aprendido que a veces, a despecho mío, no son programables y atienden su propio ritmo.
domingo, enero 01, 2023
La última y nos vamos
aprendido que a veces, a despecho mío, no son programables y atienden su propio ritmo.
miércoles, diciembre 07, 2022
Crónicas del País de las Maravillas. La Puerta
Ha caído la noche y el atestado coche ruge y crepita mientras sale del atasco y comienza a subir la pendiente. El Gato Risón conduce sin sonrisa y empujando con voz ronca a los rostros unos contra otros, mientras los empalma en tres filas. El rostro cansado de Alicia se asoma por la ventanilla y entre las ralas luces navideñas ve una larga fila de Cartas de Picas, docenas de Cartas de Picas haciendo guardia al coche en doble hilera desde el pie de la pendiente hasta la Puerta Negra, pero no la que está cerrada y remachada, sino la mismísima entrada a Mordor.
Alicia suspira. Si ella viviera en el País de la Tv sonreiría feliz, segura y sobre todo descansada, mientras decenas de palomas surcaran el cielo tomándose selfies filtradas, pero vive en el País de las Maravillas y el coche lleno de rostros hartos está llegando a la Puerta Negra. La fila de Cartas de Picas cierra el paso y seis cartas con cara amenazante rodean el coche, todos tratan de no parecer sospechosos pero es difícil, si vives en Mordor eres siempre sospechoso y si eres habitante de la Puerta Negra de seguro serás culpable, culpable de vivir en tal lugar, así que simplemente esperan que este día no les toque llenar cuota.
El As de Picas hace un gesto y Alicia mira un menudo Conejo Blanco con un tatuaje tribal en su oreja, nervioso como todos los conejos, desprenderse de la puerta del coche y de un certero empujón llegar a la pared de enfrente donde se extiende como una estrella de mar. Un par de conejos más siguen la misma ruta, sus bolsas son tiradas a la acera mientras los rostros dentro del coche tuercen las bocas con amargura, desvían la mirada como si vieran algo obsceno y murmuran su enfado muy, pero muy bajito, no sea que la suerte les abandone.
Una de las Cartas de Picas, menuda y cansada igual que los conejos, tan parecida que podría confundirse con ellos, toma algunas fotos antes de dejar que vuelvan al coche. Los conejos y los rostros evitan mirarse. El coche está pegajoso de miedo y vergüenza y le cuesta arrancar, mientras el Gato Risón sin sonrisa masculla sobre cómo hace dos meses le mataron un primo que no debía nada.
- Ni hace falta deber nada, si entra ya no sale - Remata.
Nadie responde. Alicia se asoma nuevamente a la ventanilla. El coche lleno de rostros silenciosos, ruge y crepita, internándose en Mordor y en la oscuridad, entre una interminable hilera de Cartas de Picas.
viernes, noviembre 18, 2022
La búsqueda
Mi jornada de escritura es nocturna o muy temprano a la mañana. En cualquier caso, que aún no haya comenzado la vida doméstica y el trabajo que paga las facturas, o que ya hayan finalizado y pueda encontrar un espacio de calma, una habitación propia en mi cabeza para darle vuelta a las palabras.
Así pues, son las diez treinta de la noche, los vecinos hablan de sus decisiones de vida en los escalones del edificio. Si piensas que las redes terminaron con la privacidad, deberías vivir en un apartamento de cualquier colonia dormitorio en Soyapango, alias Mordor.
Trato de ignorar a los vecinos y continúo dando vueltas a las palabras en mi cabeza. Ellas tienen su propio ritmo, su música interna, sus filias y enemistades mortales... A veces puedes poner juntas dos palabras que creías irreconciliables y hay otras que no pueden ni verse.
O piensas que hay una palabra que quedaría muy bien enmedio de esa frase y cuando la ves ya ahí, toda peripuesta, no sabes ni cómo decirle que salga, que está haciendo el ridículo.
Tenía esta palabra que se escondía y enviaba a todos sus sinónimos con tal de no dejarse ver. Quise mostrarle mi buena voluntad y los probé a todos, sinónimo que me enviaba, sinónimo que yo hacía pasar y acomodarse en mi verso, pero no había modo, no sonaba como yo quería que lo hiciera y seguía buscando la escurridiza palabra.
Talvez no era cosa de la palabra, era cosa mía que aún no sabía nombrar ese algo que quería que se moviera dentro del lector, esa cuerda, no sabía aún qué nota era la que deseaba escuchar cuando leyera ese verso.
Desesperaba porque eran casi las once, por un lado me caía de sueño y por otro me preocupaba convertirme en calabaza si llegaba en ese trance a las doce.
El vecino se arrepentía de su infidelidad consuetudinaria y en lugar de suscitar la compasión que buscaba, daban ganas de decirle: ¡Pues ya no lo hagas y santo remedio! Pero no podía distraerme, había que encontrar la dichosa palabra.
Casi eran las once cuando supe cuál era la nota que quería escuchar, sabía que era la imagen pero de nuevo acudió un tumulto de sinónimos arteros. Suspiré impaciente y al llegar otro de esos sinónimos no lo invité a la frase, lo mandé directamente al buscador y se desplegó ante mis ojos un listado de palabras dónde seguramente tendría que estar la que había logrado escaparse hasta el momento.
Y allí estaba la dichosa palabra, impaciente, la tomé sin protocolos y la coloqué de una en el verso, dónde se ajustó como si allí perteneciera desde el origen de los tiempos. Me froté los ojos hambrientos de sueño y leí todo de nuevo. Era perfecto ahora y bostezando, guardé el documento y deambulé satisfecha hacia mi cama, mientras el vecino se lamentaba de lo efímero de sus amores.
miércoles, mayo 25, 2022
Tor Dif smusma je
Mi primer pieza de narrativa seria, mecanografiada a los catorce años en mi querida Olimpus celeste portátil, escondida bajo el colchón y perdida en alguno de mis traslados de casa, fue un fanfic sobre los Transformers, la serie animada clásica sin CGI, donde me flipó por primera vez el novedoso tema de la inter conexión de computadoras; claro que este escrito no tenía aspiraciones a ser considerado canon ni en esta ni en cualquier otra realidad alterna y era consecuencia lógica de toda una infancia de afición por la literatura y las series de ciencia ficción, desde Julio Verne hasta Star Trek TOS, pasando por maratónicas sesiones de cine en permanencia voluntaria, con Superman y Star Wars, condición que me llevaba a preferir los zafarranchos de Mazinger contra cualquier bestia mecánica a Candy, fascinarme con los libros de Biología y preguntarme ante cualquier situación confusa: ¿Qué haría el Sr. Spock?
Con los años, ser friki pasó de una condición vergonzosa por la que se reían de tu persona, a ser una moda más dentro de la cual poder camuflar tu rareza sin culpa, teniendo que soportar la trivialización e incluso la tergiversación de alguna novela o comic a manos de algún guionista desprevenido, pero obteniendo a cambio la licencia de murmurar "¡Accio!" extendiendo la mano por toda la casa cuando se te ha perdido algo, hacer el saludo vulcano en público o colgar tu versión vulcana en la pared de tu cuarto, a propósito, la caricatura es obra de mi talentosa amiga y artista plástica salvadoreña Edith Hernández.
De modo que tener un 25 de mayo donde se juntan Star Wars, el Día de la Toalla y la tortuga galáctica de Pratchett es bienvenido y me sirve de excusa para re visitar a mi dilectos, cada año conmemoro la fecha haciendo cosas diferentes: leer todo lo de Tolkien o Harry Potter, Asimov, Bradbury, Anne Rice, Mary Shelley, Las Leyes de Adquisición Ferengis, filosofía vulcana o Los Juegos del Hambre, ver en orden cronológico Star Trek (tengo problemas para darle continuidad a lo nuevo de la franquicia), Star Wars, el UCM o Blak Mirror (y luego me deprimo, pero ya qué...).
La mitad de mi afición es escapismo claro, pero la otra mitad es esperanza. Aún en las peores distopías orwellianas, se puede ver el retrato del fascinante espíritu humano. Yo, sin embargo procuro mantener la esperanza a flote y me decanto por lo trekkie, porque me gusta creer que la humanidad podrá pasar los oscuros años de las guerras eugenésicas y el abuso tecnológico de mediados del siglo XXI para formar una sociedad laica respetuosa de las diferentes identidades de género, culturales y filosóficas de sus ciudadanos, donde cada ser humano puede desarrollar sus talentos individuales para el beneficio colectivo y su plenitud personal, usando sabiamente la tecnología y donde claro, los capitanes de las naves estelares citan a Shakespeare, la gente se entretiene haciendo o disfrutando arte y las tripulaciones multi culturales, son capitaneadas por mujeres y primeros oficiales de culturas ancestrales.
Sin embargo este año dejaré los terrenos conocidos y me tomaré el tiempo de conocer a George R.R. Martin, ya que un buen amigo me lo presentó hace rato pero no me había dado el tiempo de adentrarme en las tierras del Norte, a ver qué tal me va ahora que el invierno se acerca. Ya les contaré, mientras tanto ¡Feliz Día del Orgullo Friki! ¡Tor Dif smusma je! ¡Q´apla! y que la suerte siempre esté de su lado.
miércoles, diciembre 09, 2020
Crónicas del regreso. 24/7 o el vicio del anacronismo
Conectados e interconectados, hipertextuales y multitask, sobrecargados y sin un segundo de silencio, la infinidad de esos apéndices de las pantallas, que aún suelen nombrarse como humanos, vegetan en su continuum, levantando ocasionalmente la cabeza, como no entienden lo que ven, vuelven a clavar la mirada en la pantalla y así... veinticuatro, siete, trescientos sesenta y cinco y si se puede uno más en años bisiestos o en la imaginación de quien anhela otro lunes en la semana.
Para mí, que irresponsablemente conservo el anacronismo como vicio y con el agravio de no mostrar culpa al respecto, es demasiado cansado y no puedo concentrarme en ello. Se me va la vista de la pantalla hacia el cielo, o hacia la persona que frente a mí o en la mesa lejos de la mía, cumple como buen ciudadano con el ritual de conexión a la super inteligencia, pero esa no es la confesión más aberrante de esta serie de escandalosos hechos: por lo general tampoco contesto inmediatamente ningún mensaje, pues tengo algunas costumbres extrañas que me lo impiden, como por ejemplo revisar mi celular tres veces al día en horarios para ello, o silenciarlo y guardarlo después de las ocho de la noche, o apagarlo los domingos... ese tipo de cosas que le pone los pelos de punta al prójimo... ya había advertido al principio del párrafo que admito mi irresponsabilidad social con la eterna conexión 24/7 en la que el ciudadano debe sumergirse con la beatífica sonrisa que produce el saberse parte anodina y totalmente intercambiable.
No es que me muera por interactuar en vivo y carne palpitante con la mayoría de mis congéneres... cuento con detalle a cada una de las pocas personas con las que puedo sostener una conversación inteligente e interesante por más de cinco minutos, lejos de los lugares comunes atiborrados de auto complacencia o fanatismo de hincha dominguero de cualquier denominación, vale decir que estas son también las personas con las que disfruto de las charlas virtuales, con agradecimientos incluidos y de corazón porque no escriben frases ininteligibles, intercalan minúsculas y mayúsculas o finalizan las oraciones con cosas como bb o prinzesa, que como información general, me provoca el inmediato e inflexible deseo de bloquear inmediatamente al emisor.
El tema es que necesito silencio. Vivo en un edificio de apartamentos en una ciudad que coloquialmente es llamada Soyapánico, comparto el apartamento con otras tres personas y dos mascotas y el edificio con otras siete familias a cual más ruidosa y con equipos de sonido a todo volumen cuya programación oscila entre la amenazante voz de los pastores o la voz tuneada de los reguetoneros, si a eso le sumamos mi permanente ruido interior, saquen cuentas... Una de mis diversiones favoritas de domingo es levantarme más temprano que el resto de los habitantes del edificio y disfrutar de un par de horas viendo las repeticiones de alguna de mis series de sci fi favoritas, con el televisor en absoluto silencio.
De modo que supongo que mi aversión a sumergirme permanentemente en el mar virtual es más que nada aversión al ruido constante, el único problema de ello es que la realidad actual es ruido constante y a todo lo que dé el volumen, pues al parecer el que grita más es el que tiene la razón, o como dice el querido amigo y narrador salvadoreño Armando Molina: estamos rodeados de vociferantes.
¿Y a qué viene todo esto, aquí y ahora en la Gaticueva?... Tal vez sea producto de un airado reclamo que recibo de una conocida a quien tardé una hora en responder un mensaje personal, o a que cada vez que me preguntan por los últimos chismes de facebú, casi que me los invento con tal de no parecer desconectada, o simplemente necesitaba algo nuevo para las crónicas del regreso, vaya usted a saber y téngame paciencia, con seguridad contestaré a su mensaje, wapp o correo, antes de 24 horas... a menos que me escriba en día domingo por supuesto.
miércoles, noviembre 18, 2020
Crónicas del Regreso. La vida virtual
Esa fue la última semana:





