jueves, octubre 15, 2020

Crónicas del Regreso. Volver

Como en un  distópico salón de recuperación de adicciones o el salón absurdo de El Viejo y La Vieja, me paro y avanzo hacia el podio, delante de un salón lleno de sillas vacías, por eso no tengo verguenza de decirlo:
Mi nombre es Jennifer Valiente, soy artista escénica y tengo ocho meses de no estar en un escenario.
Alrededor hay silencio y no sé si eso me asusta o me reconforta.
Ahora podría hacer  un flashback, por aquello de que tengo la manía de mezclar técnicas y habría un rótulo que podría decir algo así como: hace ocho meses, o hace seis meses o hace cuatro meses... da igual, cuando te colocan en una jaula, llega un momento donde llevar la cuenta del tiempo es un ejercicio de puro onanismo y estás demasiado cansado para ello.
El tema es que cuando la realidad se descascaró y dejó ver lo mal repellada que estaban las paredes, hubo un tiempo de negación, El Tiet y yo hicimos algunas cosas por internet, era algo así como: no se preocupen, haremos esto para mientras podemos regresar a encontrarnos con el público, que será pronto. No lo pensamos, simplemente lo experimentamos y como experimento estuvo bien, pero cuando has tenido todo, resultan insatisfactorios los placebos, así que dejamos lo de inter y nos dedicamos a lo que podíamos dedicarnos para mantener vivo el espíritu y llevar comida a la mesa: clases en línea, escribir, leer y aprender, investigar, ensayar y soñar con que tarde o temprano los proyectos que se quedaron congelados en el tiempo, pudieran abandonar su témpano.
En medio de las noticias falsas, verdaderas y siempre cambiantes, de la realidad inestable y escurridiza y de las arenas movedizas de la política en nuestro país inventado, se quedaban siempre rebotando las preguntas: ¿Qué se hace ahora? ¿Habrá espacio en este nuevo mundo para el teatro? Porque en el otro apenas lográbamos meterlo como una cuñita entre las cosas "importantes".
Fuimos de los primeros en parar y de los últimos en regresar y a pesar de todo, desde este lado de la realidad no preocupaba tanto cuándo iban a abrir los teatros, de todas formas los teatros son tres o cuatro espacios, muy poco accesibles y donde el público no siempre llega; para nosotros al menos, sigue siendo más importante pensar en cuándo podremos llegar nuevamente al espacio público y comunitario: a la plaza, a las calles, a las canchas, con la gente de las colonias y las comunidades, donde está nuestro trabajo.
Esta nueva crisis no trajo necesariamente nuevos males, simplemente nos dejó al decir de Inés: "desnudos como gusanos" y nos obligó ver la precariedad de siempre y cada vez más acentuada, en la que el teatro hace el esfuerzo inhumano de sobrevivir en estas tierras donde las condiciones de producción y difusión de tu arte no cuentan con un soporte real de la sociedad e instituciones y aún en medio del encierro y meses de paro laboral, recibíamos solicitudes dar nuestros servicios de forma gratuita a instituciones públicas y privadas.
Y luego, un día, descubrimos que nuestros proyectos sobrevivieron a la glaciación y nos comenzamos a mover, al principio totalmente entumecidos, tratando de ubicarnos en este nuevo pedazo de la realidad... Tanteando, tanteando continuamos y ahora estamos a una semana de volver al teatro, sin saber muy bien por dónde nos llevará la marea, pero como uno de los grandes aprendizajes de este tiempo ha sido fluir, esta vez vamos con la corriente y aunque seguimos creando en la precariedad, tal vez este tiempo nos haya dado la oportunidad de mirar bien, de mirar otras perspectivas y generar otras opciones que se vayan alejando de las instituciones que no funcionan más. 
 

miércoles, septiembre 02, 2020

Aventuras de la Gata Negra

 La Gata Negra no es solamente un personaje principal de Los Cuentos de Gatos, para quienes no la conocen, es la gata de casa, según nuestros cálculos ronda los catorce años si no es que un pelín más, tiene muy mal carácter y hace siempre lo que le da la gana, como vigilar el huerto y tomarse el agua de los plantines de Mau, entre otras cosas...


Hace una semana las correrías fueron interrumpidas por una uña malévola, encarnada en la pata de la Gata y ante su negativa a extender la pata, hubo que llevarla al veterinario. Para su mala fortuna, dado lo peligroso de una operación gatuna de esa envergadura (peligroso para el pobre veterinario que se atreviera a tocarla), hubo que anestesiarla por completo y asunto solucionado... bueno, casi...



El pobre Saimon tuvo que estar en el cuidado post operatorio, los mareos, la despertada y vuelta a dormir y despertada. La verdad lo pasamos muy mal durante un par de días.



Hasta que finalmente y disfrutando de la nueva movilidad de su pata restaurada, la Gata Negra volvió a las andadas, totalmente recargada y con su mal genio intacto y claro, exigiendo compensación en yogurt y otras golosinas, por daños y perjuicios a su íntegridad gatuna.



Y colorín colorado, esta breve gaticueva, ha terminado.

jueves, agosto 20, 2020

Cuando la muerte

Muchas veces he dicho aquí y en otros lados, que tenía catorce años cuando conocí a Federiquito. Era una cría entonces, pero en la biblioteca del colegio ya me había enfermado de libros... cortos recreos en la biblioteca, siempre muy cortos para tantos libros, para tantas historias y sucede que cuando una tiene catorce años se enamora con todo y para siempre y  allí estaba en la biblioteca este muchacho con corbatín, sonrisa un poco triste y un poema verde que era como estar hablando dormido y al leerlo en voz alta, por encantamiento uno quedaba soñando con la luna, como esos sonámbulos que decía mi abuela que había que agarrarlos quedito de la mano y llevarlos con cuidado a acostar, sin despertarlos, porque si despertaban de golpe se quedaban para siempre en el mundo de los sueños y la gente decía que se hacían locos.

Y así, página a página, yo iba leyendo esos poemas donde había gente que se enamoraba pero que no eran de amor, o tal vez si, porque con cada párrafo yo suspiraba y con cada suspiro me iba quedando enamoradísima de él y estaba este poema que me ponía muy triste aunque me imaginaba que tenía música alegre por dentro, el poema pues, porque yo no podía tener ninguna música alegre por dentro mientras lo leía, más bien tenía algo así como arena de desierto.


VIÑETAS FLAMENCAS

MEMENTO

(Caña y Soleá de Triana)

Cuando yo me muera,
enterradme con mi guitarra
bajo la arena.

Cuando yo me muera,
entre los naranjos
y la hierbabuena.

Cuando yo me muera,
enterradme si queréis
en una veleta.

                                          ¡Cuando yo me muera! 


y al final volvía a leer el nombre: Federico García Lorca y quise saber dónde vivía para escribirle una carta diciéndole lo mucho que me habían gustado sus poemas y que me declaraba su admiradora, pero en la biografía reseñaba que lo habían matado un 18 de agosto de 1936, en su país pero lejos de su casa, con gente que no conocía, en una de las tantas guerras que inventan los hombres para hacerse daño y fue una suerte que no hubiera nadie más en la biblioteca, solo la hermana que estaba en la entrada, porque esta fue una de las tantas veces que los libros me han hecho llorar de pena, al imaginarlo tan solo, muriendo lejos de su casa, después de haber escrito sobre su muerte.

Yo no lo sabía entonces, pero además de escribir sobre el amor, a los poetas les da por escribir sobre la muerte, la suya o las ajenas, y por alguna razón eso también te enternece, quizás porque presientes que alguna vez podría ser sobre uno mismo.

miércoles, agosto 12, 2020

Escribo

 

Escribo. No sé si mucho o poco. Escribo una página todos los días como un ritual que me permite respirar a falta del escenario. Muchas veces escribo sobre temas que no tienen nada que ver con la Peste, ni la Crisis, ni el teatro... ninguna de las cosas de actualidad sobre las que supuestamente deberíamos escribir... la Peste está demasiado próxima, se desdibuja, se desenfoca totalmente, como cuando colocas algo justo frente a tu nariz, imposible para mí escribir sobre ella ahora. Su hedor me sofoca. Los cronistas del siglo XIV debieron estar alejados, en los castillos de los señores, para poder escribir, pero yo voy y vengo en las comunidades donde la gente tiene miedo de ir al hospital, miedo de decir que se enferma, porque enfermarse es culpa o muerte. Entonces te llaman, aconsejas a las familias qué hacer con el enfermo, cómo cumplir la cuarentena, cómo aplicar los tratamientos y a la semana siguiente haces la visita de seguimiento en las casas y ves cómo la vida persiste indefectiblemente. Eso de momento no se escribe, se deposita sobre la piel no más.

Curiosamente escribí mucho, lo hice el primer mes de encierro, pero fue porque me había empachado con todo el terror que quisieron meterme a cucharadas hasta el gaznate. Cerré fuertemente la boca y desde la televisión, desde la compu, desde las interminables e inentendibles cadenas nacionales me tapaban la nariz, me atenazaban las quijadas y continuaban metiendo su porquería a cucharadas. Entonces tuve que vomitar poesía, tres días. Tres días de palabras para evitar la necrosis y luego los largos días de corregir para que la belleza lograra asomar sus muslos en medio del terror y el odio de su inmundicia propagada a través de frases estúpidas y fusiles. Ocupé todo el primer mes en ello. Cuando pude terminarlo lo leí solo una vez más y regresé a la ficción de mi narrativa.

Luego todo fue el desierto.

La repetición de los días. El Encierro. Quince días. Quince días. Quince días interminable, como la roca de Sísifo. El miedo y el ansia de poder cubriendo las cosas con su miasma. Tu lucha minúscula en medio del mar de miedo para proteger a los tuyos de perder la cordura. Callarse para evitar la lapidación. Proscritos los abrazos. Proscrita la capacidad de cuidarse a sí mismo. Proscrito el propio sentido común. Proscrito el disenso. Herejes por todos lados. Herejes. Hogueras de insultos para los Herejes. Condenación social eterna como el miedo que marchita lo poco que de humanos habíamos conseguido. El Gran Hermano saliendo de los libros, todos los manuales de propaganda fascista como en documental 3D. Cuando el destino nos alcanzó nos encontró colgados de las pantallas.

Por fortuna las palabras. Por fortuna la belleza para desafiar al miedo. Por fortuna recordar el teatro. Recordar, de momento solo esa esperanza, la de la memoria. Respirar. Respirar sin mordaza. Cuidarse, cuidar, cuidarnos sin pedir el permiso de los poderosos. Abrazar, el acto más revolucionario de estos tiempos. Poco a poco, en la maraña del bosque encontrar a otros  hartos del miedo. Mudos que recuperan el habla. ¡Milagro! ¡Milagro! Salir de la avalancha, maltratado pero entero. Salir. Confiar de nuevo en tu cordura y dejar pasar la turba enloquecida de miedo. 

Por fortuna las palabras. Respirar. Por fortuna la inútil belleza. Por fortuna la risa y los abrazos. De momento escribo, solo eso.

miércoles, agosto 05, 2020

Agosto

Siempre hay una docena de anécdotas sobre tu infancia que te sabes de memoria en versión de tu mamá o de tu abuela, creo que si quisiera recordar mi propia versión, no podría. Así pues, junto a las anécdotas de aparecidos y fantasmas o las travesuras de la infancia, la anécdota de Agosto es la de La Bajada, que es como se conoce popularmente a la procesión de la transfiguración de El Salvador del Mundo, alias El Colocho, de quien una vez al año se recuerda que es el santo patrono de nuestro país y se le agradecen las vacaciones de agosto que esta vez, en el mundo del apocalipsis post moderno, han pasado más descoloridas que la taltuza desteñida de horror de Don Sagatara.
En fin, que mi mamá y mi tía iban siempre a La Bajada, siempre, siempre, desde hace millones de años... y cuando mi prima y yo, que nos llevamos una semana de diferencia, nacimos a principios de ese año, pues ni modo que se frustrara la salida, así que a pesar de las protestas de mi abuela, ellas arreglaron a nosotras y las maletas, porque cuando andas con un bebé las maletas se multiplican por generación espontánea, a la hermana mayor de mi prima que contaría con unos tres años y en medio de las protestas de mi abuela, subieron a un autobús atestado de quienes desde temprano se encaminaban al centro para ver La Bajada desde los diferentes puntos en edificios, calles, aceras y postes del alumbrado público en los que uno puede acomodarse entre la Basílica del Sagrado Corazón y la Catedral Metropolitana en el Centro de San Salvador, entre cientos de cuerpos de todas las formas, tamaños y olores, regueros de basura, borrachos, ventas de chucherías callejeras, policías, perros callejeros, comida insalubre, sabrosa y barata como toda la comida callejera salvadoreña  y la típica amenaza de lluvia.
Y acá hay tres versiones diferentes, dependiendo de si lo cuenta mi mamá, mi tía o mi abuela, sin embargo no importa cuál escuchés, la frase de inicio siempre será igual: "Y las bajadas fuimos nosotras..." Porque en este país, desde tiempos inmemoriales, los autobuses para el transporte de pasajeros obtienen cero mantenimiento de los empresarios, andan casi por milagro y las más de veces, como en esa ocasión, sin frenos, así que mucho antes de llegar al Centro el dichoso bus volcó, mi pobre prima casi fue aplastada por una marea humana y yo tuve la fortuna de salir disparada debajo de un asiento, sin siquiera interrumpir mi siesta, aunque pasé de mano en mano entre los pasajeros heridos y magullados, hasta que alguien me sacó por una de las ventanillas y así en vez de tamales y café para  los funerales, tuvimos una anécdota que se cuenta en cada ocasión posible.
Hoy en la mañana, mientras escuchaba a mi madre y mi tía hablar por teléfono para contarse la anécdota una a la otra por millonésima vez para conmemorar La Bajada, sonreí pensando en la frase con la que mi abuela cerraba el cuento aunque alguien más lo estuviera contando: "Ya ven, por no hacerme caso" y pensé que El Colocho debe estar bastante aburrido ya de estar tan encerrado y solitario en Catedral.

miércoles, julio 15, 2020

Otro adiós

Era 1997 y yo estaba saliendo de ese laberinto que son las tesis en la UES, a medio camino entre ordenar los resultados de mi investigación sobre plantas medicinales o tener un soponcio nervioso y justo cuando la beca con la que pude cursar mis estudios universitarios estaba a punto de expirar, por uno de esos milagros que ocurren cuando buenas personas se cruzan en tu camino, llegué a mi primer trabajo formal de medio tiempo, como investigadora etno botánica de una asociación que hasta hace poco desconocía.
Conocí la Asociación de Promotores Comunales Salvadoreños, Aprocsal, un par de años antes, cuando varios biólogos de mi generación íbamos a realizar nuestras tesis en el área de plantas medicinales, la idea era validar con un soporte científico los usos tradicionales más comunes de las plantas medicinales en nuestro país, con la idea de crear un marco normativo para el uso de plantas medicinales como una opción más dentro del sistema de salud nacional, un sueño que hasta el momento se sigue soñando.
Yo recién iniciaba mi experiencia laboral en proyectos puntuales con asociaciones en el ámbito de las tecnologías apropiadas y el desarrollo comunitario, ser parte formal de un equipo de investigación me entusiasmaba tanto como me asustaba y con esa cara fue que conocí a Margarita Posada, desde entonces Directora Ejecutiva de Aprocsal. No soy muy hábil en ambientes nuevos y me gana mi timidez, contando con que en ese entonces llevaba apenas un año en el Taller de Teatro Universitario de la UES, así que tampoco es que pudiera disimular mucho mi susto. Ella debió darse cuenta enseguida, porque sonrió quitándole todo apuro al asunto de una primera reunión de trabajo y poniéndome una mano en el hombro, me dijo:
- No te preocupés, todos somos nuevos en esto pero vamos a ir aprendiendo, hay que hacer lo mejor que podamos porque esto es una gran oportunidad, esto va a ser de beneficio para mucha gente.
Y con ese mismo gesto de confianza, me indicó que me uniera al coordinador del equipo, para que me explicara en detalle lo referente al equipo.
En una sola frase, aquella mujer que acababa de conocer y que ahora era mi jefa, me puso al tanto de que no estaba en un ambiente hostil, que había confianza pero que el trabajo era serio. Esa primera impresión me dio la seguridad para hacer mi trabajo y se lo agradecí mucho.
Trabajé un año en ese equipo de investigación, durante ese año pude conocer muchas comunidades del interior de El Salvador, así como reasentamientos organizados entre el final del conflicto y la firma de los Acuerdos de Paz, recolectamos e identificamos varias especies y documentamos lo usos que las comunidades les daban.
Aprendí mucho de Cristóbal, el coordinador del equipo y de Margarita, no por lo que me dijeran, sino al ver y vivenciar su compromiso hacia las comunidades con las que trabajamos y lo incansables que se volvían cuando era necesario y aunque se tomaba muy en serio el trabajo, se creaba también un ambiente de fraternidad para realizarlo, la intención era siempre ayudar a aliviar la precaria situación de salud que es cotidiana para muchas comunidades.
El proyecto terminó en 1998 y en lugar de buscar uno nuevo, decidí dejar por unos años la ciencia para asumir el teatro a tiempo completo, pero esa es otra historia.
El giro en mi vida me llevó lejos de estas personas, es una lástima que no conserve ninguna fotografía de ese tiempo, pero siempre tenía noticias de Margarita Posada, incansable, como decimos acá: "siempre al pie del cañón", en los esfuerzos del  Foro Nacional de Salud o de la Alianza Nacional Contra la Privatización del Agua, que siguen luchando por estos derechos básicos de todos. La veía en las noticias que me llegaban siempre determinada y seria en los momentos en que había que confrontar, siempre con esa energía de confianza y camaradería con su gente.
Por eso fue impactante enterarme de su muerte hace un par de días, sobre todo porque evidencia como en muchos otros casos que han quedado en la sombra, el caos en un sistema de salud colapsado por las decisiones que se han tomado con más interés de rédito político, que de la conservación de la salud y la vida de la población. Entristece esto, pero tal como lo hizo durante su vida, Margarita sigue inspirando esa lucha tan necesaria por un sistema de salud que más allá del discurso, se preocupe en verdad por  una atención digna a quienes en verdad lo necesitan.

martes, julio 07, 2020

Eliminar lo imposible

«Cuando se ha eliminado lo imposible, lo que queda, por improbable que sea, debe ser la verdad» A. C. Doyle.-

En el ininterrumpido despiste tempo-espacial que cotidianamente habito, reconozco que no recuerdo si esta frase se la escuché primero a Mr. Spock o se la leí primero a Mr. Holmes. Sí recuerdo que debía tener unos diez años o algo así y mi Tía Menche llevó nuevos libros a su biblioteca casera, cuando nuestras casas estaban conectadas por el patio y yo iba regularmente a rondar sus libros. 
Fue entonces que aparecieron esos volúmenes nuevos, unas doscientas cincuenta páginas cada uno, dos, tamaño carta, interior de papel de empaque y exterior de cartoncillo brillante, ilustrados a color, con letra grande, el título de "Aventuras de Sherlock Holmes" y el subtítulo: Biblioteca Juvenil. En ellos, un ex militar que había estado en lugares lejanos y exóticos compartía sus habitaciones (lo decía así: sus habitaciones) en el 221B de Baker Street en un lugar extrañísimo llamado Londres, donde siempre o había neblina o estaba lloviendo, con un detective aficionado al violín y que de tanto en tanto fumaba una pipa, recordar que era una edición para jóvenes menores de dieciocho años por favor.
Sin embargo, algo de las adicciones no mencionadas de Holmes habría calado, pues no pude soltar los libros hasta que los terminé creo que en una semana o algo así; hacía la tarea casi en automático, por esa manía mía de hacer las cosas en cierto orden y luego corría a buscar los libros que me habían abducido por completo y leía hasta que muy a mi pesar algún adulto me obligaba a cenar, ver tele o socializar con los chicos que jugaban en el pasaje.
Los libros nuevos son siempre una maravilla, pero estos me enseñaban palabras apasionantes que no conocía: método científico, deducción, lógica, abducción, criptografía, análisis de escritura... ¿En serio podías saber cómo era alguien con solo ver su letra? Además del atractivo de un crimen a resolver, un criminal a atrapar utilizando los métodos e instrumentos de la ciencia y la superior inteligencia del Señor Holmes, sospecho que mi creencia de que lo inteligente es sexy debe haberse desarrollado ahí. Cada historia me volaba la cabeza, bueno, obviamente lo amé y todavía me entusiasma recordarlo porque fue una de las tantas cosas que me llevó a escribir narrativa, nada como contar una buena historia. 
Los libros fueron leídos un par de veces y una vez que terminé no pude parar, siguiendo  a lo largo de los años una línea de migas que me llevó al detective Dupin y los crímenes de la Rue Morgue, la señora Christie y sus ambientes, el género negro por un lado y por otro el sci-fi con los viajes espaciales, las leyes de la robótica, los enlaces químicos y la física cuántica, La Serie de la Fundación y el terror del mundo futuro... para cuando volví a levantar la cabeza de los libros, estaba por tomar un bachillerato en ciencias para poder continuar con eso en la universidad.
Doyle y sus personajes me mostraron la maravilla del pensamiento lógico y el método científico y lo apasionante de seguir una línea de pensamiento para explicar hechos que en un primer momento parecen increíbles y como muchos autores, me proporcionó un lugar seguro hacia donde evadirme cunado la realidad parece insoportable. 
El finde recién pasado, en estos findes de confinamiento donde hay tiempo y espacio para curiosear por la televisión, me encontré con una adaptación a serie de la BBC sobre el mítico Sr. Holmes que ya había visto por encima pero que me resistía a ver por temor a que hubieran hecho cualquier cosa con el texto como a veces sucede en el medio visual, sin embargo para mi sorpresa, estaba tan bien resuelta, que reconocí de nuevo el placer de los libros de mi infancia.
Sir Arthur Ignatius Conan Doyle cumple este día, 7 de julio de 2020,  noventa años de su trascendencia a la Historia y por eso quise agradecerle a él, a Sherlock Holmes y al doctor Watson por ser tan buena compañía durante este viaje.