miércoles, junio 06, 2018

Tres

Fue hace ocho o nueve años, el Tiet apenas tenía cinco de haber comenzado su travesía teatral y estábamos hablando con Rubidia Contreras en el Teatro Nacional, después de alguna presentación o conversatorio o algo en lo que nos encontramos y comenzamos a hablar de teatro y terminamos hablando del período del conflicto armado salvadoreño y de repente ella dijo: "habría que hacer algo de eso" y yo dije: "si... si yo escribo ¿vos actuás?" y así, como si fuera la escena final de Casablanca: ese fue el principio de una gran amistad.
Muchas cosas han pasado en estos años, dos obras más llegaron, porque queríamos abordar las memorias del conflicto desde muchas miradas, no solamente desde lo que se acostumbra, sino también desde la población civil que se vio en medio de una guerra que muchas veces no alcanzaba a comprender a cabalidad, desde la nostalgia de lo que se perdió o de lo que nunca fue y desde la amarga decepción e impotencia desde dónde muchas veces vemos nuestro presente. De allí fueron surgiendo los personajes, desde allí fueron hablando, fueron llenando la página en blanco y el espacio vacío.
El proceso ha tenido muchas cosas interesantes: que dos grupos se reúnan alrededor de una misma temática una y otra vez, como dos primos que se encuentran y se miran crecer a través del tiempo, que pudiéramos hablar con los más jóvenes de nuestros grupos y reflexionar sobre nuestra memoria, o sobre nuestro presente, que buscáramos hacer un teatro salvadoreño desde el tema, el lenguaje, los personajes hasta la puesta en escena, que pusiéramos en común nuestros recursos de todo tipo, para poder sacar adelante uno a uno estos tres montajes.
Santa María de la espera está llena de las imágenes de la religiosidad de mi infancia, de la presencia de los muertos, ese pensamiento mágico tan nuestro, donde los vivos y los espíritus conviven como la cosa más normal, donde no se está dispuesto a dejar de esperar El Milagro, porque la esperanza es lo único que hace soportable el cotidiano.
En Ninpha los elementos escenográficos se van simplificando, la nostalgia por el mundo perdido, quizás por el mundo que nunca se tuvo pero que aún así es la pérdida, tal vez la pérdida de la utopía.
Y el vacío de 21, el estar atrapado, la muerte al final de las cosas.
El estreno de 21 será como llegar al final de una etapa del viaje, en el mes de nuestro cumple número 13, es decir, nuestro grupo va entrando a la adolescencia y a ver qué tal nos va con eso. Me gusta la idea de poder juntar estos tres montajes, presentarlos uno tras otro, darnos cuenta de cómo hemos ido creciendo y cambiando en las formas de escribir, de hacer, de ser teatro, cómo ha ido variando también nuestra mirada sobre lo que creíamos y creemos, sobre la realidad que soñábamos y la realidad que vivimos en el cotidiano, sobre lo proyectado y lo cumplido, sobre lo que reflexionamos en la escena. Sobre la vida, pues.
Y en este momento de incertidumbre, en este momento de absoluto vacío y vulnerabilidad que me sucede siempre antes de ver la obra en escena, no puedo menos que agradecer a todos los compañeros de viaje: actores y actrices, directora, productores, coreógrafo... a todos los que se han atrevido a soñar este camino de casi una década que pronto va a llegar a una nueva estación.



miércoles, mayo 16, 2018

Des-madres

Mayo tiene dos cosas: el día de las madres y el aniversario de nacimiento y muerte de Roque Dalton.
Roque nació el 14 de mayo de 1935, es decir que el lunes 14 estuvo cumpliendo 83 años y fué asesinado cuatro días antes de cumplir los 40 y ya que estamos sacando cuentas, este fué el 43 aniversario de su asesinato y sigue desaparecido porque sus asesinos, sus ex-camaradas,  uno de los cuales ostenta un cargo de servidor púbico en el gobierno de turno, se niegan a decir dónde tiraron su cuerpo, mientras continúa el eco de la famosa frase "errores de juventud" o casi que como diría el inolvidable comediante santaneco  Aniceto Porsisoca: "uno de cipote es tonto" y así se van pasando porque a papá estado le da pereza preguntar... si hay algo que me intriga más que esos comerciales del día de la madre, donde todas las mujeres salen tan lindas y frescas, como si no se hubieran desvelado jamás en la vida y estuvieran allí nada más que para recibir  el último electrodoméstico de regalo que hará más estupenda su vida, si hay algo que me intrigue más que eso, es el hecho de pensar ¿A quién diablos se le podría ocurrir matar a alguien el día de la madre?
Y es que no fue que hubo un enfrentamiento y en el tiroteo mataron al tipo, no. Tuvieron tiempo de decidirlo, de organizarlo... ¿No podían haberlo dejado para otro día? Es que mira que es algo macabro, el tipo puede ser un peligro o puede caerte más mal que golpearte el dedo pequeño del pié en la esquina del gavetero al no más levantarte en la mañana, es más, podría ser que el tipo sea el más hijueputa de todos, pero aún así será hijo de alguien y bonito regalo pues, de esas cosas en las que parecemos ser especialistas en nuestro país imaginado.
Hace un año por estas mismas fechas vi, creo que en un libro, una foto de Roquito vestido como de comunión porque como dijo Exupéry: "Todas las personas mayores han sido primero niños. (Pero pocos lo recuerdan)" e inmediatamente pensé en doña María García, la mamá de Roque, viendo por la ventana y preguntándose: "Dónde estará este muchacho", porque para las mamás no importa los casi cuarenta que se tengan o sobrepasen, uno siempre es un muchacho al que hay que recordarle que no coma solo chucherías y que duerma bien... pensé también en su Aída, fusilando la noche y guardando a los hijos en el hogar lejano. Pensé en este pequeño país de mujeres que esperan hijos, hijas, esposos, padres, madres, respuestas. Pensé que es terrible pasarse toda la vida esperando lo que uno sabe muy en el fondo que es cierto, pero que se necesita escuchar. Somos un país de desaparecidos en la niebla de la impunidad y personas que esperan viendo por la ventana de los días. Roque Dalton es uno de esos retratos imborrables de la impunidad en nuestro país. Pensé en lo terrible que es esperar a alguien que desaparece y en el alivio que produce saber adónde hay que llevar las flores... eso lo sé por experiencia. Pensé en los personajes que he escrito sobre esa imagen y en los que estoy escribiendo en estos días: eso tiene escribir, tenés esa imagen recurrente que te mantiene despierta en la noche y no queda más que escribirlo hasta sacarse todo lo que duele, o al menos intentarlo.
Pienso en la mamá de Roque, pienso en cómo se vive después de recibir un regalo tan macabro de día de las madres y entonces recuerdo que las madres de los anuncios muchas veces no tienen que ver con las madres que veo todos los días en mi colonia, o en el bus, o en las comunidades que visito, o en el penal o en la página roja de la noticia cotidiana o en las que me imagino al ver las páginas fotocopiadas, pegadas en los postes de la luz, preguntando por fotografías de adolescentes que fueron vistos por última vez en tal fecha... esas madres seguro a la fecha de hoy siguen en las ventanas, esperando.


domingo, abril 22, 2018

La hora del gato

El miércoles pasado operaron al Niche de su oreja izquierda, así que como chucho convalesciente que es, no ha salido a su ronda matutina en todo este tiempo.
Descubro que salir a caminar sin el Niche a las 4:00 a.m. tiene menos gracia. Es cierto que  mi brazo descansa de los jaloneos que terminan de sacudirme el sueño del cuerpo y el espíritu y ahora puedo detenerme lo suficiente como para saludar al viejo almendro de río que hay antes del taller y darle un abrazo con calma sin que me lleven en volandas por haberme tardado más de lo debido.
Sin embargo, hay cosas que se extrañan.
Salimos a la hora del gato. A esta hora los gatos del vecindario hacen su ronda antes de regresar a sus casa a dormir como criaturitas inocentes, para luego exigir a sus dueños el desayuno. Salir a la hora del gato es un riesgo calculado, pero los gatos son expertos maestros del camuflaje. Hay mañanas en las que el Niche no se da cuenta que esa piedra jaspeada frente a él no es una piedra, hasta que hemos pasado y entonces el gato nos mira con ojos burlones, mueve su cola y camina tranquilamente en dirección contraria a la nuestra. En otras, un gato blanco y negro camina en paralelo y en dirección contraria a nosotros, a una distancia prudente y sin quitarnos la vista de encima, hasta que está seguro que el perro frente a él no podrá alcanzarle y entonces se queda parado un momento viéndonos, antes de hacer una especie de mueca burlona y salir corriendo a todo lo que dan sus patas, que en un gato es bastante.
De todos los memorables adversarios gatunos de mi canino amigo, hay un gato en especial que vive en una casa al pie de la cuesta. Tiene un modus operandi admirable. Es el gato de los sábados.
Los sábados bajamos más tarde, a las 6:00 a.m. Antes de marcharme a mi clase de masaje, bajo a comprar pupusas para el desayuno. Un par de casas antes de la pupusería, este gato atigrado nos espera sentado pacientemente justo en la reja de entrada de su casa, entrecierra los ojos mientras nos ve bajar y cuando estamos a un par de pasos y el Niche piensa que esta vez logrará ponerle las patas encima, el muy bandido atraviesa la reja y sube tres escalones para quedarse de nuevo sentado, con una especie de beatífica sonrisa burlona cercana al modo zen,  que le acaba la paciencia a mi nada paciente compañero canino, quien mete el hocico por la reja, tratando de alcanzar al taimado minino. El gato levanta despacio una pata y sin dejar de vernos amenaza subir un escalón más, con lo que el Niche comienza a ladrar. Como si aquello le causar una gracia indescriptible, el fulano gato, muy despacio, en realidad muy despacio, coloca la pata en el siguiente escalón y sube las doce gradas restantes y desde la última, voltea, se sienta y se lame la pata derecha con deleite,mientras nos mira de soslayo con su burlona sonrisa gatuna, mientras el Niche desespera.
Creo que este sábado, cuando baje a la pupusería sin el Niche, el felino acechante se quedará con un palmo de narices y entonces sin quitarle la vista de encima,  me reiré entre dientes pensando que quien ríe al último, aunque no sea gato, ríe mejor.
Solo espero que mi estoica mascota se recupere pronto y bien de su operación, para poder continuar con nuestras correrías matutinas.

miércoles, enero 31, 2018

Inducción del buen ciudadano

Imagen de Steve Cutts

 El buen burócrata dijo entonces:
"Si, hijo mío, el salario... el salario sagrado debe resguardarse a cualquier costa, nada hay más importante que él, excepto la migaja de poder que en ocasiones se recibe de la mesa de las personas importantes. Si el salario nos hace mover la cola, por la migaja de poder debes sin duda pararte en dos patas y hacer cabriolas, rodar extasiado por el piso y cantar loas a las bondades de los poderosos. También debes tener cuidado con pensar, no necesitas pensar, necesitas el salario sagrado, pensar no solamente es accesorio, está mal visto y puede ser francamente peligroso. Si aún así no puedes evitarlo, guárdate tus pensamientos para tí".
Dijo el buen burócrata, haciendo un gesto de asco que deformó su abundante papada. 
"Mueve la cola, siempre, pero asegúrate de que tu voz solo se oiga cuando te lo dicen, una palabra mal colocada, un tono de voz destemplado, incluso medio decibel de volumen fuera del siseñornoseñor susurrado con voz dulce y melancólica, pueden ser peligrosos cuando estás delante de los poderosos, guárdatelo para  los de la cola al otro lado del mostador o del escritorio, para los que pueden escucharte vociferar mientras extienden tímidamente el documento de turno, no te olvides de demostrarles quien lleva la sartén por el mango en el ínfimo reino de tu migaja de poder. Delante de los poderosos siseñornoseñor, con leve inclinación de cabeza, leve, si la agachas mucho perderás la perspectiva y no sabrás si están afilando la guillotina delante de tí.
Pero el salario sagrado, hijo, el salario sagrado que debes ya en cuotas repartidas entre todos los que te venden la ilusión de felicidad a plazos, ese debes cuidarlo con uñas y dientes, debes afilarte los colmillos y ensayar delante del espejo la sonrisa con la que esconderás el puñal para enterrar en la espalda del colega, porque en el campo de escritorios no hay amigos, entiéndelo, todos son negociables, pero sacrificables son solo los que se rigen por las reglas y hacen bien su trabajo ¡deshazte de ellos en cuánto puedas! No dejes que metan sus narices en tus negocios, ni que propaguen las escandalosas ideas de mover la herrumbe de la maquinaria.
Haz favores a quien pueda devolvértelos, decididamente haz favores a los poderosos, todos los que puedas, cualquiera que sea su naturaleza, aunque su poder sea transitorio, a veces esto es una lotería y no sabes qué tanto durará en su lugar la cabeza del que manda de momento.
Y mantente en la sombra... no te olvides, toda cabeza que sobresalga será cercenada, hazte ducho en el rumor para que la marea se haga cargo, si alguien te señala niégalo todo, sobre todo si tienen razón, síguelo negando y haz que lo nieguen en coro, en canon, en sordina, a voz en cuello, por los diarios, en el programa radial de la mañana y en las conversaciones de cama. Sobre todo, no tomes responsabilidad si es que puedes evadirla y si te ves enfrentado a ella, recuerda las palabras mágicas: "eso no está en mis funciones", "hablaré con el sindicato" o "no sé" acompañado del gesto que manifieste sin duda que no hay esperanza que alguna vez lo sabrás.
Medra por años en la sombra, alimentándote del ocio de la mañana y del café de media tarde, hasta que alcances la dorada jubilación y con los buenos contactos logrados puedas recontratarte por los siglos de los siglos".
Amén - pensé- mientras el buen burócrata paseaba su panza beata entre los escritorios y de vez en cuando nos miraba, atentos a la sabiduría que emanaba de sus labios delgados y sin color.
"Siempre guarden un as bajo la manga, averiguen cosas, nunca digan todo lo que saben, hasta el rumor más pequeño puede resultar útil alguna vez... pero eso lo veremos mañana, cuando les comparta algunas cosas sobre el delicioso oficio de trepar. Ahora son las tres de la tarde y es hora de mi café".
Dijo y sin ponernos más atención nos dio la espalda, mientras admirábamos sus cuarenta años de sobrevivencia en el servicio. A lo lejos todavía lo escuchamos murmurar: "El sagrado salario... la migaja de poder... todo tiene su precio, todo..."

domingo, enero 21, 2018

Lo cotidiano

Cuando lo conocí en un caluroso salón en Cuba hace más de diez años, Alejandro hablaba con voz de docente experimentado sobre El Principito y Exupéry, como uno habla de lo que verdaderamente le apasiona. Yo trataba torpemente de entender cómo traducir la narrativa al teatro. Traducir, ese era el término. Pasar de un lenguaje a otro, sin perder la poesía de la palabra.
Las palabras nos han ido y nos han venido desde entonces. Hay personas con las que los correos electrónicos parecen cartas, como si ese tiempo de papel y lapicero no se hubiera perdido, como si las cosas pequeñas y cotidianas lograran conservar su calor en lugar de correr sin sentido delante de nuestros ojos.
Hablar del clima, de la política carroñera de nuestros países desangrados, de las nuevas obras de teatro que se van escribiendo, montando, ensayando, estrenando... hablar de cómo amanece la calle o del aroma que hay en ese restaurante, hablar de temblores de tierra y de temblores internos, hablar de nuevas ideas para escribir nuevas historias, de autores, del rostro de la gente en el transporte colectivo, de la vida que pasa de largo y de la que alcanzamos a afianzar entre los dedos... hablar de cosas cotidianas como el trabajo, describir la oficina y sus paredes cansadas. Hablar y aprender sobre la belleza que hay en las palabras. Hablar.
Hace un par de semanas, Alejandro volvió a darme una lección de belleza sobre las cosas cotidianas:
 
"Recuerdo que cuando mi hermana Leticia me acompañó, un frío amanecer del 2 de septiembre de 2016, a presentar mis papeles para iniciar los trámites ante ANSES, la cola era larga y con forma de bufanda. Había viejitos, madres con criaturas recién nacidas, mujeres solas, hombres fumando y alguna conversación para buscar abrigo. A las ocho salió un guardia y repartió turnos y nos  metimos adentro, calorcito y sillas. Y decíamos con Leti que qué les hubiera costado abrir antes y permitir que todas esas personas no enfermaran. Los empleados ingresaron a las  7:00 ya, toman su mate cocido con criollos. Muy bien. Pero podrían abrir y comenzar a las 8:00.

Esta mañana fui al Banco Provincia de Neuquén, sucursal jubilados. Llegué a las 7:55 y me encontré con una cola  larga, gris, extensa, muda, que doblaba en forma de u sobre la vereda. Todos eran viejos. Todos. En la cola del Anses estaba la vida, con sus heridas. En ésta, la espera de la muerte. "Hoy me pagan la jubilación". "Lo felicito" me dijo la señora detrás mío. Dejas de trabajar y te felicitan: metáfora perfecta de un país muerto hace mucho tiempo. Las puertas abrieron a las 8:00 en punto (esas puertas las puse en mi adaptación de "El Proceso") y  las personas fueron ingresando. Por momentos la cola se detenía. Minutos después  avanzaba unos metros. Nadie habla. Entraste. Una máquina te da  un número. Te sentás. Y esperás. Ya en mi asiento un hombre se avalanzó. No reaccioné a tiempo y nos caímos los dos. Le faltaba una pierna. Vino una guardiana y me retó porque soy un imprudente sin ninguna consideración. Pedí sentidas disculpas e intenté una conversación con el hombre. Así corren las horas sin la crueldad del tiempo que te empuja por el  Leteo. Una joven mujer me da un sonoro beso: "Profesor Finzi, ¿se jubila? Ya  lo atiendo". "¿Usted quién es?".  "Soy Cacciatore, su alumna. ¿No se acuerda de mí? ". "¿Cuando cursó conmigo?". "En 2001"." ¿Y que hace aquí?".  "Me fuí a La Plata detrás de un muchacho, tengo dos hijos. Volví, no pude terminar". "Haga una materia por año. Una, le pido. Nada más". "Pero usted no va a estar y tengo que cursar Europea II". "Es lo mismo". "No profe, no es lo mismo. Acá tiene, firme todos estos papeles y después vaya al edificio de al lado que le van a entregar su tarjeta". Esta vez el beso se lo dí yo. "Vuelva a la Facultad. "
En el edificio de al lado me dieron el número G0027. Cuando llegué al sector iban por el G0010. Luego de atender a cada jubilado el empleado conversaba con el que estaba al lado. Era una conversación muy animada, pero eterna. La conversación es solventada por el Estado Nacional. Hay que escuchar qué temas discutían. Llegó una pareja y se sentó a mi lado.  Como si tuvieran  un  sexto sentido, no bien el empleado conversador terminó con el dueño del G0012, fueron al mostrador. "No podemos ingresar la tarjeta en el cajero porque somos ciegos". "Busque alguien que los ayude"- ¿Quién ayuda a un par de ciegos en Neuquén?
Llegó mi turno. Ya estoy en casa No puedo ingresar mi clave en la computadora. Mañana haré la cola, pero iré más temprano.

Alejandro"

¿No es hermoso cómo los escritores logran atrapar la belleza?



martes, septiembre 19, 2017

Dios nos salve, patria sangrada

En ese momento, metida en mi manía de leer en el transporte público, yo también tenía serias dudas sobre si Snape en verdad era un infiltrado fiel a Dumbledore o un doble agente de Voldemort. Mientras tanto, en la radio que el motorista llevaba a todo volumen, atravesando esa colonia obrera en uno de los municipios que los periódicos ponen en la lista de los más violentos del país, los comentaristas hacían la charla matutina sobre el nuevo despliegue de efectivos militares y policías que el gobierno realizaba ese día para volver seguro el centro de San Salvador y la incipiente campaña electoral que será el ambiente de fin de año. El repentino bloque de silencio que cayó pesadamente a mi alrededor y la atmósfera que rápidamente se había puesto densa, hicieron que sacara mi nariz del libro y viera a los dos tipos muy jóvenes que acababan de subirse al microbús, cubriéndose el rostro con sendas pañoletas y llevando cada uno una pistola con la que apuntaban en panorámica a todos, como si fueran a sacar una fotografía y estuvieran midiendo el espacio.
Uno de ellos le dio las indicaciones pertinentes al motorista: que no subiera a nadie más, redujera la velocidad  y fuera en línea recta sin parar ni acelerar. Luego, sin dejar de mover su pistola, el otro soltó:
- Sabemos que aquí va más de algún familiar de los mierdas de la veintidós, así que les llevan el recado: no nos gusta meternos con la gente trabajadora como ustedes (menos mal, pensé), nosotros también somos iguales a ustedes, pero si esos mierdas se siguen metiendo con la gente de aquí abajo, si siguen asaltando, todos van a pagar.
Asombrosamente, el público permanecía impertérrito ante el sermón, todos en silencio y mirando hacia el frente, como si ignorar aquello que estábamos viviendo hiciera que los dos tipos armados de pronto desaparecieran, pero no desaparecieron. En el breve silencio que hizo el elocuente y armado orador, se escuchó el eslogan: "El Salvador seguro" y a continuación y en detalle, los denodados esfuerzos gubernamentales por garantizar nuestro derecho a una vida plena y segura, en la impecable y bien modulada voz del locutor.
Nuestro orador en el pasillo del microbús no tenía una voz tan elegante, pero la pistola en su mano garantizaba nuestra total atención.
- Celulares en mano -dijo - Quiero ver todos los celulares y si vemos algo sospechoso, aquí mismo lo bajamos.
Todos se apresuraron a mostrar sus teléfonos. No estaba segura de si esa mañana habría puesto en mi cartera mi desfasado clon de dudosa procedencia, que siempre se queda trabado, o lo habría dejado como siempre, en algún lugar de la casa - una vez me lo encontré dentro del refrigerador y juro que no tengo idea de cómo llegó allí - el caso es que todo había sucedido tan de repente, que no tuve ocasión de memorizar el párrafo donde me había quedado ni ponerle un marcador al libro y no quería perder la página, ni abrir el libro por completo porque se podía dañar, así que hacía una extraña maroma para revisar mi cartera y mantener mi dedo en la página y párrafo correspondientes, mientras el tipo de la pistola me miraba sin entender y fastidiado, pasaba a tomar el de la señora de la par, para continuar luego con el resto de la fila. Mi búsqueda fue infructuosa pero logré no perder ni el párrafo ni la página y claro, no perder la vida en el intento.
Luego de hacer un último recordatorio respecto al mensaje que alguien de los presentes supuestamente debía entregar sobre temas de territorialidad, los tipos se bajaron en la siguiente parada y la gente que estaba allí ni siquiera se mosqueó, es más, uno de los señores que acompañaba a su hija colegiala a abordar el bus, se quedó con cara de: estos bichos... Cotidianidad, pensé yo, mientras miraba a la señora mayor de la par, que me veía con el terror en su rostro pálido y un ligero temblor en el labio de abajo. Me cambié el libro de mano y  le puse mi mano libre sobre la suya, que temblaba quizás un poco más que su labio, la miré intentando calmarla pero no le dije nada, ¿qué podés decir en esos casos? Al parecer lo entendió, porque soltó un hondo suspiro y su mano dejó de temblar.
El silencio se quedó, humillante y pegajoso, como una sucia sombra sobre todos. Yo pensé que podía soltarle la mano a la señora, para volver a meter mi nariz en el libro y enterarme si Dumbledore hacía caso de las sospechas sobre Snape. En la radio, a la que el motorista acababa de bajar el volumen, los dos comentaristas estaban invitando a los oyentes a entrar en su página de facebook y contestar la pregunta del día: ¿Piensa usted que el despliegue del ejército en el centro de San Salvador mejorará la seguridad? ¿Si o no? ¿Usted que piensa?
Habíamos pasado solo una parada más después que nuestros oradores se bajaron y entonces, a la siguiente parada, volvió a subirse otro par, esta vez sin pañuelos en las caras, pero sin que les faltaran pistolas en las manos, volviendo a apuntarlas en recorrido panorámico, desde el motorista
hasta el último de los pasajeros, antiguos y que recién abordaban el microbús. Y entonces, otro de los chicos, más jóvenes que los anteriores, retomó el discurso, recordándonos que ya nos habían quitado los celulares y que si volvían a tener una incursión no deseada en sus territorios, continuarían las represalias de este o de otro tipo.
El público, claro, volvió a comportarse: todos en completo silencio y viendo hacia el frente, algunos con evidente frustración, otros con clara desidia. La mujer en el asiento atrás de mí, se atrevió a hacer un gesto de disgusto y recibió un insulto personalizado mientras le apuntaban, calculé desde mi ángulo de visión, a la cabeza. Y luego, a la siguiente parada, también se bajaron ante la impasible mirada de los vecinos.
El silencio se condensó en el microbús, con el profundo tufo de la desesperanza. La señora junto a mí volvió a tomarme la mano, de nuevo estaba temblando. Una guapa mujer al otro lado del pasillo se recargó contra la ventanilla, mientras apoyaba el codo en el vidrio y se detenía la frente con la mano, como si fuera un peso demasiado grande de llevar, el motorista y el hombre que iba en el asiento junto a él, eran un bloque gélido que miraban hacia el frente como si no existiera nada más alrededor. Yo pensé que a la próxima debía llevarme un marcador de página para cuando perdiera el ánimo de leer. En ese momento, los comentaristas en la radio hacían una pausa sobre el despliegue de seguridad en el centro de San Salvador e iban a corte comercial. La impecable y bien modulada voz del locutor había comenzado a decir de nuevo: El Salvador seguro... pero antes que siguiera enumerando los denodados esfuerzos gubernamentales por garantizar nuestro derecho a una vida plena y segura, el motorista apagó de golpe la radio.

jueves, septiembre 07, 2017

Teatros y Molinos

Tal vez divago, chocheo podríamos decir, pero a veces me da por salirme del torbellino cotidiano y cuestionar muy seriamente mis intenciones, es decir, preguntarme porqué diablos hago.
Hacer teatro es una especie de deporte extremo en cualquier lugar del planeta y en cualquier circunstancia, riesgoso para quienes por elección o fatum se han ubicado fuera del gran cartel. Hacer teatro de grupo es, dentro de esto, una especie de rafting maratónico, porque si bien el actor pone su cuerpo y espíritu en el escenario, pone además su propia persona, su ego, en el trabajo de grupo, en el que se ve en escena y el que permanece anónimo muchas veces, tras las bambalinas del área técnica o de producción, y cuando la corriente es rápida hay que tener cuidado de no resultar estrellado contra un muro o perder completamente el rumbo de tu balsa. Hay muchas cosas en las que ponerse de acuerdo y hay que tener la capacidad de ser críticos a la hora de saber si es que quiero decir o hacer algo, o ganar una discución por el bienestar del grupo o para hacer ronronear a mi ego.
La velocidad y la sobre exposición de nuestros días tampoco ayudan mucho. Hay que aparecer permanentemente, hay que ofrecer algo permanentemente, so pena de desaparecer, sobre todo en medios tan precarios como el nuestro, pero el teatro es algo vivo y delicado, que se gesta la mayoría de veces entre el silencio y el caos,  y a este bicho extraño le disgustan demasiadas miradas antes de tiempo, cuando su caparazón no está listo para lanzarse al ruedo, cuando aún no sabe qué es, o si quiera, si es. Entonces lo único que desea es que nadie se acerque, que le dejen entrenar hasta el trans cansancio, o escuchar en su cabeza las mil voces que puede tener ese personaje, o intentar una y otra vez, hasta desentrañar el verdadero sentido de esa frase, sin distaer su energía en aparecer bonito o bonita en la fotografía, o pensar si es el que más trabaja o no en el grupo, o si es el mejor en esto o aquello. Recordar una y otra vez, como decía el bueno de Stanislavsky, que hay que buscar amar al teatro en uno y no a uno en el teatro. Preguntarse muy en serio, una y otra vez, qué quiero hacer: ¿Hacer Teatro o hacer pose?
Y luego repetirse esa frase que muchas veces le da risa a los aprendices cuando se las digo, esperando que lo comprendan: no hacemos turismo cultural, hacemos intercambio cultural. Tratamos de encontrar al Otro, con su historias, con sus formas de hacer, procurando (aunque uno suene muy trekkie) apreciar la Infinita Diversidad en Infinitas Combinaciones. Lo importante no es el viaje físico (aunque nos cueste mucho aceptarlo), lo importante no es la búsqueda del reconocimiento (aunque nuestra naturaleza anhela el reconocimiento), lo importante es el viaje creativo, el proceso artístico, el descubrimiento de ese utópico actor sagrado y teatro sagrado que soñaban otros antes de nosotros y que  tal vez existe dentro nuestro, esperando a que su espíritu sea compartido con los que comparten nuestro teatro.
Es fácil perderse en la ruta, es fácil olvidar porqué uno tomó la decisión vital de escoger este tipo de teatro y no otro, es fácil sucumbir ante el cansancio, la precariedad, la competencia, el sin sentido, el desmesurado culto a la auto imagen. Es mucho más cómodo elegir el resultado al proceso, lo mediático a las horas y horas de entrenamiento, de búsqueda, de cuestionamiento, de conciencia. Pero cuando uno lo encuentra, ese momento de total lucidez, esa conección con el creador de Arte en vos, esa campana de vacío que para el tiempo, entonces uno sabe, aunque nadie más se entere de ello, que ha valido la pena.
Divago, tal vez soy una cosa en extinción alzando mi mudez ante impasibles molinos de viento. Ciertamente divago, pero necesito de vez en cuando, sobre todo cuando el torbellino cotidiano de lo que me rodea parece más fuerte que mis voces interiores, preguntarme porqué diablos hago lo que hago y asegurarme que no he perdido el camino, que todavía busco mi teatro.