resulta, con cero registro por parte de las telefónicas y con algo de ingenio para ponerlos dentro de los penales, se convierten después en las voces anónimas de las extorsiones, asesinatos y otras plagas que nos acompañan; de paso pensé también en las maravillas de la portabilidad numérica, pero me detuve en ese punto porque me di cuenta que estaba desvariando.
Entre las pupusas de a cora y los humildes carruseles movidos a pura fuerza de brazo, fuimos subiendo la cuesta, pasan varios travestis con camisas de licra en colores que inducen al vértigo y pulcros delantales, cargando cántaros o canastos con fruta o cd's pirateados, nadie los mira mal ni se mete con ellos, son parte del paisaje. Allí en la cuesta se alternaban los puestos de dulces, con sus maravillosas naranjas partidas por la mitad y cristalizadas en azúcar, las blanquísimas marquetas de conserva de coco y las tusas de colores que esconden panelas en miniatura, las manzanas con su capa de azúcar coloreada de rojo y luego todas las frituras, amalgama de olores, colores y sabores que sabotean cualquier intento premeditado de dieta.
Luego están los tipos que te invitan a jugar juegos donde parece que se gana fácil, pero ya sea tirando al blanco, derribando con un pelotazo tres botellas delante de una red o adivinando dónde está la bolita, se comprueba que no siempre las cosas son lo que parecen, como bien lo sabe cualquiera que lea la sección de noticias nacionales. Ver trabajar a los timadores de feria es un todo un espectáculo donde se combina la habilidad de palabra, el gesto y la ilusión.
Llegamos a los circos, con los hombres al micrófono anunciando el programa de la función y llamando insistentemente: "pase, ya vamos a comenzar, ya vamos a comenzar" y así por media hora hasta reunir una docena de personas para arrancar con el espectáculo, mientras, en una de las tarimas a la entrada de uno de los circos, media docena de chiquillas entre diez y quince años, atraen las miradas con su ropa ajustada y sus movimientos de perreo, la carpa se va llenando y el sol del mediodía muerde bravo, así que hay que buscar sombra y cerveza.
Damos la vuelta por la zona de las ruedas "más chivas" como le oí a un niño al pasar, donde están las máquinas llegadas del norte, las colas crecen y el ruido de las ruedas se confunde con los gritos de los que están arriba y por supuesto, las risas de los que están abajo, delicia esa la de reírse del apuro del prójimo.
Bajo la enorme carpa que cobija los chupaderos el calor no cesa, pero al menos se está a salvo del sol, la mesera tiene una comprensible cara de agotamiento, a esa hora comienza el movimiento allí y tres jóvenes recién salidos de la adolescencia hablan bravuconerías y pequeñas hazañas junto a una docena de envases vacíos, madrugadores ellos. El dj va anunciando los videos y animando a que hagan peticiones, aparece un video de cumbia salvadoreña, al mejor estilo de los ochentas, con una casa elegante, un carro lujoso y una chica guapa con poca ropa, nada que ver con la canción, luego aparece un video de regetón de algún neoyorkino que no conozco, con una casa elegante, un carro lujoso y varias chicas guapas con poca ropa, nada que ver con la canción y luego otro video de bachata, con una casa elegante...
Vamos de salida por las mismas calles estrechas, en un puesto suena una cumbia del grupo Bravo y en otro los meros Tigres del Norte, pasan en patrulla cinco policías, el último se deja ganar por el ritmo del corrido y sigue la música con la cabeza mientras tararea la canción, pero vence rápidamente la tentación, se recompone y vuelve a asumir su papel de autoridad; pasan familias: el papá, la mamá, dos o tres niños y si es niña, con un largo y vaporoso vestido de princesa, de los que se encuentran desde tiempos inmemoriales en el mercado central, las niñas se agarran los faldones del vestido, "el estreno de la fiesta", para no enlodarse y mientras sortean envases vacíos, ventas y borrachos, saludan con la mano a los policías que se reparten de tres en tres por todas las esquinas, sonríen pensando en lo bien que se miran y en que van caminando por la calle vestidas de princesas.
A medida que nos alejamos, todo se confunde en una sola bulla: la de la feria de agosto.