Hoy hace una semana me desconecté... subí el post de la gaticueva sobre el 16 de enero y de pronto ¡puf! mi celular dejó este mundo y no regresó más, además de eso mi computadora, que vino en la bodega de alguna de las tres carabelas de Colón, no conectaba a internet, así que quedé como personaje de algún terrorífico capítulo de The Black Mirror: totalmente fuera del mundo virtual, es decir dejé virtualmente de existir.
El viernes y el sábado no estuvieron tan mal porque estuve fuera de San Salvador, de hecho el sábado recibiendo el Waxakib Batz, el día de la creación del hombre de maíz en la cultura maya, junto con el Consejo de Principales Aj Quij en Tazumal; sin embargo al despertar el domingo comencé a aterrizar en la idea de la desconección digital y a sucumbir a la ansiedad por todos los escenarios posibles: perder citas, no atender clientes, estar incomunicada y todas las cosas terribles que una piensa cuando está ansiosa y se olvida de respirar.
Para el domingo a la tarde ya me había acordado de respirar, así como también de no intentar controlar las cosas que no están en mi posibilidad de acción e iniciar las acciones que puedo, así sean solo pequeños pasos, lo más pronto posible y con el mejor ánimo, de modo que para el lunes a la mañana ya había vuelto al trabajo con acceso limitado a la virtualidad y hoy, una semana después, me entusiasma todo lo que hago fuera de la esclavitud de la pantalla.
He recuperado mi tiempo de lectura de libros, leía bastante en formato digital desde mi celular y volver a la sensación del peso del libro, la textura de la página en los dedos y el recorrido de la vista en las largas líneas de prosa ha sido un placer, comparable con la delicia de hacer los cálculos mentales de las operaciones matemáticas del cierre de caja diario y eso que nunca había sido fan de las matemáticas, o anotar en la agenda amarilla que mi mamá me regaló por navidad, las citas semanales y las ideas que surgen durante el viaje en el microbus. Pero de las mejores cosas ha sido sin duda, dejar de lado el despertador y que mi cuerpo tenga la memoria exacta de la hora a la que me levanto para la meditación y el yoga cotidianos, despertar sin el sonido de la alarma que arranca a tirones la conciencia del territorio de Morfeo ha sido una alegría cotidiana.
Esta semana el tiempo se ha desacelerado y he podido acompañarme un poco más a mí y a mis días, una sensación extraña que hacía demasiado tiempo no tenía: caminar en lugar de correr y por supuesto, disfrutar del paisaje. Claro, he tardado un poco más en contestar algunas cosas, en entregar documentos o en ver informaciones pero el mundo no ha colapsado y he podido hacer lo que tenía que hacer, librándome de paso de la plaga del exceso de información, eso si que ha sido una verdadera vacación para mi mente y entre menos información recibía de las redes, más imágenes se despertaban en mi imaginación, lo cual es bueno ya que estoy en período de montaje y me ha costado mucho menos concentrarme en ello ahora que en otros momentos.
Hasta hace un par de años, tenía la costumbre de dejar un día mi celular apagado y no contestar nada del mundo exterior, costumbre que fui perdiendo por la inercia del trabajo y la ilusión de que es tu deber estar disponible veinticuatro pleca siete, según la cultura de producción y consumo que nos asiste.Esta semana he recordado lo bueno que era estar desconectada de vez en cuando, aún cuando eso implicó también vencer mi aversión a llamar por teléfono, teléfono fijo claro, ya que no tenía el escape de resolver todo por mensajes.Creo que mañana llega el nuevo aparatito y regreso al mundo virtual, nada es para siempre, pero quiero regresar con más conciencia de que el instrumento es él, no yo, y que fuera de la pantalla hay mucha vida y muy intensa por cierto.