Sábado 29. 11:30 a. m. Después de más de 24 horas, la fiebre había cedido, el estómago había abandonado su revolución con cara de guerra nuclear y me dolía menos la garganta, pude comer algo y había que hacerle huevo para no dejar colgada una presentación de cuentacuentos en un cantón de Cabañas. En el camino al salir de casa, los últimos pepenadores abandonaban los basureros, esa es una imagen a la que nunca voy a acostumbrarme, a la gente hurgando en medio de la basura.
Nos tomó más de media hora poder atravesar el tramo que separa uno de los enormes centros comerciales de San Salvador de nuestro local. Abrí los ojos cuando sentí que no avanzábamos y me encontré con un caos vehicular digno de una escena de evacuación en una película de zombies, nada más que en este caso, los zombies iban dentro de los vehículos con cara de tráfico de más de una hora. Multitudes bajando de los autobuses de la zona norte y sur de San Salvador y dirgiéndose al centro comercial.
- ¿Qué pasa? pregunté alarmada, porque en serio pensé que algo pasaba, yo que siempre me entero de todo con retraso.
- El black friday - me respondió el motorista - así está desde ayer y así va a estar todo el fin de semana.
Lo había olvidado. Otra importación más, además con nombre de día aciago, ese nombre siempre me recuerda el Jueves Negro que en 1929 marcaba el inicio de la Gran Depresión. Muchas historias había escuchado de este black friday, desde la risible que propone que los grandes negocios pasan en números rojos todo el año, pobrecillos ellos sacrificándose por el consumidor, y es hasta ese viernes que vuelven a negro, hasta la del terrible viernes para la policía de Filadelfia con los visitantes que llegan a ver el Army-Navy Game el siguiente sábado del día de Acción de Gracias o la más macabra, sobre la venta de esclavos para los trabajos invernales en las plantaciones. Recordé además que para el viernes se habían convocado manifestaciones anti racistas en los grandes almacenes estadounidenses, sobre todo en Ferguson ¿habrían podido hacerlo? Viernes negro, viernes de luto, pensé.
Como fuere, los centros comerciales, absolutamente todos, lucían abarrotados. Un verdadero infierno sartreano, con colas y empujones. Seguramente muchos que hace un par de semanas se habían quejado por los deficientes servicios de ciertas compañías telefónicas, estarían en ese mismo momento abarrotando las agencias en busca de un nuevo teléfono inteligente, de esos que casi casi te preparan el desyuno, o usando la nueva extensión de crédito que recién han concedido los bancos en sus tarjetas, para comprar artículos que luego del alza de precios de octubre, vuelven a estar en los mismos precios de septiembre; allá irá el salario de diciembre, el aguinaldo se usará en las fiestas y en enero, para la época escolar, se volverá al ciclo de endeudamiento con los usureros institucionales o particulares y la rueda del consumismo seguirá girando graciosa y ágilmente, bien engrasada por el endeudamiento para conservar el estilo de vida estadounidense... excepto que nosotros ni siquiera somos una colonia formal, con papeles... hasta para eso somos wanabees, pensé para mí misma y me dí cuenta que me había puesto de mal humor, seguramente debilidad por la enfermedad, reflexioné.
Afortunadamente el microbús logró salir de la capital, como sale un naúfrago dando brazadas de casi ahogado y con retraso, logramos llegar al cantón, donde en un predio de polvo y terrones rojizos se formaba un pequeño espacio rodeado por sillas plásticas en el que medio centenar de chiquillos con yinas desgastadas, pies polvosos, pelo tostado y seguramente menos tamaño del que correspondía a su edad, esperaban. Qué triste, tristísimo pobrecito país mío, pensé mientras me bajaba del micro, haciendo mi mejor esfuerzo por recobrar mi buena cara y mi disposición para poder ir a encontrar la belleza en el escenario.
domingo, noviembre 30, 2014
sábado, noviembre 15, 2014
Telarañas
Entré a la Gaticueva y me espanté al ver que la última entrada fue el último sábado de septiembre, creo. Generalmente escribía los sábados por la tarde, el único remanso de cuatro horas en mi atolondrado y apretado cotidiano, donde me desconectaba de todo y simplemente me soltaba frente a la pantalla. Pero luego entré en la vorágine del último trimestre del año, ese momento caótico donde se acumulan los trabajos (por gracia y fortuna) y de repente te encuentras escribiendo por encargo una docena de cuentos y un par de piezas... escribir por encargo, montar por encargo son cosas que antes me cabreaban mucho, pero que hoy hago con gusto y mucho estrés, primero porque significa que alguien cree que eres lo suficientemente bueno como para encargarte algo y atreverse a pagar por ello y luego porque te ayuda a seguir puliendo el oficio así sea bajo presión.
Y no es que deje de escribir, todos los días a las cinco de la mañana me levanto a escribir una página en mi diario, meditar, hacer yoga, salir a caminar con el Niche y preparar el desayuno, esas cosas que uno increíblemente hace aunque el cerebro comience a funcionar después de las diez de la mañana y el segundo café del día, solo para no terminar perdiendo la razón por el oficio de burócrata y tener mucho contacto con la realidad. Todas las noches escribo o corrijo religiosamente por una hora, corregir, esa especie de deporte nacional en mi planeta, que a veces se convierte en TOC. Lo dicho, no es que haya dejado de escribir, pero con La Gaticueva creo que estaba esperando el momento adecuado, ese ritual de sábado en que me daba cita con la pantalla, me sentaba decentemente a la mesa, con luz de día y taza de café al lado, en fin, ese momento de sentirse como escritor más o menos formalito y en personaje, ya saben, como los de los libros, qué les digo, una también tiene sus momentos de ilusión... y en buscar el momento adecuado se pasó un mes, hasta que en una actividad literaria en que estuve en esta semana, alguien se me acercó a saludar: ¡Harry! ¿qué tal? Siempre leo 365 los sábados... y sin saber porqué me acordé de Papá Buck.
En algún lugar leí algo de Papá Buck, en el tiempo de la Cofradía de Bukowsky, cuando nos compartíamos las santas escrituras con Héctor, en algún lugar leí algo sobre esperar el tiempo perfecto para escribir, decía algo como que el tiempo perfecto para escribir no existía, si tenías que escribir escribías, aunque te hubieran cortado la luz, aunque no hubieras comido nada en todo el día, aunque no estuvieras seguro de si lo que ibas a escribir era bueno o simplemente te estabas engañando pensando que lo de escribir era tu oficio, simplemente te sentabas delante de la máquina de escribir y escribías, porque no podías no hacerlo. Si, de esas asociaciones mentales en mi planeta, que no sabes por qué autopista vino, pero que me hizo abrir de nuevo La Gaticueva, por el malsano gusto de compartir banalidades con los cibernautas desprevenidos.
Y al levantarme hoy a las cinco de la mañana, en lugar de escribir mi diario, meditar, hacer yoga y salir a caminar con el Niche, agarré un trapo y me puse a sacarle las telarañas a la Gaticueva, a ver si queda medio decente y quien sabe, tal vez este sea el inicio de un nuevo ritual de sábado, que de momento dejo hasta acá porque el Niche me ve con cara de: ¿Y al fin vamos a salir o qué? Y es que este perro, como yo, es un animal de rituales, por eso me simpatiza.
Y no es que deje de escribir, todos los días a las cinco de la mañana me levanto a escribir una página en mi diario, meditar, hacer yoga, salir a caminar con el Niche y preparar el desayuno, esas cosas que uno increíblemente hace aunque el cerebro comience a funcionar después de las diez de la mañana y el segundo café del día, solo para no terminar perdiendo la razón por el oficio de burócrata y tener mucho contacto con la realidad. Todas las noches escribo o corrijo religiosamente por una hora, corregir, esa especie de deporte nacional en mi planeta, que a veces se convierte en TOC. Lo dicho, no es que haya dejado de escribir, pero con La Gaticueva creo que estaba esperando el momento adecuado, ese ritual de sábado en que me daba cita con la pantalla, me sentaba decentemente a la mesa, con luz de día y taza de café al lado, en fin, ese momento de sentirse como escritor más o menos formalito y en personaje, ya saben, como los de los libros, qué les digo, una también tiene sus momentos de ilusión... y en buscar el momento adecuado se pasó un mes, hasta que en una actividad literaria en que estuve en esta semana, alguien se me acercó a saludar: ¡Harry! ¿qué tal? Siempre leo 365 los sábados... y sin saber porqué me acordé de Papá Buck.
En algún lugar leí algo de Papá Buck, en el tiempo de la Cofradía de Bukowsky, cuando nos compartíamos las santas escrituras con Héctor, en algún lugar leí algo sobre esperar el tiempo perfecto para escribir, decía algo como que el tiempo perfecto para escribir no existía, si tenías que escribir escribías, aunque te hubieran cortado la luz, aunque no hubieras comido nada en todo el día, aunque no estuvieras seguro de si lo que ibas a escribir era bueno o simplemente te estabas engañando pensando que lo de escribir era tu oficio, simplemente te sentabas delante de la máquina de escribir y escribías, porque no podías no hacerlo. Si, de esas asociaciones mentales en mi planeta, que no sabes por qué autopista vino, pero que me hizo abrir de nuevo La Gaticueva, por el malsano gusto de compartir banalidades con los cibernautas desprevenidos.
Y al levantarme hoy a las cinco de la mañana, en lugar de escribir mi diario, meditar, hacer yoga y salir a caminar con el Niche, agarré un trapo y me puse a sacarle las telarañas a la Gaticueva, a ver si queda medio decente y quien sabe, tal vez este sea el inicio de un nuevo ritual de sábado, que de momento dejo hasta acá porque el Niche me ve con cara de: ¿Y al fin vamos a salir o qué? Y es que este perro, como yo, es un animal de rituales, por eso me simpatiza.
sábado, septiembre 27, 2014
Cuénteme...
Llegamos por la mañana a la clínica comunal del Seguro Social en Santa Tecla. Arreglamos la mesa, conseguimos las sillas, Martita colocó nuestro cartel y Mario y yo nos preparamos a recibir a nuestros pacientes. Una vez más habíamos abierto nuestra clínica poética. Era la segunda vez que acompañaba a Mario Noel en su proyecto "Lectura en voz alta y se hacen versos de amor".
La gente se comenzó a juntar y a preguntar: ¿toman la presión? ¿están despachando medicamento? ¿qué están regalando?. - Poemas, dijimos, y comenzamos a tener fila de espera.
La primera vez que lo hice casi entré en pánico... ¿escribir poesía? ¿de lo que te cuentan? ¿para alguien que no conoces? Pero las palabras son mágicas, una vez que empiezas a usarlas y a jugar con ellas, se corre la voz y llegan todas en tropel a ver para qué son buenas.
La gente llega, se sienta, habla, sonríe, te dice lo maravillosa que puede ser la vida, te pregunta, llora, a veces en cuanto se sientan se les llenan los ojos de lágrimas y te cuentan cosas que no le cuenta a su médico.
Así llegó una señora. Al principio nos miró con desconfianza, como si lo que estaba sucediendo no fuera posible. Luego se sentó y me pidió algo para su hija mayor... luego hablamos por un buen rato y me contó una de esas historias duras que se te quedan atravesadas en la garganta y que brotan una vez si y otra también de los labios de muchas mujeres en este país donde ser mujer es oficio peligroso. Yo escribí y ella leyó. Cuando levantó la cara del papel tenía esa mirada de quien ve escrita su historia.
¿Y usted como se llama?, me dijo cuando nos despedimos y siguió: nunca me imaginé que me iba a escuchar una poeta y que me iban a escribir, le voy a pedir a Dios que a usted le vaya muy bien con sus libros, y se llevó mi papel como quien se lleva el importante resultado de un examen. Yo me quedé pensando en todas las veces que me han preguntado porqué hago lo que hago, de seguro debe ser por días como este, donde en medio de todo el dolor cotidiano, podemos ver la belleza en el otro.
La gente se comenzó a juntar y a preguntar: ¿toman la presión? ¿están despachando medicamento? ¿qué están regalando?. - Poemas, dijimos, y comenzamos a tener fila de espera.
La primera vez que lo hice casi entré en pánico... ¿escribir poesía? ¿de lo que te cuentan? ¿para alguien que no conoces? Pero las palabras son mágicas, una vez que empiezas a usarlas y a jugar con ellas, se corre la voz y llegan todas en tropel a ver para qué son buenas.
La gente llega, se sienta, habla, sonríe, te dice lo maravillosa que puede ser la vida, te pregunta, llora, a veces en cuanto se sientan se les llenan los ojos de lágrimas y te cuentan cosas que no le cuenta a su médico.
Así llegó una señora. Al principio nos miró con desconfianza, como si lo que estaba sucediendo no fuera posible. Luego se sentó y me pidió algo para su hija mayor... luego hablamos por un buen rato y me contó una de esas historias duras que se te quedan atravesadas en la garganta y que brotan una vez si y otra también de los labios de muchas mujeres en este país donde ser mujer es oficio peligroso. Yo escribí y ella leyó. Cuando levantó la cara del papel tenía esa mirada de quien ve escrita su historia.
¿Y usted como se llama?, me dijo cuando nos despedimos y siguió: nunca me imaginé que me iba a escuchar una poeta y que me iban a escribir, le voy a pedir a Dios que a usted le vaya muy bien con sus libros, y se llevó mi papel como quien se lleva el importante resultado de un examen. Yo me quedé pensando en todas las veces que me han preguntado porqué hago lo que hago, de seguro debe ser por días como este, donde en medio de todo el dolor cotidiano, podemos ver la belleza en el otro.
sábado, septiembre 20, 2014
Aquel top ten...
Y a causa de Alberto López Serrano y del facebú, Ricardo Tobar me nominó para pensar en un top ten de mis pelis favoritas, me acordé de mi mamá y de las sesiones de permanencia voluntaria viendo Superman... una genialidad. Al igual que con los libros o la música, no discrimino mucho, tengo algunas pelis que he visto recurrentemente y otras que no podría ver de de nuevo, aunque eso no hace ninguna diferencia al momento de escoger un top ten (escoger, qué tortura), así que acá va...1. Star Wars... todas, absolutamente todas... cada vez que tengo que hacer algo realmente difícil pienso: "que La Fuerza me acompañe" y funciona.
2. Star Trek, sobre todo la inmortal sabiduría vulcana de Spock en La ira de Khan: "El interés de muchos pesa más que el de unos pocos o el de uno mismo" y si... prefiero a Leonard Nimoy que a Zachary Quinto ¡Tor Dif smusma je!
3. Alien: el octavo pasajero. Amé a Sigourney Weaver como Ripley y esa bestia espacial es uno de mis favoritos, de verdad, trabajo consagrado del buenazo de H.R. Giger, lástima que las pelis fueron desmejorando.
4. El Señor de los Anillos...¿tengo que decir más? Todavía estoy buscando donde aprender élfico, por si alguien puede darme referencia.
5. Lilo y Stitch... mido el nivel de maldad tomando como punto de referencia el nivel de maldad de Stitch y conozco a algunas personas que superan por mucho ese nivel de maldad.
6. Kill Bill, las dos, de hecho para navidad quiero un traje amarillo y una espada hecha por Hattori Hanzo, si quieren quedar bien conmigo, ya saben. Además el final del Vol. 2 es una de las cosas más románticas que he visto en mi vida.
7. Billy Elliot. Stephen Daldry se peló.. las imágenes, la ambientación en la huelga de los mineros británicos, el manejo de los silencios, la banda sonora... en serio...
8. La leyenda de 1900. Tim Roth y esa banda sonora... ¿hace falta mayor explicación?
9. 2001 Odisea del espacio. En serio, si eres capaz de ver impasiblemente la muerte de HAL 9000, si resistes sin lágrimas la canción infantil que HAL 9000 canta mientras es desconectado, no eres humano. Creo que en ninguna parte he visto a un ser humano tan humano como esa computadora.
10. V de Vendetta... "Remember, remeber, the 5th. of november..." la novela gráfica es definitivamente más fumada, claro, el genio de Lloyd, pero la peli es digna de ver por Hugo Weaving, que también es inolvidable cuando encarna al Agente Smith y dice aquello de: Mr. Anderson...
Como cualquier lista en mi vida, esta está lejos de ser definitiva y si, está bastante influida por mi nerd interior, pero qué le vamos a hacer...
sábado, septiembre 13, 2014
Saludemos pues
Claro que me sé la oración a la bandera salvadoreña, de hecho me resulta muy simpática, sobre todo dicha por algún chiquillo de primer grado durante alguno de los lunes cívicos en un centro escolar. Hoy sin embargo, no me siento muy motivada con el azul y blanco, ni con las banderitas para automóviles, ni los anuncios que te dicen que todo está bien en nuestro maravilloso país donde todos nos creemos los mitos inventados en el siglo diecinueve, las donas están al dos por una y los capuchinos a dos por $2.50 (lo de los capuchinos me tomó por sorpresa).
No voy a volver a a enumerar la lista de males conocida por todos los que viven de este lado del país que no conocen los que salen en la tale, donde la calles y aceras jamás son uniformes y donde no eres más que una cifra, ya sea en número de muertos o en porcentaje de embarazos adolescentes, maltrato, abuso sexual o laboral jamás denunciado porque todo, desde los grafitis que marcan territorio y que miras al salir de casa, hasta las autoridades que se empeñan en invisibilizarte, todo te dice que veas, que oigas y que por tu propio bien te calles, igual eso no es garantía de que no te pase nada, prueba de eso es que a mis hijos los han asaltado los mareros y les ha pegado la policía por igual.
En ese punto dejas de ver noticieros, porque tanta impunidad presentada con tanta desvergüenza acaba por dar náusea, tanto recurso puesto al servicio de intereses exclusivamente personales, en todos los niveles y de forma tan descarada, tanto abuso de poder te da vergüenza, propia y ajena. Entonces uno se acuerda de la sabiduría de Roque: "Deberían dar premios de resistencia por ser salvadoreño" y lo menos que puede hacerse es decir algo como esto, en lugar de cantar el himno:
El Gran Despecho
País mío no existes
sólo eres una mala silueta mía
una palabra que le creí al enemigo
antes creía que solamente eras muy chico
que no alcanzabas a tener de una vez
Norte y Sur
pero ahora sé que no existes
y que además parece que nadie te necesita
no se oye hablar a ninguna madre de tí
Ello me alegra
porque prueba que me inventé un país
aunque me deba entonces a los manicomios
soy pues un diocesillo a tu costa
(Quiero decir: por expatriado yo
tú eres ex patria)
Pero al ver este paisito tan chuquito y mocoso, tan descriadito y de ojos grandes, uno comprende absolutamente cómo se puede llorar escuchando el himno nacional, dan ganas de agarrar un trapo y decirle: "vení pues" y tratar de componerlo aunque sea un poquito, aunque te muerda y aruñe, aunque no te de ni las gracias, uno entiende pues, completamente, como se puede amar y odiar tanto al mismo tiempo, así que si usted quiere saludar la patria orgulloso, dele, yo lo entiendo.
sábado, septiembre 06, 2014
Aprender... aprender... aprender...
Siempre que puedo hago taller, tomo cursos, hago clase y aunque ya sean temas "vistos", rara vez puedo decir que ya sabía todo lo que se aborda, por muy básico que el taller, curso o clase sea, tal vez vuelva a re visitar conceptos ya conocidos, pero definitivamente siempre hay algo nuevo: el tallerista que tiene un nuevo punto de vista sobre los contenidos, los compañeros y compañeras que vierten opiniones y vivencias nuevas, una misma que se sorprende pensando nuevas cosas o contradiciendo cosas que ya creía inamovibles en mi imaginario.
Tener nueva información a partir de nuevos datos o de tratar datos conocidos desde otros ángulos para generarla es absolutamente apasionante, sientes cómo tu cerebro se expande con los nuevos datos, les da vuelta, los reacomoda y de pronto, sientes cómo todo cae en su lugar y algo dentro de ti, dice: ¡ah, con que es así! De alguna forma es como regresar al laboratorio y ver que tus resultados puestos en estadística, son congruentes con la teoría que te hiciste al inicio de la investigación, es una sensación genial.
Eso ha sucedido esta semana. Entre los artículos del aula virtual de Nuevos enfoques hacia la infancia y juventud en las artes escénicas y el Taller Viaje al oficio de escritor con Jacinta Escudos, he tenido todo un flujo de nueva información que hará de Septiembre un mes sumamente interesante para mi nerd interior. Además siempre es bueno ver que ya otras personas han tenido o tienen ideas tan locas como las tuyas, eso te hace sentir menos sola.
El oficio teatral y el oficio literario comparten muchas cosas: la investigación, la imaginación, la habilidad para contar una buena historia y crear la tensión necesaria para mantener contigo al lector o al espectador y llevarlo a un viaje emocional. Desde el escenario o desde la página, organizar las acciones y las imágenes, crear el ambiente, dar vida a los personajes, quizás a personajes que nunca podrían existir más que en la imaginación, para hablar de lo que llevamos por dentro, para iluminar esas partes oscuras de nosotros que deseamos ver y reconocer, eso también es apasionante. Ese momento de incertidumbre cunado la nueva idea va tomando forma y todavía no sabes bien cuál será el resultado final y ese momento de incertidumbre, muchos meses o un par de años después, cuando enfrentas el resultado al público o al lector, eso es sin duda, sentir como fluye la vida por cada uno de tus poros.
Tener nueva información a partir de nuevos datos o de tratar datos conocidos desde otros ángulos para generarla es absolutamente apasionante, sientes cómo tu cerebro se expande con los nuevos datos, les da vuelta, los reacomoda y de pronto, sientes cómo todo cae en su lugar y algo dentro de ti, dice: ¡ah, con que es así! De alguna forma es como regresar al laboratorio y ver que tus resultados puestos en estadística, son congruentes con la teoría que te hiciste al inicio de la investigación, es una sensación genial.
Eso ha sucedido esta semana. Entre los artículos del aula virtual de Nuevos enfoques hacia la infancia y juventud en las artes escénicas y el Taller Viaje al oficio de escritor con Jacinta Escudos, he tenido todo un flujo de nueva información que hará de Septiembre un mes sumamente interesante para mi nerd interior. Además siempre es bueno ver que ya otras personas han tenido o tienen ideas tan locas como las tuyas, eso te hace sentir menos sola.
El oficio teatral y el oficio literario comparten muchas cosas: la investigación, la imaginación, la habilidad para contar una buena historia y crear la tensión necesaria para mantener contigo al lector o al espectador y llevarlo a un viaje emocional. Desde el escenario o desde la página, organizar las acciones y las imágenes, crear el ambiente, dar vida a los personajes, quizás a personajes que nunca podrían existir más que en la imaginación, para hablar de lo que llevamos por dentro, para iluminar esas partes oscuras de nosotros que deseamos ver y reconocer, eso también es apasionante. Ese momento de incertidumbre cunado la nueva idea va tomando forma y todavía no sabes bien cuál será el resultado final y ese momento de incertidumbre, muchos meses o un par de años después, cuando enfrentas el resultado al público o al lector, eso es sin duda, sentir como fluye la vida por cada uno de tus poros.
sábado, agosto 23, 2014
Mortalidad
A la dança mortal venid los nascidos
que en el mundo soes de qualquier estado;
el que non quisiere a fuerça de amidos
facerle e venir muy toste parado.
Pues ya el freire vos ha pedricado
que todos vayais fazer penitencia,
el que non quisiere poner diligencia
por mi non puede ser más esperado
(Danza Macabra. Teatro medieval)
La semana pasada ha sido la semana de la muerte, desde la muerte mediática de Robin Williams, que impacta porque ha sido y seguirá siendo uno de mis comediantes de referencia, siguiendo con la muerte de Sarbelio Henríquez, que duele por lo repentina, por sus 29 años, por todos los proyectos que faltaban, por su sonrisa inconfundible, por toda la gente que lo echa de menos; hasta la tristeza compartida por la muerte de la madre de mi querida amiga Ana Mercedes y la más reciente, la de ayer, de Mamá Mariíta y sus 108 años de vivencias y el amor profundo de su familia, esas muertes de nuestros mayores que llenan el corazón de tristeza pero que se aceptan como parte esperada de la ruta de la vida.
Y entre tanta muerte, que no son las estadísticas diarias, impersonales, frías, de la violencia nuestra de todos los días, sino fechas que marcan la partida de quienes han sido parte de nuestras historias personales, uno vuelve a caer en la cuenta que somos, como nuestros ancestros lo sabían, un grano de polvo cósmico en la inmensidad del universo, del tiempo, de la vida, aunque los ancestros digan también que el tiempo y el espacio no existen.
La vida viene a ser entonces un álbum de momentos, en el que minuciosamente coleccionamos historias para poder revisarlas entre nuestro último suspiro y el paso a lo desconocido que tanto nos incomoda, digo yo que por falta de confianza; y nada define tanto nuestra humanidad como ser conscientes de nuestra propia mortalidad.
La muerte es esa forma nuestra de medir la vida, la urgencia que rige nuestros apetitos y desesperanzas y por mucho, el ángel guardián del arte. Personalmente creo que fuera de excusas, hacemos arte para distraernos de nuestra mortalidad y para tal vez, en una de esas, despistar a Las Parcas, que son nuestras mejores musas desde el gran Nezahualcóyolt hasta las sombrías barracas de Terenzín; hacemos arte como memoria de lo irrecuperable y como olvido de nuestra mortalidad, como luz cenital sobre lo que sería si fuéramos inmortales, como intento de ser más grandes que nuestra limitada vida.
Cada quién lidia con la muerte con el capote que mejor maneja. Yo por caso, evito los funerales, no opongo resistencia a la tristeza y escribo cualquier tontería que se me venga a la cabeza, como digamos, esta entrada de blog. Porque aunque uno sepa que la vida y la muerte son alternancias, una espiral con ciclos que acaban para volver a comenzar, esa sensación de mortalidad, el transitar entre lo efímero y saber que cada momento se habrá ido para siempre, es lo que nos permite buscar la poesía de las cosas para extraer la inmortalidad que anhelamos, o en palabras del poeta-rey de Texcoco:
¿Con qué he de irme?
¿Nada dejaré en pos de mi sobre la tierra?
¿Cómo ha de actuar mi corazón?
¿Acaso en vano venimos a vivir,a brotar sobre la tierra?
Dejemos al menos flores
Dejemos al menos cantos
Nezahualcóyolt.-
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