En el desierto pareciera no haber vida, pareciera ser una extensión desolada donde nada podría sobre vivir; sin embargo, si te acercas lo suficiente, podrás ver extrañas formas de vida, seres que han desarrollado gruesas pieles, hábitos nocturnos, que han modificado su metabolismo y que, incluso, han desarrollado extrañas formas y espinas.
Cuando el desierto florece, es algo asombroso.
Artísticamente hablando, el teatro salvadoreño sobre vive en el desierto. Una o dos oportunidades de formación técnica, escasos espacios con formas de programación muchas veces incomprensible, una burocracia contaminada de amiguismo y dificultades, sin presupuesto para becas, fondos concursables o cualquier incentivo a la producción. A pesar de todo, el teatro salvadoreño florece de formas hermosas.
Una de ellas son los nuevos espacios independientes, no están financiados con fondos del estado, ni de fundaciones privadas, ong's, universidades o importantes capitales empresariales. Surgen porque hay artistas osados que ponen sus ahorros, su tiempo, trabajo y energía en buscar y acondicionar un espacio para volverlo una sala que pueda albergar teatro y danza, espectáculos que no cuentan con un público masivo, que no están subvencionados y por lo tanto, siempre son un riesgo para todos los grupos y gestores.
Este mes, con nuestro espectáculo "El Matrimonio Forzoso", hemos visitados dos espacios independientes que han surgido en San Salvador. La Galera Teatro, esfuerzo de un actor y director teatral y Escenarios, iniciativa de teatristas y bailarines. Espacios que no son subvencionados, que están sostenidos por el constante trabajo de sus gestores, que no disponen de grandes presupuestos para publicidad, pero que trabajan de forma solidaria con los grupos, sobre un porcentaje de la taquilla, entre 30% y 40%.
En un medio difícil como el nuestro, se encuentran siempre formas de combatir gigantes. La experiencia de estar en estos espacios alternativos ha sido un reto para nosotros, que trabajamos poco en salas fijas. El rédito económico no ha sido abundante, pero la experiencia ha sido sumamente enriquecedora para nosotros y nos anima a seguir en el camino.
sábado, septiembre 12, 2015
sábado, septiembre 05, 2015
Irse
Viajar no es lo mismo que irse.
A veces, cuando la violencia física y económica arrincona, cuando no hay posibilidad de
lograr el desarrollo de nuestro potencial, alcanzar una vida digna o al menos
asegurar la sobre vivencia de uno mismo y de las personas amadas, no queda más
que irse.
Los que se van, se van de muchas maneras: en la oscuridad de
la madrugada, con miedo y viendo hacia todas partes para asegurarse que nadie
los ve; al amanecer, después de haber vendido y empeñado todo para darle el dinero
al coyote, no todo el dinero, únicamente lo necesario para comenzar el viaje;
al atardecer, quedándose más tiempo que el autorizado por la visa; a cualquier hora del día, caminando, sobre una
balsa improvisada o sobre una patera que no se sabe si aguantará el viaje.
Tampoco ellos saben si aguantarán el viaje, pero hay que
irse.
Irse a otro lugar, donde casi nunca se es bienvenido, donde
siempre habrá alguna mirada, alguna voz, alguna ley, alguien, que te recuerde
que no eres de allí, que jamás serás de allí, que no te quieren allí, que debes
esconder tu nombre, tu origen, tu acento, tu idioma, tus costumbres, tú, para
lograr que te acepten.
Irse y dejar atrás el paisaje, la familia, el país que no te
abrigó, que no te protegió, que no pudo garantizarte tener una vida, que te
exportó a cambio de remesas, que simplemente se olvidó de ti.
Irse y olvidarse de ese paisaje, de esa familia, de ese
país, olvidarse, olvidarse, hasta que ni tú te acuerdes de ti y pienses que ya
eres otro, ese otro que es mejor ser para ese nuevo lugar.
Irse pensando en volver, un año y otro y otro, hasta que
volver sea la parte mitológica de tu historia.
Irse sin saber si se llegará, conservando las heridas
coleccionadas en el camino, las físicas y las otras, las que no se reconocen ni
ante uno mismo. Irse y ser violada, abandonado, asesinada, mutilado, ahogada.
Irse y llegar por poquito y que te bauticen deportado. Irse
y llegar a la cárcel y de allí al avión, al bus, a la frontera y volver a irse
y así, otra vez, otra vez, otra vez.
Irse y no llegar. Irse y perderse. Irse y caminar en un
desierto sin fin, en un rio desbordado sin fin, en un alta mar sin fin, en un furgón claustrofóbico
sin fin, en un asfixiante sótano sin fin, en una muerte sin fin porque nadie se
entera de tu muerte y te esperan, meses, años, te esperan y se preguntan si te
perdiste o simplemente los has olvidado.
Irse y terminar en primera plana de un periódico, en una
fotografía que da la vuelta al mundo, convertido en una bandera que pierde sentido entre hinchas
de diferentes bandos, por ilegal, por pobre, por refugiado, por hambriento, porque tuviste que huir, porque
eres de uno de esos lugares de donde no es bueno ser, porque si, porque así
funcionan las cosas.
domingo, agosto 30, 2015
Pequeños cambios suman.
Un nuevo viaje se inició para Héctor Bigit, dueño del
antiguo edificio Letona, en el Centro Histórico de San Salvador y un colectivo
de artistas jóvenes, que dan vida al
café cultural Maktub.
El edificio Letona, construido a principios de la década de
los treinta, con fuerte influencia de la arquitectura islámica, es una hermosa
construcción de dos pisos, con un entre piso y una azotea, todo el edificio con
vistas muy interesantes del centro de San Salvador, ubicado entre la cuarta avenida norte y calle
Delgado, esquina opuesta al Cine Metro,
uno de los lugares más famosos del centro histórico por la exhibición de
películas porno y porque en sus butacas y baños se pasa de la acción a la
pantalla a la acción real sin aspavientos. Una cuadra después del edificio
Letona se encuentra el Teatro Nacional y
la plaza Morazán.
Héctor Bigit camina por los pasillos observando la
exposición de jóvenes artistas plásticos y cuenta que la apertura del café es
un sueño esperado por 40 años que al fin se concreta, de allí su nombre:
Maktub, palabra árabe que significa “estaba escrito”, como el sentido de que
tarde o temprano llegaremos al lugar que buscamos.
Obed Alfaro y otros jóvenes artistas que participan de la
activación cultural de este espacio, pretenden desarrollar un modelo de gestión
similar al que han realizado en la Casa
Tomada del Centro, una casa ocupada por artistas, a un costado del parque San
José, en pleno centro histórico de San Salvador, donde el entusiasmo ha llevado
a una acción directa con los vendedores informales de la zona, a través de
talleres, charlas, exposiciones y recitales.
Héctor y Obed concuerdan en lo que sueñan para su espacio:
un lugar de encuentro entre artistas y público, un espacio para artistas
emergentes, pero también un espacio donde los niños y jóvenes de los
alrededores puedan participar en talleres de artes plásticas y escénicas.
“Estamos rodeados de violencia, no podemos seguir
proponiendo violencia, tenemos que proponer algo diferente, la gente tiene que
encontrar aquí algo diferente”, dice Héctor.
Desde el balcón donde nos encontramos, a través de los arcos
moriscos del segundo nivel, se ven las calles atestadas del centro, los
policías y soldados encapuchados y alertas, la gente que transita viendo de
reojo “por si acaso” y cuatro chiquillos que juegan ruidosamente con una caja
de cartón que han transformado en carro.
Este nuevo espacio
pasa desapercibido por ahora, como las semillas antes de que despierten.
El próximo mes comenzarán a invitar a los chicos y jóvenes de la zona a los
talleres que se harán con el trabajo voluntario de los artistas, entre los
cuales me incluiré, porque cada vez que veo un espacio como este, se me ocurre
pensar que tenemos esperanza, que pequeños cambios suman y que no sabemos hacia dónde nos llevará este nuevo viaje,
pero disfrutaremos la travesía.
sábado, agosto 08, 2015
Otra de leer en los buses
Esto no es como cuando oigo a Mozart y me empalago... en serio, me empalago, siento el sabor dulce en el fondo del paladar y ahí se queda mientras esté sonando la música.
Esto es un poco más embarazoso... es que estoy leyendo algo que me resulta conmovedor o bello y se me llenan los ojos de lágrimas, como cuando veo pinturas de Miguel Angel. Esto no me ha quitado en modo alguno la manía de leer en los buses, y hace que ocasionalmente me pasen cosas que pueden dar excusas para alguna entrada en la Gaticueva.
Como esta semana. Rogaba porque el micro bus llevara algún asiento vacío, porque me había quedado al inicio de un capítulo sobre el al-Andaluz, uno de mis lugares favoritos en la historia y en la tierra. Afortunadamente el micro bus llevaba un asiento vacío, desafortunadamente era un asiento para dos personas. Rápidamente tomé el que daba a la ventana y relamiéndome, como gato frente a la lata de atún de sus sueños, abrí el libro y busqué la página en que me había quedado... no, no es figurado, es literal, si estoy en una lectura que me trae de cabeza, me relamo e incluso me muerdo levemente el labio inferior, cuando busco la página en que me he quedado; qué les puedo decir, este tema de lo libros es de lo más sexy para mí.
Y de cabeza a leer, ignorando por completo el tráfico caótico de las 4.15 de la tarde en las estrechas y congestionadas calles de San Salvador. Imaginar el al-Andaluz... imaginar un territorio donde cristianos, musulmanes y judíos pudieran convivir, comerciar y compartir conocimientos científicos y literarios. Imaginar la Madraza, la abuela de las universidades y a sus médicos y estudiosos venidos de lugares donde no podían ejercer la curiosidad, hablando sobre sus conocimientos, comentando los escritos griegos rescatados por Avicena y el concepto de medicina preventiva de Averroes, impensable en el medioevo, asombrándose con los experimentos ópticos de Alhazen.
Asimilar la noción hindú del cero posicional. ¿Cómo será asimilar un concepto inexistente hasta ese momento? En este tiempo donde todo está creado, envasado, etiquetado y se puede (y debe) bajar con un clic y aceptar sin rechistar, esa es una aventura no muy fácil de obtener. La palabra en sánscrito para cero es shunya, vacío, es decir, conceptualizamos el vacío en un símbolo que según su posición puede no alterar, porque no significa, o decuplicar un valor y a partir de allí todo nuestro sistema binario que no para hasta el último teléfono inteligente que no existiría sin ese cero... si, adivinan, los ojos se me llenaron de lágrimas.
Como la emoción era demasiada y venían un par de buenos párrafos sobre el uso del agua en la arquitectura, levanté la cara del libro, respiré hondo, vi por la ventana y traté de enjugarme las incipientes lágrimas de la forma más discreta posible. Mi vecina de asiento notó que algo me pasaba y me miró con morbosa curiosidad, mientras yo suspiraba y me hundía de nuevo en el libro para visitar los riad de Alhambra, los jardines que se consideraban una imitación del paraíso, y el sistema de refrigeración a base de agua y gravedad. Nota mental: alguna vez tengo que verlo en vivo y a todo gatocolor.
Levanté la cara del libro y me dí cuenta que estábamos ya en la colonia, así que traté de no distraerme mucho para que no se me fuera a pasar la parada del micro y yo sin bajarme. Mi vecina, a la que había visto ocasionalmente por el rabillo del ojo y que seguramente, por mis reacciones durante el trayecto, se debatía en adivinar si el libro en cuestión era alguno de testimonios de conversión espiritual o una novela romántica, aprovechó mi vuelta a la realidad para soltarme de una vez:
-¿Qué libro está leyendo?
Para evitar explicaciones, le di vuelta a la tapa y lo de "Apuntes sobre la historia del teatro occidental", la desconcertó por completo, tenía esa mirada que usualmente tienen las personas cuando hago algo incomprensible para ellas y no sabiendo qué mas decir, dijo:
- ¿No es de aquí, verdad... el libro?
- No - dije yo. Para alivio de ambas, la siguiente era mi parada, así que rápidamente me paré y busqué la salida.
Menos mal que no fue como el asunto con Kundera, pensé, mientras bajaba la escalerilla del micro bus.
Esto es un poco más embarazoso... es que estoy leyendo algo que me resulta conmovedor o bello y se me llenan los ojos de lágrimas, como cuando veo pinturas de Miguel Angel. Esto no me ha quitado en modo alguno la manía de leer en los buses, y hace que ocasionalmente me pasen cosas que pueden dar excusas para alguna entrada en la Gaticueva.
Como esta semana. Rogaba porque el micro bus llevara algún asiento vacío, porque me había quedado al inicio de un capítulo sobre el al-Andaluz, uno de mis lugares favoritos en la historia y en la tierra. Afortunadamente el micro bus llevaba un asiento vacío, desafortunadamente era un asiento para dos personas. Rápidamente tomé el que daba a la ventana y relamiéndome, como gato frente a la lata de atún de sus sueños, abrí el libro y busqué la página en que me había quedado... no, no es figurado, es literal, si estoy en una lectura que me trae de cabeza, me relamo e incluso me muerdo levemente el labio inferior, cuando busco la página en que me he quedado; qué les puedo decir, este tema de lo libros es de lo más sexy para mí.
Y de cabeza a leer, ignorando por completo el tráfico caótico de las 4.15 de la tarde en las estrechas y congestionadas calles de San Salvador. Imaginar el al-Andaluz... imaginar un territorio donde cristianos, musulmanes y judíos pudieran convivir, comerciar y compartir conocimientos científicos y literarios. Imaginar la Madraza, la abuela de las universidades y a sus médicos y estudiosos venidos de lugares donde no podían ejercer la curiosidad, hablando sobre sus conocimientos, comentando los escritos griegos rescatados por Avicena y el concepto de medicina preventiva de Averroes, impensable en el medioevo, asombrándose con los experimentos ópticos de Alhazen.
Asimilar la noción hindú del cero posicional. ¿Cómo será asimilar un concepto inexistente hasta ese momento? En este tiempo donde todo está creado, envasado, etiquetado y se puede (y debe) bajar con un clic y aceptar sin rechistar, esa es una aventura no muy fácil de obtener. La palabra en sánscrito para cero es shunya, vacío, es decir, conceptualizamos el vacío en un símbolo que según su posición puede no alterar, porque no significa, o decuplicar un valor y a partir de allí todo nuestro sistema binario que no para hasta el último teléfono inteligente que no existiría sin ese cero... si, adivinan, los ojos se me llenaron de lágrimas.
Como la emoción era demasiada y venían un par de buenos párrafos sobre el uso del agua en la arquitectura, levanté la cara del libro, respiré hondo, vi por la ventana y traté de enjugarme las incipientes lágrimas de la forma más discreta posible. Mi vecina de asiento notó que algo me pasaba y me miró con morbosa curiosidad, mientras yo suspiraba y me hundía de nuevo en el libro para visitar los riad de Alhambra, los jardines que se consideraban una imitación del paraíso, y el sistema de refrigeración a base de agua y gravedad. Nota mental: alguna vez tengo que verlo en vivo y a todo gatocolor.
Levanté la cara del libro y me dí cuenta que estábamos ya en la colonia, así que traté de no distraerme mucho para que no se me fuera a pasar la parada del micro y yo sin bajarme. Mi vecina, a la que había visto ocasionalmente por el rabillo del ojo y que seguramente, por mis reacciones durante el trayecto, se debatía en adivinar si el libro en cuestión era alguno de testimonios de conversión espiritual o una novela romántica, aprovechó mi vuelta a la realidad para soltarme de una vez:
-¿Qué libro está leyendo?
Para evitar explicaciones, le di vuelta a la tapa y lo de "Apuntes sobre la historia del teatro occidental", la desconcertó por completo, tenía esa mirada que usualmente tienen las personas cuando hago algo incomprensible para ellas y no sabiendo qué mas decir, dijo:
- ¿No es de aquí, verdad... el libro?
- No - dije yo. Para alivio de ambas, la siguiente era mi parada, así que rápidamente me paré y busqué la salida.
Menos mal que no fue como el asunto con Kundera, pensé, mientras bajaba la escalerilla del micro bus.
domingo, agosto 02, 2015
Reporte desde el paisito
Yo vivo en ese paisito que nos empeñamos en imaginar, aunque a veces estamos casi seguritos de que no existe.
Vivo en la otra mitad del paisito, que es más de la mitad, donde tenés que estar temprano en tu casa porque si no te come el lobo, donde somos cantidad por mil de embarazos adolescentes, número de camas que faltan en los hospitales del sistema nacional de salud, porcentaje de deserción de la escuela y cantidad de muertos semanales o mensuales, según quien haga el reporte, es decir, donde la mayor parte del tiempo somos números para gente que nunca conocerá donde y en qué condiciones se vive en esta mitad del paisito, que no es su mitad.
Hasta el momento sobrevivo a las veces en que me han puesto una cuchilla en las costillas o un arma de fuego enfrente; a veces he tenido que dar mis pertenencias, claro está, para poder irme; un par de veces la persona de la cuchilla se ha reído de mi celular o de mi monedero y me lo ha devuelto con sarcasmo, he visto muchos muertos y eso a veces ayuda cuando hay que hacer una descripción de cómo se esparce la sangre roja sobre lo negro del asfalto.
Eso tendría que hacerme resistente, por aquello que dicen las viejitas de que "lo que no mata, engorda". Pero aún con todo, el miedo llega y se esconde en tus bolsillos, es una maña que no se quita.
No se sabe a ciencia cierta quiénes decretaron el paro de transporte, porque en este paisito nunca se sabe a ciencia cierta nada, ni te dicen nada y si preguntas u opinas algo más de lo que las dos opciones disponibles dictan, te dicen que te calles, que eres pro esto o anti lo otro y que harías bien en desaparecer de la faz de la tierra, así que el genérico "las maras" sirvió para los medios. Estructuras criminales, haciendo pulsos con el gobierno.
Así que por cuatro días le hice güevo y caminé a mi trabajo. Afortunadamente había mucha más gente caminando y cuando no la había, miraba para atrás y para los lados, para ver que no viniera alguien a asaltarme y si venía, ver por dónde podía correr. Siempre me dicen que porqué voy de tenis al trabajo, pero es que salir corriendo en tacones no es prudente. Mientras caminaba, sentía esa misma cosquilla en la panza que sentía en los ochentas, cuando estaba pequeña y no sabía si iba a haber tiroteo de un momento a otro y el miedo me enseñaba sus dientitos blancos desde mi bolsillo.
Durante esos cuatro días uno habría esperado que alguien dijera qué se iba a hacer al respecto, cómo iba a manejarse esa emergencia, pero este asunto parecía de "sálvese quien pueda", más todo el cruce de reproches y culpabilidades de un lado al otro, así que a desconectarse de los noticieros y a seguir caminando.
El tercer día de caminata, logré subirme a un microbus que milagrosamente tenía asientos libres. Uno de los pocos, a la par del motorista, donde me senté. Apenas había avanzado y me descubrí pensando que si alguien le disparaba al motorista por no andar haciendo caso del paro, como había pasado a diario esos días, podría darme a mí también, dada la proximidad de mi ubicación. Entonces decidí irme de pié en la parte de en medio del microbus. Tenía que llegar al trabajo, aunque el miedo volviera a enseñarme sus dientitos blancos desde mi bolsillo. Al menos cuando encañonaron al motorista, no estuve en primera fila.
El cuarto día caminé. Las teorías de conspiración seguían allí, los intercambios de culpabilidades seguían allí, los fanatismos ideológicos seguían allí. Lo que ni por asomo estuvo allí, durante estos cuatro días fue algo de asertividad en el gobierno, que sigue haciendo de víctima incomprendida, y en la oposición de derecha, que sigue con berrinche de chiquillo a quien no le dieron su golosina, para frenar y revertir efectivamente la inequidad, la exclusión, la educación deficiente, la nula formación ciudadana, la corrupción y el crimen organizado, que cotidianamente nos hacen vivir en el miedo.
Afortunadamente, al quinto día los mareros levantaron el paro y un par de días después iniciaban las fiestas patronales del paisito, con todas sus diversiones, así que ya ni quien se acuerde de todo el asunto.
Vivo en la otra mitad del paisito, que es más de la mitad, donde tenés que estar temprano en tu casa porque si no te come el lobo, donde somos cantidad por mil de embarazos adolescentes, número de camas que faltan en los hospitales del sistema nacional de salud, porcentaje de deserción de la escuela y cantidad de muertos semanales o mensuales, según quien haga el reporte, es decir, donde la mayor parte del tiempo somos números para gente que nunca conocerá donde y en qué condiciones se vive en esta mitad del paisito, que no es su mitad.
Hasta el momento sobrevivo a las veces en que me han puesto una cuchilla en las costillas o un arma de fuego enfrente; a veces he tenido que dar mis pertenencias, claro está, para poder irme; un par de veces la persona de la cuchilla se ha reído de mi celular o de mi monedero y me lo ha devuelto con sarcasmo, he visto muchos muertos y eso a veces ayuda cuando hay que hacer una descripción de cómo se esparce la sangre roja sobre lo negro del asfalto.
Eso tendría que hacerme resistente, por aquello que dicen las viejitas de que "lo que no mata, engorda". Pero aún con todo, el miedo llega y se esconde en tus bolsillos, es una maña que no se quita.
No se sabe a ciencia cierta quiénes decretaron el paro de transporte, porque en este paisito nunca se sabe a ciencia cierta nada, ni te dicen nada y si preguntas u opinas algo más de lo que las dos opciones disponibles dictan, te dicen que te calles, que eres pro esto o anti lo otro y que harías bien en desaparecer de la faz de la tierra, así que el genérico "las maras" sirvió para los medios. Estructuras criminales, haciendo pulsos con el gobierno.
Así que por cuatro días le hice güevo y caminé a mi trabajo. Afortunadamente había mucha más gente caminando y cuando no la había, miraba para atrás y para los lados, para ver que no viniera alguien a asaltarme y si venía, ver por dónde podía correr. Siempre me dicen que porqué voy de tenis al trabajo, pero es que salir corriendo en tacones no es prudente. Mientras caminaba, sentía esa misma cosquilla en la panza que sentía en los ochentas, cuando estaba pequeña y no sabía si iba a haber tiroteo de un momento a otro y el miedo me enseñaba sus dientitos blancos desde mi bolsillo.
Durante esos cuatro días uno habría esperado que alguien dijera qué se iba a hacer al respecto, cómo iba a manejarse esa emergencia, pero este asunto parecía de "sálvese quien pueda", más todo el cruce de reproches y culpabilidades de un lado al otro, así que a desconectarse de los noticieros y a seguir caminando.
El tercer día de caminata, logré subirme a un microbus que milagrosamente tenía asientos libres. Uno de los pocos, a la par del motorista, donde me senté. Apenas había avanzado y me descubrí pensando que si alguien le disparaba al motorista por no andar haciendo caso del paro, como había pasado a diario esos días, podría darme a mí también, dada la proximidad de mi ubicación. Entonces decidí irme de pié en la parte de en medio del microbus. Tenía que llegar al trabajo, aunque el miedo volviera a enseñarme sus dientitos blancos desde mi bolsillo. Al menos cuando encañonaron al motorista, no estuve en primera fila.
El cuarto día caminé. Las teorías de conspiración seguían allí, los intercambios de culpabilidades seguían allí, los fanatismos ideológicos seguían allí. Lo que ni por asomo estuvo allí, durante estos cuatro días fue algo de asertividad en el gobierno, que sigue haciendo de víctima incomprendida, y en la oposición de derecha, que sigue con berrinche de chiquillo a quien no le dieron su golosina, para frenar y revertir efectivamente la inequidad, la exclusión, la educación deficiente, la nula formación ciudadana, la corrupción y el crimen organizado, que cotidianamente nos hacen vivir en el miedo.
Afortunadamente, al quinto día los mareros levantaron el paro y un par de días después iniciaban las fiestas patronales del paisito, con todas sus diversiones, así que ya ni quien se acuerde de todo el asunto.
sábado, julio 18, 2015
Tour
El centro de San Salvador: sus hermosos y descuidados edificios, desde lo gótico a lo art noveau, su fabuloso cementerio a la vuelta de la esquina, sus ventas de libros usados con tesoros a dos dólares, sus calles atestadas de vendedores, su inmenso Mercado Central donde podés hallar lo inimaginable al más bajo precio, sus personajes entrañables, extravagantes, anodinos o ezquizoides.
Las prostitutas en las bancas de la Plaza Cívica, delante de las que se desgañita un pastor evangélico prometiendo premios y castigos... ¿y detrás de la puerta número tres, qué tenemos? ¿el infierno por los pecados?... ¡se lo ganó, se lo ganó, se lo ganó!... Para después cantar con voz casi afónica, una canción que promete consuelo para los que sufran mucho, con alegría y callados.
El centro de San Salvador, su café de los años cincuentas, con mesas de los años cincuentas y ventanal por donde no puede verse paisaje, porque ya no hay paisaje, únicamente el vendedor de cd's pirata que pone una nueva ronda de Van Damme combinado con Rambo en dupla de rudos, permanencia voluntaria de a dos por la cora. El centro de San Salvador y sus calles atestadas de vendedores. Me gustan los ventanales, te permiten ver a la gente sin acercarte.
Guardo mi viejo celular en un lugar donde no sea visible, para que no me vayan a dar un susto por gusto los mareros. Lo pienso un poco al salir del café, pienso si tomar un bus por las ocho cuadras que separan el café de los Hospitales, pero me gusta caminar, aún aquí, me gusta caminar. Camino.
No es solo un verso que puse en uno de mis poemas, en verdad la gente aglomerada me produce algo de asco, no me lo tomen a mal, tampoco me gusta que me toque gente desconocida, eso siempre me asusta y luego me quedo por horas con esa sensación de una mano extraña tomándome del brazo sin permiso, me froto con la otra manga, me lavo las manos, nada, la sensación de repugnancia tarda en irse. No me gusta que me toque gente desconocida.
Camino. Las dos primeras cuadras de la peatonal han ido bien, he caminado lo más lejos posible de los vendedores y esquivo a las personas que se acercan demasiado, un amigo me dijo una vez que era gracioso verme caminando por la calle, seguro que sí, como una especie de personajito de video juego esquivando cosas que le lanzan.
Falta una cuadra para salir de la peatonal. Esta cuadra es fea, no hay mucho espacio y los vendedores siempre te salen al paso. Camino lo más a la orilla que puedo, pero la chica insiste en tomarme del brazo. Aparto el torso, me tuerzo, levanto el brazo, la esquivo, sus dedos me rozan, yo retiro el brazo muy rápido y ella, que tiene la intención de seguirme, se para en seco y me mira ofendida, como si fuera una obligación que yo permita que me tome del brazo y me jalonee para ver cosas que no quiero comprar.
Yo quisiera explicarle que no quiero que me toque, pero seguramente no me entendería, así que camino rápidamente y salgo de la cuadra. Me froto el brazo con la otra manga.
Camino y pienso que a la próxima tomaré el bus. De pronto la iglesia del Sagrado Corazón asoma y me quedo viendo un momento su fachada puntiaguda, pienso en pasar a ver los ventanales y la nave central, un momento, solo para olvidar el caos alrededor. Subo los escalones. Pienso que es una lástima que mi cámara este aún en reparación. Saco de la mochila mi libreta y mi lapicero negro. Escribo.
Las prostitutas en las bancas de la Plaza Cívica, delante de las que se desgañita un pastor evangélico prometiendo premios y castigos... ¿y detrás de la puerta número tres, qué tenemos? ¿el infierno por los pecados?... ¡se lo ganó, se lo ganó, se lo ganó!... Para después cantar con voz casi afónica, una canción que promete consuelo para los que sufran mucho, con alegría y callados.
El centro de San Salvador, su café de los años cincuentas, con mesas de los años cincuentas y ventanal por donde no puede verse paisaje, porque ya no hay paisaje, únicamente el vendedor de cd's pirata que pone una nueva ronda de Van Damme combinado con Rambo en dupla de rudos, permanencia voluntaria de a dos por la cora. El centro de San Salvador y sus calles atestadas de vendedores. Me gustan los ventanales, te permiten ver a la gente sin acercarte.
Guardo mi viejo celular en un lugar donde no sea visible, para que no me vayan a dar un susto por gusto los mareros. Lo pienso un poco al salir del café, pienso si tomar un bus por las ocho cuadras que separan el café de los Hospitales, pero me gusta caminar, aún aquí, me gusta caminar. Camino.
No es solo un verso que puse en uno de mis poemas, en verdad la gente aglomerada me produce algo de asco, no me lo tomen a mal, tampoco me gusta que me toque gente desconocida, eso siempre me asusta y luego me quedo por horas con esa sensación de una mano extraña tomándome del brazo sin permiso, me froto con la otra manga, me lavo las manos, nada, la sensación de repugnancia tarda en irse. No me gusta que me toque gente desconocida.
Camino. Las dos primeras cuadras de la peatonal han ido bien, he caminado lo más lejos posible de los vendedores y esquivo a las personas que se acercan demasiado, un amigo me dijo una vez que era gracioso verme caminando por la calle, seguro que sí, como una especie de personajito de video juego esquivando cosas que le lanzan.
Falta una cuadra para salir de la peatonal. Esta cuadra es fea, no hay mucho espacio y los vendedores siempre te salen al paso. Camino lo más a la orilla que puedo, pero la chica insiste en tomarme del brazo. Aparto el torso, me tuerzo, levanto el brazo, la esquivo, sus dedos me rozan, yo retiro el brazo muy rápido y ella, que tiene la intención de seguirme, se para en seco y me mira ofendida, como si fuera una obligación que yo permita que me tome del brazo y me jalonee para ver cosas que no quiero comprar.
Yo quisiera explicarle que no quiero que me toque, pero seguramente no me entendería, así que camino rápidamente y salgo de la cuadra. Me froto el brazo con la otra manga.
Camino y pienso que a la próxima tomaré el bus. De pronto la iglesia del Sagrado Corazón asoma y me quedo viendo un momento su fachada puntiaguda, pienso en pasar a ver los ventanales y la nave central, un momento, solo para olvidar el caos alrededor. Subo los escalones. Pienso que es una lástima que mi cámara este aún en reparación. Saco de la mochila mi libreta y mi lapicero negro. Escribo.
sábado, julio 11, 2015
Ninpha o la desidia del desencuentro
(Comentario sobre la obra de teatro de Jennifer Valiente)
Lya Ayala
Jennifer Valiente, dramaturga y actriz
Jennifer Valiente es para mí una mujer de múltiples facetas. Misteriosa y fascinante. Escribiré sobre ella en la introducción de este comentario, porque para ver a la Ninpha, tenemos que ver a la mujer que la creo.Inicia su trayecto por el teatro y para el teatro en la Universidad
Nacional en 1998, pero es cuando funda en 2005 El Taller inestable de
experimentación teatral Tiet, que Jennifer empieza darle cuerpo a su mundo: el
teatro como actriz, dramaturga, directora. Ella es todo. Se desplaza, salta,
recita, gesticula. Ella es incansable. Ha formado parte de proyectos teatrales
en Payasos sin Fronteras, Teatro Libre, teatro Luis Poma, T-Atrio, El verbo en
la ventana, entre muchos en los que ha sido invitada. Ha escrito guiones para
radio.
Jennifer transita hacia un mundo complejo con su obra, su seudónimo Harry
Castel nos habla de ello, escribe cuentos sin parar y los publica en el
Suplemento Cultural 3000, cada sábado. Castel es una voz masculina en una voz
fuerte femenina. Jennifer cuenta que esa voz la asume en la universidad cuando
alguien le comentó que escribía “como hombre”. Y es que Jennifer Castel o Harry
Valiente, puede entrar y salir sin problema del diálogo de teatro al diálogo
del cuento. Ya les dije, ella es todo.
Jennifer también viaja, como si supiera que caminar por calles nuevas,
mirar cielos nuevos le trae a su obra esa plasticidad que podemos ver. A
Jennifer artista la podemos apreciar mejor cuando se le deja libre en las
calles nuevas. Su diario de trabajo cuenta de las múltiples aventuras-trabajo,
sueños-trabajo. Siempre avanzando, siempre haciendo desde escenografías, hasta
muñecos en sus talleres.
Jennifer al abarcarlo todo, la biología, por ejemplo, también es madre, sus
hijos la acompañan en su labor, también son artistas: músicos y actores.
¿Premios? Por supuesto, también, los tiene. Todos, les recuerdo que ella
logra abarcarlo: entre algunos de ellos les mencionaré Juegos Florales de
Chalatenango en 1996, con sus Diez cuentos de Adentro; Juegos Florales de San
Salvador en 1996, con sus doce relatos, Del más Allá. Ganadora en la VII Bienal
de Dramaturgia “La escritura de las diferencias” (Italia-Cuba, 2014). Primer lugar en narrativa. Certamen Francisco Gavidia, Universidad
Francisco Gavidia. 1997. Primer lugar en poesía (compartido). Certamen Alfonso
Hernández, ASTAC en 1997.
Junto a Ninpha está Santa María de la espera, otra de sus obras, donde la
mujer es el centro. Acompáñenme a conocer a esta Ninpha, que como su autora lo
abarca todo, lo inunda todo.
COMENTARIO EN TRES ACTOS
Los personajes nos hablan de sus dolores
Él y Ella son los personajes principales de la obra de teatro que Jennifer
Valiente nos revela en esta nueva obra suya: Ninpha.
He querido iniciar este breve comentario, delineando a un Él y una Ella para
que nos trasladen con sus personalidades neuróticas a un diálogo potente y
clarificador.
Él y Ella se expresan sobre la guerra, sobre los recuerdos que ese drama
colectivo fermenta en la vida de las personas. En Ninpha los personajes habitan
el pasado, inevitablemente, la guerra los retrae al pasado, a lo que pudo ser;
pero no fue. A las múltiples posibilidades de un futuro que los marca y los frustra.
Parecen hablar solos, los monólogos nos los describen; a él hondamente
cansado y frustrado de la vida; ella, buscando las razones para sobrevivir a la
desidia de él.
Los diálogos no permiten el respiro, son rápidos, llenos de expresiones
cotidianas, reales. El ambiente de esas conversaciones entre ambos es triste,
lóbrego. Además, los silencios, hay muchos, los personajes nos hablan con sus
silencios.
Y es aquí donde Ninpha atrapa, en el círculo de la conversación desesperada
de ambos personajes.Ante todo debo señalar que el ritmo de los diálogos es
insinuante, es rápido, donde él y ella disponen sus frustraciones, sus sueños
no realizados. La contraposición o la yuxtaposición de las dos voces convierten
este precioso texto en un deleite para aquellos que gustamos de los diálogos
ágiles, agrios, suspicaces.
La trama hacia el desencuentro
El punto central o hilo conductor de Ninpha son las cigarras, esos insectos
que perseguirán al personaje femenino, durante todo el trayecto de la obra,
para brindarle cierto hilo de esperanza que podemos ver a ratos, pero que
inevitablemente se diluye. Las cigarras en
Él devienen en sangre fría, en desaliento, en desasosiego, en orgullo y
cansancio de la vida.
Es la crisis de los cuarenta o la crisis de no saber asumirse como adulto,
escuchamos decir a la voz en una voz secundaria, que escucharemos en el fondo
de la trama.
¿Cómo se muestra la trama en Ninpha? Diálogos, sí. Cartas, también, donde
la voz de Ella, pícara y misteriosa, le escribe
un amigo. Es decir, hay un flasback continuo, que nos refiere a través
de las cartas a otra trama que se teje
dentro de la trama principal.
Ahí Ella es el sueño, la melancolía,
la esperanza y el amor; pero es, ante todo, la verdad. Ella se desnuda en la
trama secundaria.
Escenario y luces
A nuestra dramaturga hacer bailar a sus personajes le es imprescindible,
porque es en el movimiento del cuerpo donde se expresa aquello que no logra la
palabra. En este sentido. Jennifer Valiente abarca todo aquello que el teatro
es: diálogo, movimiento, gesto.
Y luces, en Ninpha el juego de las luces para ambientar los sentimientos,
las sensaciones nos acompaña, el juego es completo. Nos envuelve desde todos
los ángulos.
El desencuentro (epílogo)
El final de la obra es un diálogo completo sin
estructura que separe escenas, el simbolismo se incrementa: papeles,
calendarios, maletas. Jennifer no deja
nada al azar, conmueve con su tragedia y sus cigarras.
Los efectos finales de luz, voz en off, silencios, terminan de cerrar el
círculo para los espectadores. Ninpha es la guerra y la posguerra salvadoreña
vista por los ojos de una pareja. Es la esperanza y la desesperanza en pugna. Y
al vernos, nos vamos a querer hundir en el sonido de las cigarras.
Lya Ayala. Escritora, periodista y editora salvadoreña. Ejerce la investigación y docencia en la Universidad José Simeón Cañas (UCA)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






