lunes, mayo 09, 2016

Las mamás

Mañana, en El Salvador, es día de las madres.
En La Gaticueva regularmente hay un post por el día de las madres en estas fechas: las madres que trabajan en pésimas condiciones, la falta de protección en que viven las madres artistas, lo invisible del trabajo reproductivo llevado por las madres, la necesidad de la responsabilidad paterna, la publicidad que explota a las madres... en fin... valga el comercial, los pueden ver pululando por aquí.
Hoy, sin embargo, no se me antojó para nada quejarme sobre el día de las madres, que, valga la infidencia, es el cumpleaños de mi madre. Bajé las armas... quizás porque me acordé de una de esas ciber conversa-garabato con Francisco, hace un millón de años, donde me decía que él compartía la respuesta de las misses a las que les preguntaban que a qué personaje admiraban más y ellas contestaban: a mi mamá.
Yo también la comparto, esa y aquello de pedir la paz mundial, que es uno de mis tres deseos: una sala de teatro propia, un marido rico y con pisto y la paz mundial... utópica, naif y políticamente incorrecta que es una. Así que acordándome  de eso, decidí dedicarle este post a las mamás que admiro.
Por supuesto que a mi mamá y no solo por haber sido madre soltera de dos chicas que son como para quedarse calva jalándose los cabellos, sino por habernos dado espacio y medios para materializar sueños sin perecer en el intento, por vivir como ha elegido hacerlo en cada momento, por todos los chiquillos que pasaron por su aula de maestra y sicóloga y entre otras muchas cosas, por aquella frase inolvidable cuando le preguntamos qué quería hacer en su cumpleaños número sesenta: "Pero va a tener que ser otro día, porque en mi cumpleaños me voy a vagar y  a saber a qué horas regreso" y acto seguido, partió con rumbo desconocido en compañía de mi padrastro.
O a mi tía Menche, mamá soltera también y trabajadora incansable de su comunidad, donde no se precisa ni tener la dirección, usted pregunta por la niña Merceditas y cualquiera le dice dónde es, porque cualquiera ha ido allí por comida, medicina, catequesis, ayuda material o espiritual, nuégados de yuca o lo que se le ocurra... y no es que a ella le sobre, al contario, como no le alcanza su pensión, vende zapatos al crédito, y la gente no siempre es buena paga, pero eso no le ha impedido trabajar en la comunidad o estudiar teología en la Uca y tener una generosidad, energía y fuerza de super heroína.
Y claro, mi abuela, la Mamá Grande del clan, a la que le bastaba una sola mirada para poner orden y concierto, yo lo he intentado, pero no sé cómo ella lo hacía. Hay mucha cosas que podía hacer la abuela que yo no sé: darle de comer a diez personas con dos pesos, salir a vender miel, poner en juicio al abuelo, tíos, nietos y bisnietos, ordenar la dieta de las parturientas y los remedios de los recién nacidos, ayudarle al abuelo a curar los males de ojo y las molleras caídas, hacer los rezos y levantar las cruces por los muertos propios y extraños, saber los nombres, vida y obra de toda la familia y opinar certeramente sobre cualquier problema.
Pero quedría incompleta la lista sin las tías y tías abuelas mamás que pueblan las historias del clan. Y hay que incluir también a mis mamás del círculo de mujeres Nahuixochitl, donde me he pegado los rotos y remendado los descosidos, he aprendido a ser un poquitillo más sabia y menos miedosa. A mis hermanas de sangre y de vida, que son mamás de hijas e hijos propios y ajenos: la Cris Cris, Ana Li, Miriolt y la Rubi, qué sería la vida sin un cafecito y conversa de cuando en vez. Para las mamás de la Cofradía de las Oblatas del Divino Ósculo, con las que somos mamás de versos e inventos. O a las mamás de películas, obras, libros, clases... proyectos bellos que son inspiración cuando me desanimo: Amparo, Pame, Tere, la Mercy y la Pao, que con sus compañeras acaban de ser mamás de un genial proyecto sobre las mamás de las guindas de la guerra. 
Qué sería de la vida y los inventos, de los sueños y los proyectos sin las mamás que me han rodeado desde siempre para abrazarme, para regañarme, para sonsacarme, para limpiarme los raspones y los mocos, para reírse conmigo y regar la bilis cuando es mucha la cólera, para arroparme y para decirme que todo va a estar bien. Así que felices días y días, para todas ellas y las que se me hayan quedado en el tintero, que me han llenado de alegría mientras escribo.

lunes, mayo 02, 2016

Confesiones de esta máscara


"Las emociones, en efecto, no siguen un orden fijo.
Antes bien y al igual que las partículas del éter,
prefieren revolotear con libertad y flotar
eternamente trémulas y cambiantes"

Y. Mishima
Confesiones de una máscara




Salgo de la oficina con la misma prisa que de pequeña salía de la escuela, apurándome todo lo posible para llegar a ver Mazinger Z. Pero ahora no voy a ver tele. 
En el micro, milagrosamente encuentro un asiento e inmediatamente saco la novela policíaca que estoy leyendo, cortesía de uno de mis dealers literarios que sabe de mis debilidades más oscuras, como mi vicio por las novelas policíacas, por ejemplo. Tardo el doble leyendo en inglés que cuando leo en español, pero vale la pena cada página: una detective salvadoreña en Nashville, a cargo de un caso donde el principal sospechoso es un guatemalteco liado con el narcotráfico, según la policía de Atlanta.
En la radio milagrosamente no suena regetón, Carlos Vives canta "La tierra del olvido" y yo levanto la cara del libro para que una sonrisa me llene el rostro, mientras mi pensamiento se tele transporta a los 41°23'20” de latitud Norte  y 02°09'32” de longitud Este sin razón aparente, debe ser por esa frase que dice: "como me mueves el alma, como me quitas el sueño, como me robas la calma..."
¡Al fin en casa! Dejo las mil y un cosas que llevo encima, me cambio la camisa, tomo la laptop y salgo corriendo al taller, tendré un par de horas para trabajar sobre mi máscara.
Ayer por la tarde el taller estaba lleno de música, de bromas y gente yendo  y viniendo, pegando cosas, taladrando, pintando. Hoy el espacio vacío me espera, con la máscara seca en la mesa. Pongo la lista de música, desde Héroes del Silencio hasta M. Maisky, desde Soda Estereo hasta Pat Metheny... hundo los dedos en la masilla, es como el barro, un barro seco y blanco que extiendo con delicadeza sobre el papel, luego me mojo los dedos, solo un poco, lo suficiente para que deslicen con ternura, mientras acaricio la masilla para alisarla. 
Poco a poco la máscara va siendo un mundo blanco, es decir, silencioso. Las máscaras en blanco siempre me han parecido impregnadas  de silencio, dispuestas a escuchar lo que les digas luego, cuando tomes los pinceles y el color. Dejo la máscara quieta y silenciosa. Me lavo las manos mientras el cello de Maisky deja morir la suite no. 1 de Bach. Mientras me limpio los ojos, pienso que esa cosa siempre me hace llorar, algún día voy a tener que ponerla en escena con algo.
Tomo el agua y disuelvo el pegamento blanco, con las manos, la única forma de saber si está en su punto es hacerlo con las manos. Siento las viscosidad del pegamento aguado, navegando entre los dedos como un pez extraño. Está en su punto ahora. Pongo la última capa de papel en nuestro árbol mientras Bunbury canta "Con nombre de guerra". Las puntas de los dedos colocan el papel y luego las manos viajan sobre él alisándolo. 
Tacto y sonido. Milagrosamente la multitud de voces que  me habitan guardan silencio. No hay ruido en mi cabeza. Respiro. Toco. Escucho. todo es perfecto, en paz.


lunes, abril 25, 2016

Espacio y silencio

Dos cosas que aprecio en mi rutina cotidiana: espacio y silencio.
Cuando perdimos nuestro local, tuvimos que alquilar un departamento cerca de casa, porque con la cantidad de tiliches que juntamos en diez años, no nos bastaría alquilar un cuarto. Así ha quedado instalada nuestra bodega y taller en uno de los apartamentos de segundo piso de esta colonia obrera, donde los vecinos nos miran con curiosidad cada vez que entramos y salimos llevando cosas y vestidos.
Luego de la jornada de trabajo diaria y de las dos horas que ahora me tardo en llegar a la casa, con el reordenamiento del tráfico en el centro, luego de saludar a mi madre y ponerme, por intermedio suyo, al corriente de la vida ajena de vecinos que no logro identificar, luego de cambiarme la camisa y comer rápidamente algo, subo a nuestra bodega.
El molde en plastilina de la máscara para nuestra nueva producción está listo para el paso siguiente. Abro las ventanas, acomodo el molde, el papel, el pegamento, los pinceles y palillos y me pongo a trabajar, hace un calor  de infierno, así que abro la puerta también, justo quedo enfrente de ella. Los vecinos que pasan, lo hacen con paso lento y alargando el cuello para ver qué cosa rara estaremos haciendo ahora, este grupo de hippies peludos que tienen un huerto en su mini patio, donde se escucha una guitarra eléctrica un día si y otro también, donde la chica loca canta mantras a las cinco de la mañana y donde llega gente rara los fines de semana.
Empapelar, pintar, cortar, ensamblar títeres, hacer este nuestro teatro hecho a mano, que se hace con paciencia y cariño, me produce placer. Nada se compara a esta sensación de estar llenita y contenta con el trabajo de nuestras manos, de nuestro espíritu y nuestra imaginación.
Así pues, me pongo a cantar, una de Fito para estar bien acompañada.
Trozo tras trozo de papel en la primera capa que tiene que quedar compacta, sin bordes ni burbujas. Parece que me he descuidado, de pronto oigo la voz de mi maestro de títeres: quite eso, está mal hecho, si lo deja así desde el principio queda chambón y después de todos modos lo va a tener que repetir, o como decía mi abuela: el haragán y el mezquino, recorren dos veces el camino. Levanto los trozos de papel mal colocados y  vuelvo con concentración al mismo espacio, esta vez está impecable, sonrío y sigo cantando.
De pronto me siento observada y saco la cabeza del trabajo, literal y metafóricamente. Hay tres chiquillos, las dos chicas están sentadas en la puerta y el chico, un poco más grande que ellas, está de pie, apoyado en el marco.
- ¿Y questa haciendo?
- Una máscara
- ¿Y eso ques?
- Papel
- ¿Y eso?
- Pega
- ¿Y de papel lace?
- Si vos - dice una de las chiquillas - ¿que no ves?
- ¿Y se deshace? - dice la otra, sin darle mucho crédito a una máscara de papel.
- No, porque se le pone bastante y después se le pone masilla y se pinta y queda bien bonita
- ¿Y cuándo la va a terminar? ¿mañana?
- El jueves quizás
- ¿Y la va a enseñar?
- Si vienen se las enseño

Meto de nuevo la cabeza en el trabajo y canto más bajito, en atención al público.
- ¿Y porqué canta?
- Porque estoy feliz
- ahhh...
- ¿Vos no cantás cuando estás feliz?
- Yo canto en el kínder - dice una de las chiquillas
- ¿Y qué cantás?

Ella toma aire y canta a los gritos:
- El lunes, el martes y el miércoles Señor, la gente trabaja para vivir mejor, el jueves y el viernes también a trabajar y el sábado y domingo son para descansar. 
- Y el domingo vamo ja liglesia - dice la otra chiquilla.

A lo lejos, se escucha la sirena de mamá
- Miiicheeeeeellll...
- Tiablan vos

La mamá habla en esterefónico:
- Yes noche Michel, entráte
- A pues salú, ya me voy
- Ya los vamos
- Vámolos

Y salen corriendo. Yo regreso a mi mundo de papel maché. El vecino, que recién llega del trabajo, habla de una oferta de celular, mientras pone regetón a todo volumen. Me aseguro de dejar terminada la segunda capa y huyo. El tiempo y espacio se terminaron por hoy. 

martes, abril 19, 2016

Atrapasueños

Sábado. A la caída de la tarde, los almendros de río pasan a toda velocidad a lo largo de la carretera, ellos corren, como nosotros, silenciosos luego de la presentación. Apoyo la cabeza en el vidrio y me dejo invadir por la modorra del viaje. Cierro los ojos.
En medio de la claridad de la mañana, Jorge canta esos cantos hermosos y antiguos de las tribus del norte de América, el aromático humo de estas hojas que no había visto antes de hoy, llena el espacio entre nosotros y él me rocía agua, la abuelita agua, dice, yo sostengo el manojo de plumas multicolores, alegres y livianas como los espíritus de todas las cosas, pedimos por que las cosas buenas lleguen, porque los sueños se cumplan. Yo pido en silencio por su sueño, por el de Jorge, porque es un buen sueño crear un lugar donde los niños puedan aprender a amar a la tierra y a la poesía.
Abro los ojos y la carretera sigue allí, incansable. A lo lejos una enorme ceiba presume sus hojas nuevas y extiende los brazos como si pudiera abarcarlo todo en ellos, todo el azul que se va tiñendo de naranjas y lilas al fondo, como chispas. El abuelo fuego, pienso, y sonrío mientras cierro los ojos.
Los actores del Tiet, en el escenario, dan cuenta del retiro forzoso de El Quijote. Uno de ellos dice: "y como todos están inmunizados, ya nadie cree en esto de correr aventuras"... en la fila atrás de mí, un chiquillo de cinco años se levanta de su butaca y dice fuerte y claro: "¡yo si! ¡yo si creo, yo creo!". Una sonrisa me invade el rostro porque yo también creo. Y cuando los cuentacuentos deciden ir a rescatar al Quijote del asilo, los chicos en la sala lo celebran y uno más pequeño le pregunta ansioso a su mamá: "¿Y se salva?". "Si, que no ves que ya lo van a salvar, para allá van". Las mamás siempre saben qué contestar. 
Luego, la profesora nos pide una foto con los chiquillos, es la primera vez que ven teatro y nos preguntan lo que siempre nos preguntan: ¿Y van a venir mañana?.
Abro los ojos. A las últimas chispas de luz las barre el viento, a la tierra la invade la oscuridad y a la carretera, rápidos faroles que corren desesperados. Las carreteras son tan largas. El grupo dormita abrigado de cansancio y de sueños que se van cumpliendo por gotitas.
Por la ventana veo la oscuridad y tomo con dos dedos el atrapasueños que llevo al cuello. Lo compró en ese changarrito de antiguedades a la vuelta del Teatro Nacional. "Escogé uno", me dijo y tomé este: verde, amarillo y rojo. Lo llevo siempre, igual que siempre nos las arreglamos para acompañamos a ocho horas de diferencia. El, soñador igual que yo, tenía también presentación hoy, allá al otro lado del charco. Sonrío pensando en que seguramente le habrá ido bien, le escribiré a la mañana. Me  llevo el atrapasueños a los labios y lo beso, como hago siempre que tengo ganas de besarlo a él y pienso que ya pronto será el próximo abrazo, seis meses, un parpadeo.
Cierro los ojos y la sonrisa se queda, igual que los sueños, abrigadita en el alma.

lunes, abril 11, 2016

Contadores de historias

Foto de josealejandronerio.blogspot
Mi amiga Ani, un par de años menor que yo, escuchaba boquiabierta, mientras viajábamos en el bus de regreso de la escuela, acaloradas por nuestro gruesos uniformes celestes de la escuela pública donde íbamos, en una colonia a la que hoy la policía teme entrar. Era una de las tantas historias que yo le inventaba: que si en el predio donde íbamos a jugar había una puerta secreta para un mundo de hadas, de la cual por supuesto, yo tenía la llave; que si la imagen de la tortuga, en esa fábrica de discos que ya no existe a la entrada de Soyapango, me contaba siempre de sus aventuras de pirata, aventuras que como no, yo era la única capaz de traducir... ni siquiera recuerdo de qué iba la historia que estaba contando, pero Ani estaba tan metida en ella, que me dió un poco de culpa, creí que debía ser sincera  y decirle la terrible verdad: que aquello no era cierto.
- Ya sé - me dijo - pero vos lo contás bien chivo, seguí...

Quizás fué entonces que descubrí esta vocación de contar historias, o quizás fue cuando mi abuelo me contaba las historias que inventaba sobre esas fotografías fantásticas de África, en las viejas y bien conservadas revistas de National Geographic que, por supuesto, estaban en inglés, y por su puesto, mi abuelo no hablaba una palabra de inglés, pero eso jamás impidió que yo me enterara de todos los pormenores de los leones cazadores de gacelas, que las devoraban de dos mordiscos, dos, en serio, o de las enormes serpientes pitones que se tragaban vivas a las personas que sin duda tenían una muerte lenta y horrible en el estómago de aquel animal monstruoso que las digería durante nueve meses. O las espeluznantes historias de espantos y las luchas descarnadas de mi abuelo con espíritus, apariciones y hasta el mismísimo diablo que quiso llevárselo y no pudo porque él era así de cachimbón, una especie de superman a caballo y  primos con machete, que podían partir a alguien en dos por cualquier pleito de cercos.

O quizás fueron los cuentos de mi abuela, sobre todas las primas solteronas y primos y tíos que se habían gastado en menos de un año todo el dinero de la familia, todo, hasta quedarse todos viviendo en un cuartito de mesón y ancianas tías abuelas que se habían vuelto locas de alegría o de pena, por alguna visión del más allá o incluso, de ninguna razón aparente en su noche de bodas, incluyendo, por su puesto, las historias de tías ovejas negras de la familia, las cuales solo podíamos escuchar previa advertencia de no comentarlas con nadie, esas me encantaban especialmente: las de escandalosas tías huyendo a plena luz del día con pintores casi conocidos o usando escandalosas micro faldas con calzones a juego y sin faltar alguna que otra tía o prima que casi se hizo monja.

O quizás fueron las historias de mi mamá y mi tía, contadas entre risas, de los tiroteos y de lo cerquita que estuvo, de lo fuerte que se oyen las bombas con su sonido que queda retumbando como una ola sorda en el fondo de los tímpanos y de la risita nerviosa de haberse salvado por un pelo en algún fuego cruzado entre el ejército y la guerrilla, a la salida del trabajo o a la salida de la UES o a la salida de cualquier lugar, porque en este país al parecer siempre ha sido más fácil morirse que otra cosa. O sus interminables historias de asaltos, porque ellas eran en realidad  propensas a ser asaltadas; sobre todo la memorable historia del asalto a la salida del Cine Libertad, después de ver una película de Bruce Lee, mientras comentaban cómo repartirían golpes de karate y donde los ladrones no les dejaron ni lo del pasaje.

En estos meses he tenido que recuperar de a poco y de dónde he podido, los libros escritos, terminados o en proceso de corrección, ya que alguien tomó mi usb y no la devolvió, con lo que todo lo escrito en estos años simplemente desapareció y Saimon y Mauri me dieron su enésimo sermón sobre el porqué debo hacer respaldos de mis cosas, en lo que claro, tienen razón.

Al recuperar mis escritos, enteros o a pedazos, me he metido en un nuevo proceso de re lectura y descubro que esas historias de mi tribu familiar, que se han contado y escuchado tantas veces, que ya mis hijos, mi cuñado y todo el que se acerque demasiado a mi familia, terminará aprendiéndolas, terminaron por ser parte de mi mitología personal y tarde o temprano salieron en un libro de cuentos con historias de fantasmas o en el cuento de la joven que se volvió loca a causa del Duende o en dos mujeres en escena, encerradas en su casa, bebiendo café y esperando, o en una triste mujer que aguarda sin esperanza a recuperar un amor perdido. Que una y otra vez los espíritus tutelares de esas apacibles tardes y de las noches llenas de sombras, regresan a mí con sus voces para acompañarme, para recordarme, para continuarme como un eco que viene de antes y sigue en mi voz, perpetuando el linaje de la palabra.


miércoles, febrero 17, 2016

Cartas

En las vacaciones y por una de esas casualidades de la matrix, donde uno anda buscando poesía y se encuentra con otra cosa, encontré las cartas que el poeta Jaime Sabines le escribió a su novia Josefa Rodríguez, novia siete años y esposa cuarenta y seis más... inconcebible en nuestros tiempos de amores tan desechables como pañuelos de papel.
Cartas lejos del despecho de las de Frida a Diego, de la fatalidad kafkiana en las letras a Felice o la desesperación napoleónica de las cartas a Josefina... nada que ver. Estas cartas eran de esos raros lugares, como sentarse a la sombra de un pequeño árbol a la orilla de una poza, a ver cómo cae la tarde sobre el agua quieta. 
Tengo este voyerismo literario, me gusta revisar en la correspondencia y diarios de artistas y escritores, pillar las ideas que serán los gérmenes de la obra. Me encantaron los diarios de Frida y de Anais Nin, me gustan las cartas. Me gusta escribirlas y recibirlas, anacrónica que es una, supongo.
Me gusta ese tiempo de las cartas, ese compás de espera, ese ritmo de vals, donde alguien escribe con caligrafía decente  y ortografía impecable (a mano y sin corrector ortográfico), sobre las cosas cotidianas, sobre las memorables y sobre las sombras y luces de su interior y del paisaje, tener la extensión de la hoja y la imposibilidad de volver sobre sus pasos una vez que se ha comenzado a escribir.
La sensación de escribir está a un universo de distancia de la de teclear. Aún ahora, en plena era digital, sigo escribiendo las primeras ideas, los primeros borradores, las primeras frases, antes de siquiera saber la historia completa, en mis cuadernos. Elegir un nuevo cuaderno para escribir sigue siendo uno de esos placeres en los que puedo invertir un par de tardes de fin de semana.
Así que cuando asomó febrero y comencé a ver los innumerables post de lugares comunes, globitos de corazón y frasecitas insulsas injustamente adosadas a autores desde el Gabo hasta Exupéry, decidí compartir mi vouyerismo literario  y publicar cada día una carta de amor de algún artista, escritor, intelectual o político... alguna vez me he preguntado ¿los grandes villanos de la historia habrán escrito también cartas de amor?
Pensaba en todo este tema de las cartas de amor, mientras cargaba por el portal de Occidente mi vieja máquina de escribir, una Olivetti celeste portátil, que ahora estamos usando en nuestra nueva obra sobre Consuelo Suncín. Con esa máquina  gané mis primeros juegos florales como narradora allá por 1995 o 96... no soy buena para las fechas.
Pensé que me gustaría una carta como las de Sabines, desde un lugar sereno del corazón, donde el amor fuese un  hogar en lugar de una excursión en kayak por rápidos y cataratas... de esas me sacó uno de los vendedores de la mueblería de la esquina, ofreciéndome un combo de cama con mini refri, en cuotas sin intereses, por el día del amor y la amistad... cosas de febrero.  

 

miércoles, febrero 03, 2016

La Suerte

Foto de www.skyscrapercity.com
A las 4.15 de la tarde, el portal de Occidente ha dejado de ser el asqueroso espacio que es antes de las 7 de la mañana, ahora están abiertas todas las puertas de los negocios de electrodomésticos, ferretería y la Foto Flores, donde todo el mundo se tomó fotografías tamaño carnet, antes de la era fotográfica digital. Mi abuela dice que por allí estaba el elegante almacén París Volcán, donde ellas iban atraídas por las vitrinas, a suspirar por medias tan finas, como yo nunca iba a ver. Cada vez que nos contaba algo, siempre parecía que habíamos llegado muy tarde.
Los pasillos del portal son el espacio social de la tarde. Las señoras del pan y los vendedores de pequeños chunches usados se colocan a los lados y dejan que los peatones circulen al medio para curiosear, comprar minucias de a dos coras o charlar. 
La señora del chuco está junto a la señora de los tamales, no sé de quién de las dos es el canasto de pan, pero es muy buena idea. El lugar siempre  está atestado de trabajadores en la tarde, como una especie de cafetería al aire libre, hay bancas y banquitos en la acera y en la calle y todo el mundo conversa sobre política en el mismo tono que si lo hicieran sobre la final nacional de fútbol.
Cuando la conocí llovía fuerte, como llueve siempre en el paisito. Todo el mundo se había acomodado en el pasillo, hasta los viejos músicos que con sus destartalados instrumentos tocan boleros en el Parque Libertad.
Por tal hacinamiento había que pasar si quería llegar a la parada de microbús, pero el tráfico era lento. Justo antes de los lustra botas estaba ella, una anciana de quien era imposible decir la edad, pero por todas las arrugas de su rostro y su cuerpo menudo, encogido por el tiempo, sabes que tiene muchos años.
- ¡Cómpreme los dos últimos! - me dijo mientras me extendía dos vigésimos de lotería - estos son los suyos, ya va a ver.
Sonreí interiormente ante esta aseveración. Mi madre dice que tengo su misma suerte, es decir, nunca nos sacamos nada, ni aunque estuvieran rifando una patada.
Hice revisión mental de mis fondos y saqué los $1.25 del vigésimo, sin ver siquiera el número lo eché en cualquier lugar de mi cartera y seguí avanzando, con paciencia, hasta la parada del microbús.
Al jueves siguiente volvía por los viejos caminos del portal de Occidente, cuando me saludó con la mano y me dijo como si eso hiciéramos siempre:
-¿Y hoy no me va a llevar?
-Vaya - dije yo, porque me es difícil decirle que no a lo cotidiano.
Cuando le dije que había perdido el otro vigésimo, me miró con cara de reprobación:
- Vaya mama, ahí se le fue el premio...
Y ahí comenzamos a platicar.
Cada jueves a la tarde nos vemos. Ella no sabe cómo me llamo, yo tampoco sé cómo se llama ella, debe ser que entre gente que se conoce, tales cosas como el nombre son minucias.
- Ayer que pasé no  la vi.
- Ay mama, andaba con mi hijo en el hospital y ahí va a perder uno todo el día.
Tiene un hijo "grande" con retraso mental, es el menor, le ha tocado cuidarlos a los dos porque el papá no soportó la presión del hijo enfermo y se fue.
- A saber para dónde, él me dijo que para el Norte, pero a mí me dijeron después que lo habían visto con otra mujer por Ciudad Delgado, a saber.
Así que de lo que tenía guardado comenzó a vender billetes de lotería y a dejar a su hijo encargado para que lo cuidaran.
- Pero la mayor es alentada, ella me ayuda, pero hoy como ya tiene ñeto, anda ocupada, ya le toca criar otra vez.
- A pues ya es bisabuela usted.
- Si mire, la cipota  menor le salió con eso, yo ya le dije que se ponga seria con ella, si no el otro año le va a llevar otra panza y ahí se va a estar criando. Mire yo, ella hasta que ya se fue con el esposo ya crió, porque yo una panza así nomás no se la iba a aceptar. Pero hoy estos tiempos están tremendos usté... y hoy tiene terminación ¿solo uno me va a llevar?
No me dejo tentar. Sé que mi suerte no me da para tanto. Agarro el vigésimo, hoy ya veo los números porque, quien quita... y camino a la parada del microbús.