sábado, julio 27, 2013
365 de Julio
Pasada la barrera de los 300 cuentos, me acerco al final del libro, de momento no quiero pensar en ello, cuando termine vendrá el momento de releer y corregir, entonces estaré obsesionada persiguiendo comas, puntos y acentos como si de moscas se tratara y pensaré mil y una veces si en realidad el final redondea el cuento o si hay que seguir trabajando. Mientras tanto los dejo con los cuentos de julio, que aparecieron todos los sábados en el Suplemento Tre Mil de Co Latino.
sábado, julio 20, 2013
Erratas
Carmen González Huguet, escritora salvadoreña a quien admiro y autora de "Jimmy Hendrix toca mientras cae la lluvia", una pieza teatral buenísima que está en mi lista negra de futuros montajes, ha enviado este genial texto, es tan bueno que no podía dejar de compartirlo, espero que lo disfruten tanto como yo.
¡Ah, las erratas!
¡Ah, las erratas!
Estos «piojos de las palabras», como las llamó Flaubert, se cuelan en los recovecos más insospechados y pueden lanzar por la borda una labor de creación literaria o de investigaciónJuan Morales Agüero11 de Julio del 2013
Las erratas son viejas conocidas de los escritores y los periodistas. Quienes han hurgado en el tema afirman que acechan al texto desde el debut del lenguaje escrito. De su nociva naturaleza dijo el literato español Ramón Gómez de la Serna: «Son para las palabras como enfermedades infantiles: sarampión, varicela…, que deben pasarse obligatoriamente».Tipógrafos, editores y correctores figuran entre sus presas favoritas. El empeño por exterminarlas no parece exhibir grandes progresos, pues se niegan a desaparecer. En efecto, las muy pícaras se camuflan entre vocales y consonantes y saltan como liebres en cualquier rincón del párrafo.El cronista español Andrés Henestrosa las ha sufrido muchas veces en textos propios, así que habla con conocimiento de causa. Sus palabras son concluyentes: «Ahí donde aparezca una errata, aparecerán otras, porque proliferan y se reproducen como conejas. Son tan invencibles como elocuentes; avasallan, convencen y seducen. Por eso ganan al final, quedándose».Detectarlas y eliminarlas a tiempo es una suerte de obsesión. Un sitio en Internet cuenta que un editor francés llamado Robert Etienne perseguía tanto las erratas que después de compaginar los textos de un libro, imprimir las pruebas, corregirlas y volverlas a imprimir, las colgaba en la fachada de la editorial, a la vista de los caminantes, a quienes pagaba una bonita suma por cada una que encontraran».El gran poeta chileno y premio nobel de Literatura, Pablo Neruda, las estigmatizó: «Son las caries de los renglones». Eso, quizá, porque en su libro de poemas Crepusculario alguien le enmendó un verso. Así, lo que originalmente era «Besos, lecho y pan» se publicó como «Besos, leche y pan».A la vera de estos huéspedes indeseables mostró su rostro la célebre fe de erratas. La más antigua data de 1478 y ocupa dos folios de una obra de Juvenal. Después, la Suma Teológica se editó con otra análoga, pero… ¡de 111 páginas! Amilanadas por tal plaga, las editoriales contrataron como correctores a insignes hombres de letras, como Erasmo y Shakespeare.Las erratas son universales y ubicuas. No respetan credos, ni reyes, ni Papas... Y, a propósito, el Papa Clemente XI, quien ofició entre 1700 y 1721, murió de una apoplejía cuando descubrió una errata en el primer ejemplar de sus homilías recién impresas que alguien le llevó para leer.Galería de las equivocaciones
En la antología de las erratas aparecen algunas muy simpáticas, aunque imagino que a sus víctimas no les habrá hecho ninguna gracia. Una clásica se coló en el folletín de Vicente Blasco Ibáñez titulado Arroz y tartana. La edición príncipe decía: «Aquella mañana, doña Manuela se levantó con el coño fruncido». El autor había escrito «el ceño fruncido».Otra similar contrarió al bardo español Ramón de Garciasol, quien logró incluir un poema en la muy seria revista Ínsula. Exponía: «Y Mariuca se duerme y yo me voy de puntillas». Solo que el duende de los gazapos le jugó una mala pasada y apareció: «Y Mariuca se duerme y yo me voy de putillas». Pero —¡ay!—, Mariuca era su esposa. Tengo la certeza de que al vate le resultó difícil persuadirla del equívoco editorial.Con el ilustre mexicano Alfonso Reyes las erratas devinieron ensañamiento. Él las denominó «especie de viciosa flora microbiana, siempre reacia a los tratamientos de la desinfección». Un libro suyo de poemas tenía tantas que hizo ironizar así a un crítico: «Nuestro amigo Reyes acaba de publicar un libro de erratas acompañado de algunos versos».Las erratas no respetan ni los títulos de las obras. La feria de los discretos, de Pío Baroja, se editó en la enciclopedia Espasa como La feria de los desiertos; el drama La expulsión de los moriscos se llevó a la cartelera como La expulsión de los mariscos; y la novela de Alejandro Dumas hijo llegó a publicarse como La dama de las camellas (por camelias).Erratas periodísticas
En ocasiones, una errata ha puesto de patitas en la calle a un colega distraído. Cuenta el argentino Manuel Ugarte el caso de un informador de antaño que, al ofrendar su crónica a la hija del dueño de su rotativo, garrapateó: «Basta escribir su nombre, Mercedes, para que se sienta orgullosa la tinta». Solamente que en lugar de tinta, se publicó tonta.Al académico francés Flavigny no le fue mejor, en 1648, al escribir en una glosa teológica la conocida frase del Evangelio de San Mateo: «¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano y no echas a ver la viga que está en tu propio ojo?». Esto, en latín, reza: «¿Quid vides festucam in oculo fratis tuis et trabem in oculo tuo non vides?».Un burlón reseñó así el infeliz dislate: «En la palabra oculo el duende escamoteó misteriosamente la o inicial, pasando en la frase el papel del ojo a otra parte del cuerpo humano…».A pesar de lo involuntario del hecho, el escándalo que originó el desliz fue colosal. La comunidad académica no perdonó aquel desacierto que casi desacredita para siempre a uno de sus miembros entre sus propios colegas de oficio.A veces la mera ausencia de una tilde puede provocar el caos. Como aquel diario que publicó un clasificado donde se solicitaba «una secretaria con ingles», en lugar de «con inglés». Otro caso: en una crónica teatral, el chupatintas rasgueó: « El exquisito gusto de la autora es bien conocido por todos sus amigos». Solo que, donde decía gusto, salió publicado busto. ¡Vaya revuelo el que armó el marido!En una gacetilla, alguien escribió «lúgubre viaje». Pero se lo cambiaron por «legumbres viejas». Y como si eso no hubiera resultado suficiente, al final del texto dijo, poético: «Hay una humedad de sal mojándonos las ojeras». Sin embargo, se la variaron por «hay una humedad de sol mojándonos las orejas».En materia de titulaje, los disparates no han sido menores. Un periódico canario encabezó así un suelto relacionado con cierta enfermedad bovina: «Las vascas locas», cuando debió decir «Las vacas locas». Tan pronto se enteraron, las féminas de esa región de España pusieron el grito en el cielo.Otras erratas periodísticas divertidas son la del «Banco Español de Cerdito» (por crédito); la dama que lanzaba a su amado miradas de «apasionada ternera» (por ternura); la demanda de trabajo en la que se buscaba a alguien capaz de cuidar «persianas mayores» (por personas); o el «libro de Pitágoras» de un buque para designar el libro de bitácora; o el santoral que anunciaba el Día de la Purísima Virgen, pero la r se cambió por una insultante t… ¡y se armó la grande!Otras manifestaciones
Un aragonés nombrado Ángel Mostajo se tomó la molestia de revisar a fondo todas las entradas del Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), en su edición 21, de 1992. Y vaya sacrilegio, localizó en sus páginas imprecisiones diversas, errores de imprenta, definiciones incongruentes o «meramente machismos o racismos heredados de ediciones anteriores».Sin la intención de lastimar la dignidad de los académicos a cargo del popular texto, el investigador halló 163 erratas. Las comentó y las envió a la RAE. Desde allá le agradecieron su acuciosidad y paciencia, que lo llevaron a leerse toda la obra. La edición 22 (2001) del DRAE subsanó las erratas.En fin, que las erratas —«piojos de las palabras», según Flaubert— se cuelan en los recovecos más insospechados y pueden lanzar por la borda una labor de creación literaria o de investigación. Vuelvo a convocar a Alfonso Reyes:«A la errata se la busca con lupa, se la caza a punta de pluma, se la aísla y se la sitia con cordón sanitario y a última hora, entre las formas ya compuestas, cuando ruedan los cilindros sobre los moldes ya entintados, ¡hela que aparece, venida quién sabe dónde, como si fuera una lepra connatural del plomo! Y luego tenemos que parchar nuestros libros con ese remiendo del pegado que se llama fe de errata, verdadera concesión de parte y oprobio sobre oprobio».¡Solavayan las erratas!
sábado, julio 13, 2013
Hora de almuerzo
Caminar por el Distrito 1, Distrito Centro Histórico de San Salvador o como le dicen: El Centro... Salir a las doce y tres minutos del Teatro Nacional de San Salvador y meterse de cabeza en un mar de caos, esquivar carretillas de tomates, manzanas y zapatos, zambullirse en media docena de ruidos, mezcla de altoparlantes que ofrecen cosas por dos coras, gritos de cobradores de microbús, ofertas de chips de celulares, bocinas, mujeres de risa escandalosa y sobre todo, como una línea melódica maldita, el infaltable: barata la uva, lleve la uva dulcita y cholotona, libra y media por el dólar, libra y media por el dólar, uva dulcita y cholotona, barata la uva... más pegajoso y cansador que canción de regetón en el microbús de la mañana. Caminar. Caminar y levantar la mirada para que el ojo se llene de la maravillosa arquitectura del Centro, salvada de milagro de al menos cuatro o cinco terremotos y acordarme de mi abuela que contaba el tiempo por desgracias: la erupción de El Jabalí, el incendio de Catedral, la muerte de Monseñor, la ofensiva del ochenta y uno, el deslave de Montebello, el terremoto del ochenta y seis, la muerte de Tío Paulino, la ofensiva del ochenta y nueve... como si el tiempo fuera una línea ininterrumpida desde un dolor personal o colectivo, al siguiente y al siguiente, hasta que nos toque a nosotros mismos quedarnos sin memoria... esa forma de contar es contagiosa, a veces me descubro a mí misma dando como referencia el terremoto del ochenta y seis.
Caminar por El Centro y meterse al Bella Nápoles a ver por la ventana y tomarse un capuchino rociándole azúcar por encima a la espuma para tomarla con la cuchara hasta vaciar la taza de espuma por completo y ver de nuevo por la ventana e imaginar si la gente que se ve será alguna vez material para el próximo cuento y acordarse que el Bella Nápoles así como el Teatro están habitados de fantasmas. Caminar. Salir del Bella Nápoles y llegar hasta la venta de libros usados frente al Parque San José y repasar los títulos con la esperanza de toparse con algún tesoro desconocido, pagar tres dólares por Final de Juego, de Cortázar y salir con los ojos y la nariz hinchada de alergia por el polvillo de los viejos libros, pero alegre y requete alegre por el nuevo libro viejo.
Caminar rápidamente por el centro para llegar antes de la una. Pensar en que tengo cuatro libros más en la lista de espera. Evadir niños, perros y vendedores de lotería. Pensar en que tengo que escribir un par de guiones y el cuento número 300 de 365. Llegar a la puerta del Teatro. Pensar en las reuniones de la tarde. Caer en la cuenta que no almorcé.
Caminar por El Centro y meterse al Bella Nápoles a ver por la ventana y tomarse un capuchino rociándole azúcar por encima a la espuma para tomarla con la cuchara hasta vaciar la taza de espuma por completo y ver de nuevo por la ventana e imaginar si la gente que se ve será alguna vez material para el próximo cuento y acordarse que el Bella Nápoles así como el Teatro están habitados de fantasmas. Caminar. Salir del Bella Nápoles y llegar hasta la venta de libros usados frente al Parque San José y repasar los títulos con la esperanza de toparse con algún tesoro desconocido, pagar tres dólares por Final de Juego, de Cortázar y salir con los ojos y la nariz hinchada de alergia por el polvillo de los viejos libros, pero alegre y requete alegre por el nuevo libro viejo.
Caminar rápidamente por el centro para llegar antes de la una. Pensar en que tengo cuatro libros más en la lista de espera. Evadir niños, perros y vendedores de lotería. Pensar en que tengo que escribir un par de guiones y el cuento número 300 de 365. Llegar a la puerta del Teatro. Pensar en las reuniones de la tarde. Caer en la cuenta que no almorcé.
sábado, julio 06, 2013
365. Junio
Leo todos los cuentos que aparecieron en los suplementos Tres Mil de junio, es curioso como todos estos cuentos aparecen seis meses después de haberlos escrito... una especie de época navideña tropical y con seis meses de adelanto o retraso, según... en este momento estoy llegando casi a los 300 cuentos, dentro de poco tendré que poner el punto final del número 365 y llegará el momento de volver sobre ellos, corregir, perseguir comas y puntos, pelear conmigo misma para entender que se hace lo mejor que se puede, que el cuento debe emprender el viaje y hay que verlo viajar desde esta orilla. El Tres Mil ha sido un excelente espacio de investigación para estos pequeños cuentos que he ido recogiendo dentro y fuera de mí, por las calles de la capital del paisito que a veces parece una ficción más exuberante que cualquier cuento.
sábado, junio 22, 2013
La Seño
Cuando yo era una niña quería ser como mi mamá: profesora. Mi mamá es maestra normalista, es decir, su formación como profesora la recibió en la Escuela Normal España, donde se formaban las maestras, los maestros se formaban en la Escuela Normal Alberto Masferrer y debió ser una experiencia muy completa, porque no he conocido profesores con tanta vocación, actitud y orgullo por su profesión como los normalistas, Las escuelas normales cerraron en los ochentas, después de unos 120 años de existencia y de formar a gente muy consciente de la responsabilidad que tenían en modelar a los ciudadanos y ciudadanas de este paisito que a veces tantos sustos y disgustos nos da.
Mi mamá consiguió su primera plaza en una escuela rural en un cantón de Ilobasco, en el central departamento de Cabañas, bajo la tutela de la Niña Dona, una profesora, como dice mi mamá: de la vieja guardia, una mujer íntegra que terminó de formar en ella una ética y un respeto por su vocación, admirables. Caminaban kilómetros del pueblo al cantón y viceversa y de una casa a otra, examinando los dientes de los niños y niñas: - si les faltan los de adelante, ya tienen edad para ir a la escuela, aunque se vean chiquitos y la mamá le diga que no tienen la edad, le decía la Niña Dona a mi mamá y ella aprendió también a negociar y a convencer a los papás de los niños y sobre todo de las niñas, para que los dejaran ir "con las señoritas".
Aunque luego se trasladó a Soyapango, a la Escuela Guadalupe, la Señorita Sonia seguía yendo de vacaciones al pueblo de Ilobasco, porque le tomó un cariño que solo se le puede tomar a los lugares donde una ha aprendido cómo Vivir. De Ilobasco recuerdo los intensos colores desperdigados en un suelo de alfombras bajo el increíble calor de Semana Santa, las torrejas con dulce de panela en lugar de azúcar blanca, las pozas donde a diferencia de las piscinas sí podía meterme, porque no tenían cloro y mis incontables alergias no se alborotaban, las gallinas picoteando escandalosamente sobre un patio de piedras de río, negras y lisas, lustradas por incontables lluvias y los techos de tejas que siempre parecían guardar los espantos de los que hablaban por las noches a la luz de las velas, recuerdo también una caminata de noche con paisaje oscuro iluminado por una enorme luna blanca y redonda, cuando un garañón que andaba suelto nos siguió con un trotecito que nos puso nerviosas durante un largo trecho, hasta que se detuvo de golpe y relinchando, levantó sus patas delanteras hacia la enorme luna. - ¡Jesús! - dijo la Niña Dona y se santiguó tres veces y todo el mundo tuvo la sensación que algún extraño espíritu nos había acompañado por el camino nocturno.
Mi mamá fue durante muchos años la Señorita Sonia en salones y pasillos, con chiquillos de primaria y jovencitos rebeldes en consejería, con niños tercamente callados y niños mortalmente hiperactivos del aula de educación especial y después de jubilarse lo siguió siendo en la colonia donde un rótulo a la entrada de nuestro departamento todavía anuncia que se dan clases a niños con problemas de aprendizaje, creo que para ella es tan impensable dejar de enseñar como lo es para mí pensar que algún día pueda jubilarme de la literatura y el teatro.
Hoy nos felicitamos mutuamente por el día del maestro y aunque yo disfruto enormemente de aprender junto a mis alumnos de teatro, de literatura y de creatividad, sé que todavía me falta mucho para llegar a ser como esas Seños de la vieja guardia. Todavía hoy mi mami recibe visitas de señoras que le dicen a sus hijos: mirá, ella es mi Seño. En mi vida he tenido muchos profesores y varios maestros y estoy muy agradecida sobre todo con mis maestros por cada una de sus enseñanzas, creo que compartir el aprendizaje me ha ayudado a ser más consciente porque cuando enseñas algo tienes la delicada misión de hacer crecer semillas de espíritu en las almas que se ponen bajo tu cuidado, es una gran responsabilidad no echar a perder nada, por eso cuando yo sea grande, quiero ser como mi mamá.
Mi mamá consiguió su primera plaza en una escuela rural en un cantón de Ilobasco, en el central departamento de Cabañas, bajo la tutela de la Niña Dona, una profesora, como dice mi mamá: de la vieja guardia, una mujer íntegra que terminó de formar en ella una ética y un respeto por su vocación, admirables. Caminaban kilómetros del pueblo al cantón y viceversa y de una casa a otra, examinando los dientes de los niños y niñas: - si les faltan los de adelante, ya tienen edad para ir a la escuela, aunque se vean chiquitos y la mamá le diga que no tienen la edad, le decía la Niña Dona a mi mamá y ella aprendió también a negociar y a convencer a los papás de los niños y sobre todo de las niñas, para que los dejaran ir "con las señoritas".
Aunque luego se trasladó a Soyapango, a la Escuela Guadalupe, la Señorita Sonia seguía yendo de vacaciones al pueblo de Ilobasco, porque le tomó un cariño que solo se le puede tomar a los lugares donde una ha aprendido cómo Vivir. De Ilobasco recuerdo los intensos colores desperdigados en un suelo de alfombras bajo el increíble calor de Semana Santa, las torrejas con dulce de panela en lugar de azúcar blanca, las pozas donde a diferencia de las piscinas sí podía meterme, porque no tenían cloro y mis incontables alergias no se alborotaban, las gallinas picoteando escandalosamente sobre un patio de piedras de río, negras y lisas, lustradas por incontables lluvias y los techos de tejas que siempre parecían guardar los espantos de los que hablaban por las noches a la luz de las velas, recuerdo también una caminata de noche con paisaje oscuro iluminado por una enorme luna blanca y redonda, cuando un garañón que andaba suelto nos siguió con un trotecito que nos puso nerviosas durante un largo trecho, hasta que se detuvo de golpe y relinchando, levantó sus patas delanteras hacia la enorme luna. - ¡Jesús! - dijo la Niña Dona y se santiguó tres veces y todo el mundo tuvo la sensación que algún extraño espíritu nos había acompañado por el camino nocturno.
Mi mamá fue durante muchos años la Señorita Sonia en salones y pasillos, con chiquillos de primaria y jovencitos rebeldes en consejería, con niños tercamente callados y niños mortalmente hiperactivos del aula de educación especial y después de jubilarse lo siguió siendo en la colonia donde un rótulo a la entrada de nuestro departamento todavía anuncia que se dan clases a niños con problemas de aprendizaje, creo que para ella es tan impensable dejar de enseñar como lo es para mí pensar que algún día pueda jubilarme de la literatura y el teatro.
Hoy nos felicitamos mutuamente por el día del maestro y aunque yo disfruto enormemente de aprender junto a mis alumnos de teatro, de literatura y de creatividad, sé que todavía me falta mucho para llegar a ser como esas Seños de la vieja guardia. Todavía hoy mi mami recibe visitas de señoras que le dicen a sus hijos: mirá, ella es mi Seño. En mi vida he tenido muchos profesores y varios maestros y estoy muy agradecida sobre todo con mis maestros por cada una de sus enseñanzas, creo que compartir el aprendizaje me ha ayudado a ser más consciente porque cuando enseñas algo tienes la delicada misión de hacer crecer semillas de espíritu en las almas que se ponen bajo tu cuidado, es una gran responsabilidad no echar a perder nada, por eso cuando yo sea grande, quiero ser como mi mamá.
domingo, junio 16, 2013
Don Cheyo
Mi abuelo era Don Cheyo Mejía, había nacido en Chalatenango, en un pueblo que conocí hace unos seis años, de gira por Chalatenango, mientras desempacábamos las mochilas para prepararnos a montar un espectáculo de malabares para una fiesta patronal, alguien dijo que estábamos en Nombre de Jesús, en cuyos cantones mi abuelo decía que todos los problemas de linderos se arreglaban machete en mano.
Don Cheyo Mejía se había venido a la capital cuando se quedó sin papá debido a que se había caído de su montura, aquí fue portero del Juventud Olímpica, eso me lo contaba cuando yo le preguntaba porqué tenía los dedos así, entonces me contaba lo de las articulaciones de los dedos pulgares dislocadas por incontables paradas ante el arco y en un año que nunca supe cuál fue, estuvo en la Selección Nacional de El Salvador.
Después de cabalgar por los potreros de Chalatenango, cualquier departamento de un edificio multifamiliar en Soyapango es y será un espacio muy reducido, por eso siempre se sentaba junto a la ventana a ver para la calle, viéndolo aprendí que a veces la gente mira hacia otro lugar que al lugar donde está viendo; allí en ese lugar hablaba siempre de tres cosas: fútbol, militares (había sido ordenanza de la maestranza de la Fuerza Armada entre otros muchos oficios) y las enormes selvas que salían en las fotografías de las revistas de National Geographic, esas revistas y las Selecciones del Reader's Digest de mi abuela eran las increíbles lecturas de los siete años, cuando todavía no decidía si iba a ser antropóloga o arqueóloga.
A Don Cheyo lo conocían por su nombre una multitud de personas en kilómetros a la redonda y saludar y despedirse le tomaba la mitad del tiempo en su recorrido del Mercadito a la casa. Cuando se fracturó la pierna y gracias a las atenciones del Hospital Rosales jamás pudo sanar bien del todo, se quedaba a la salida del pasaje y la procesión cotidiana lo saludaba como quien saluda al cacique local, muchas veces en mi vida he querido tener ese don de gentes, pero hay cosas de las que solo se puede ser testigo.
Fueron sus cuentos de miedo en las noches de los ochentas cuando los bombardeos nos dejaban sin luz, los que me produjeron la fascinación por contar historias, realmente era espeluznante pero mis primas y yo no podíamos dejar de escucharlo, aunque sabíamos que luego no íbamos a querer ir a ningún lado en la oscuridad.
Con mi abuelo nuestra infancia estuvo salpicada de rancheras y corridos después del baño, imaginarios campos de un mítico lugar llamado Chalatenango, deliciosa comida casera hecha siempre con muy poco, juegos de fútbol unisex e historias de militares, sobre todo aquellas que comenzaban con: "en tiempos de Mi General Martínez..."
Esta es una de las primeras canciones de las que tengo memoria que me hayan cantado para dormir, con ella quiero darle a Don Cheyo Mejía, en donde está ahora, un feliz día del padre.
Don Cheyo Mejía se había venido a la capital cuando se quedó sin papá debido a que se había caído de su montura, aquí fue portero del Juventud Olímpica, eso me lo contaba cuando yo le preguntaba porqué tenía los dedos así, entonces me contaba lo de las articulaciones de los dedos pulgares dislocadas por incontables paradas ante el arco y en un año que nunca supe cuál fue, estuvo en la Selección Nacional de El Salvador.
Después de cabalgar por los potreros de Chalatenango, cualquier departamento de un edificio multifamiliar en Soyapango es y será un espacio muy reducido, por eso siempre se sentaba junto a la ventana a ver para la calle, viéndolo aprendí que a veces la gente mira hacia otro lugar que al lugar donde está viendo; allí en ese lugar hablaba siempre de tres cosas: fútbol, militares (había sido ordenanza de la maestranza de la Fuerza Armada entre otros muchos oficios) y las enormes selvas que salían en las fotografías de las revistas de National Geographic, esas revistas y las Selecciones del Reader's Digest de mi abuela eran las increíbles lecturas de los siete años, cuando todavía no decidía si iba a ser antropóloga o arqueóloga.
A Don Cheyo lo conocían por su nombre una multitud de personas en kilómetros a la redonda y saludar y despedirse le tomaba la mitad del tiempo en su recorrido del Mercadito a la casa. Cuando se fracturó la pierna y gracias a las atenciones del Hospital Rosales jamás pudo sanar bien del todo, se quedaba a la salida del pasaje y la procesión cotidiana lo saludaba como quien saluda al cacique local, muchas veces en mi vida he querido tener ese don de gentes, pero hay cosas de las que solo se puede ser testigo.
Fueron sus cuentos de miedo en las noches de los ochentas cuando los bombardeos nos dejaban sin luz, los que me produjeron la fascinación por contar historias, realmente era espeluznante pero mis primas y yo no podíamos dejar de escucharlo, aunque sabíamos que luego no íbamos a querer ir a ningún lado en la oscuridad.
Con mi abuelo nuestra infancia estuvo salpicada de rancheras y corridos después del baño, imaginarios campos de un mítico lugar llamado Chalatenango, deliciosa comida casera hecha siempre con muy poco, juegos de fútbol unisex e historias de militares, sobre todo aquellas que comenzaban con: "en tiempos de Mi General Martínez..."
Esta es una de las primeras canciones de las que tengo memoria que me hayan cantado para dormir, con ella quiero darle a Don Cheyo Mejía, en donde está ahora, un feliz día del padre.
sábado, junio 08, 2013
Herido de amor huido...
Esta era una vez, en el año que peleaba por que no me hicieran fiesta rosa y me entusiasmaba esa extrema soledad que traslucían las páginas de Sábato, mientras tecleaba torpemente en mi reluciente máquina de escribir Remington portátil color celeste que mi madre había pedido a mi tío, porque su salario de maestra no alcanzaba para esos lujos y para mí era cosa de vida o muerte y me parecía que lo más apropiado de la vida era despreciar a cabalidad la cursi poesía amorosa y dedicar mis aporreos tecleadores a reflexionar sobre lo terrible, cruel y descorazonadora que la vida puede ser a los quince años, érase entonces, digo, cuando en mis recreos invertidos íntegramente en la biblioteca del colegio franciscano donde estudiaba, abandoné los libros de Martirologio que me proveían de estupendas historias de terror para repetírmelas en mis recién estrenados insomnios y pasé a otro estante con la viñeta "Poesía", había un tomo grueso, empastado en ocre que parecía uno de esos libros religiosos que me encantaban, quizás por eso lo agarré, quizás por eso lo abrí en cualquier página y entonces esa imagen me dio un golpe de esos que te dejan atontada y te hacen pestañear:
Los caballos negros son.
Las herraduras son negras.
Sobre las capas relucen
manchas de tinta y de cera.
Tienen, por eso no lloran,
de plomo las calaveras.
El Romance de la Guardia Civil Española. Contundente. El tipo era contundente y lo mejor es que usaba las mismas palabras que usarías para sostener una charla con un amigo. Era y es desde entonces, Federico de mi corazón, alma mía de mi pena, pañito de lágrimas, palmas para compañía y la razón de que a una edad en que había dado al mundo por perdido, comenzara a interesarme la poesía de amor.
Luego vino el teatro y la mayoría de sus obras están en mi lista negra, llevo dos demonios exorcizados hasta el momento y espero que en el futuro sean más. De hecho este mes celebro el doble cumpleaños de Lorca y El TIET (el 5 de junio), este viernes 28 de junio, a las 6:30 p.m. celebraremos el octavo aniversario del TIET, presentando una obra que fue mi fijación durante algunos años hasta que pude llevarla a las tablas: "Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín", disfruté mucho el montarla y los versos que Perlimplín recita al final del segundo cuadro, me parecen de los más bellos que he leído:
Amor, amor
que estoy herido.
Herido de amor huído,
herido,
muerto de amor.
Decid a todos que ha sido
el ruiseñor.
Bisturí de cuatro filos,
garganta rota y olvido.
Cógeme la mano, amor,
que vengo muy mal herido,
herido de amor huido,
¡herido!
¡Muerto de amor!
Ojalá vea a muchos de ustedes por allí, para compartir El Duende y La Luna.
Los caballos negros son.
Las herraduras son negras.
Sobre las capas relucen
manchas de tinta y de cera.
Tienen, por eso no lloran,
de plomo las calaveras.
El Romance de la Guardia Civil Española. Contundente. El tipo era contundente y lo mejor es que usaba las mismas palabras que usarías para sostener una charla con un amigo. Era y es desde entonces, Federico de mi corazón, alma mía de mi pena, pañito de lágrimas, palmas para compañía y la razón de que a una edad en que había dado al mundo por perdido, comenzara a interesarme la poesía de amor.
Luego vino el teatro y la mayoría de sus obras están en mi lista negra, llevo dos demonios exorcizados hasta el momento y espero que en el futuro sean más. De hecho este mes celebro el doble cumpleaños de Lorca y El TIET (el 5 de junio), este viernes 28 de junio, a las 6:30 p.m. celebraremos el octavo aniversario del TIET, presentando una obra que fue mi fijación durante algunos años hasta que pude llevarla a las tablas: "Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín", disfruté mucho el montarla y los versos que Perlimplín recita al final del segundo cuadro, me parecen de los más bellos que he leído:
Amor, amor
que estoy herido.
Herido de amor huído,
herido,
muerto de amor.
Decid a todos que ha sido
el ruiseñor.
Bisturí de cuatro filos,
garganta rota y olvido.
Cógeme la mano, amor,
que vengo muy mal herido,
herido de amor huido,
¡herido!
¡Muerto de amor!
Ojalá vea a muchos de ustedes por allí, para compartir El Duende y La Luna.
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