miércoles, enero 31, 2018

Inducción del buen ciudadano

Imagen de Steve Cutts

 El buen burócrata dijo entonces:
"Si, hijo mío, el salario... el salario sagrado debe resguardarse a cualquier costa, nada hay más importante que él, excepto la migaja de poder que en ocasiones se recibe de la mesa de las personas importantes. Si el salario nos hace mover la cola, por la migaja de poder debes sin duda pararte en dos patas y hacer cabriolas, rodar extasiado por el piso y cantar loas a las bondades de los poderosos. También debes tener cuidado con pensar, no necesitas pensar, necesitas el salario sagrado, pensar no solamente es accesorio, está mal visto y puede ser francamente peligroso. Si aún así no puedes evitarlo, guárdate tus pensamientos para tí".
Dijo el buen burócrata, haciendo un gesto de asco que deformó su abundante papada. 
"Mueve la cola, siempre, pero asegúrate de que tu voz solo se oiga cuando te lo dicen, una palabra mal colocada, un tono de voz destemplado, incluso medio decibel de volumen fuera del siseñornoseñor susurrado con voz dulce y melancólica, pueden ser peligrosos cuando estás delante de los poderosos, guárdatelo para  los de la cola al otro lado del mostador o del escritorio, para los que pueden escucharte vociferar mientras extienden tímidamente el documento de turno, no te olvides de demostrarles quien lleva la sartén por el mango en el ínfimo reino de tu migaja de poder. Delante de los poderosos siseñornoseñor, con leve inclinación de cabeza, leve, si la agachas mucho perderás la perspectiva y no sabrás si están afilando la guillotina delante de tí.
Pero el salario sagrado, hijo, el salario sagrado que debes ya en cuotas repartidas entre todos los que te venden la ilusión de felicidad a plazos, ese debes cuidarlo con uñas y dientes, debes afilarte los colmillos y ensayar delante del espejo la sonrisa con la que esconderás el puñal para enterrar en la espalda del colega, porque en el campo de escritorios no hay amigos, entiéndelo, todos son negociables, pero sacrificables son solo los que se rigen por las reglas y hacen bien su trabajo ¡deshazte de ellos en cuánto puedas! No dejes que metan sus narices en tus negocios, ni que propaguen las escandalosas ideas de mover la herrumbe de la maquinaria.
Haz favores a quien pueda devolvértelos, decididamente haz favores a los poderosos, todos los que puedas, cualquiera que sea su naturaleza, aunque su poder sea transitorio, a veces esto es una lotería y no sabes qué tanto durará en su lugar la cabeza del que manda de momento.
Y mantente en la sombra... no te olvides, toda cabeza que sobresalga será cercenada, hazte ducho en el rumor para que la marea se haga cargo, si alguien te señala niégalo todo, sobre todo si tienen razón, síguelo negando y haz que lo nieguen en coro, en canon, en sordina, a voz en cuello, por los diarios, en el programa radial de la mañana y en las conversaciones de cama. Sobre todo, no tomes responsabilidad si es que puedes evadirla y si te ves enfrentado a ella, recuerda las palabras mágicas: "eso no está en mis funciones", "hablaré con el sindicato" o "no sé" acompañado del gesto que manifieste sin duda que no hay esperanza que alguna vez lo sabrás.
Medra por años en la sombra, alimentándote del ocio de la mañana y del café de media tarde, hasta que alcances la dorada jubilación y con los buenos contactos logrados puedas recontratarte por los siglos de los siglos".
Amén - pensé- mientras el buen burócrata paseaba su panza beata entre los escritorios y de vez en cuando nos miraba, atentos a la sabiduría que emanaba de sus labios delgados y sin color.
"Siempre guarden un as bajo la manga, averiguen cosas, nunca digan todo lo que saben, hasta el rumor más pequeño puede resultar útil alguna vez... pero eso lo veremos mañana, cuando les comparta algunas cosas sobre el delicioso oficio de trepar. Ahora son las tres de la tarde y es hora de mi café".
Dijo y sin ponernos más atención nos dio la espalda, mientras admirábamos sus cuarenta años de sobrevivencia en el servicio. A lo lejos todavía lo escuchamos murmurar: "El sagrado salario... la migaja de poder... todo tiene su precio, todo..."

domingo, enero 21, 2018

Lo cotidiano

Cuando lo conocí en un caluroso salón en Cuba hace más de diez años, Alejandro hablaba con voz de docente experimentado sobre El Principito y Exupéry, como uno habla de lo que verdaderamente le apasiona. Yo trataba torpemente de entender cómo traducir la narrativa al teatro. Traducir, ese era el término. Pasar de un lenguaje a otro, sin perder la poesía de la palabra.
Las palabras nos han ido y nos han venido desde entonces. Hay personas con las que los correos electrónicos parecen cartas, como si ese tiempo de papel y lapicero no se hubiera perdido, como si las cosas pequeñas y cotidianas lograran conservar su calor en lugar de correr sin sentido delante de nuestros ojos.
Hablar del clima, de la política carroñera de nuestros países desangrados, de las nuevas obras de teatro que se van escribiendo, montando, ensayando, estrenando... hablar de cómo amanece la calle o del aroma que hay en ese restaurante, hablar de temblores de tierra y de temblores internos, hablar de nuevas ideas para escribir nuevas historias, de autores, del rostro de la gente en el transporte colectivo, de la vida que pasa de largo y de la que alcanzamos a afianzar entre los dedos... hablar de cosas cotidianas como el trabajo, describir la oficina y sus paredes cansadas. Hablar y aprender sobre la belleza que hay en las palabras. Hablar.
Hace un par de semanas, Alejandro volvió a darme una lección de belleza sobre las cosas cotidianas:
 
"Recuerdo que cuando mi hermana Leticia me acompañó, un frío amanecer del 2 de septiembre de 2016, a presentar mis papeles para iniciar los trámites ante ANSES, la cola era larga y con forma de bufanda. Había viejitos, madres con criaturas recién nacidas, mujeres solas, hombres fumando y alguna conversación para buscar abrigo. A las ocho salió un guardia y repartió turnos y nos  metimos adentro, calorcito y sillas. Y decíamos con Leti que qué les hubiera costado abrir antes y permitir que todas esas personas no enfermaran. Los empleados ingresaron a las  7:00 ya, toman su mate cocido con criollos. Muy bien. Pero podrían abrir y comenzar a las 8:00.

Esta mañana fui al Banco Provincia de Neuquén, sucursal jubilados. Llegué a las 7:55 y me encontré con una cola  larga, gris, extensa, muda, que doblaba en forma de u sobre la vereda. Todos eran viejos. Todos. En la cola del Anses estaba la vida, con sus heridas. En ésta, la espera de la muerte. "Hoy me pagan la jubilación". "Lo felicito" me dijo la señora detrás mío. Dejas de trabajar y te felicitan: metáfora perfecta de un país muerto hace mucho tiempo. Las puertas abrieron a las 8:00 en punto (esas puertas las puse en mi adaptación de "El Proceso") y  las personas fueron ingresando. Por momentos la cola se detenía. Minutos después  avanzaba unos metros. Nadie habla. Entraste. Una máquina te da  un número. Te sentás. Y esperás. Ya en mi asiento un hombre se avalanzó. No reaccioné a tiempo y nos caímos los dos. Le faltaba una pierna. Vino una guardiana y me retó porque soy un imprudente sin ninguna consideración. Pedí sentidas disculpas e intenté una conversación con el hombre. Así corren las horas sin la crueldad del tiempo que te empuja por el  Leteo. Una joven mujer me da un sonoro beso: "Profesor Finzi, ¿se jubila? Ya  lo atiendo". "¿Usted quién es?".  "Soy Cacciatore, su alumna. ¿No se acuerda de mí? ". "¿Cuando cursó conmigo?". "En 2001"." ¿Y que hace aquí?".  "Me fuí a La Plata detrás de un muchacho, tengo dos hijos. Volví, no pude terminar". "Haga una materia por año. Una, le pido. Nada más". "Pero usted no va a estar y tengo que cursar Europea II". "Es lo mismo". "No profe, no es lo mismo. Acá tiene, firme todos estos papeles y después vaya al edificio de al lado que le van a entregar su tarjeta". Esta vez el beso se lo dí yo. "Vuelva a la Facultad. "
En el edificio de al lado me dieron el número G0027. Cuando llegué al sector iban por el G0010. Luego de atender a cada jubilado el empleado conversaba con el que estaba al lado. Era una conversación muy animada, pero eterna. La conversación es solventada por el Estado Nacional. Hay que escuchar qué temas discutían. Llegó una pareja y se sentó a mi lado.  Como si tuvieran  un  sexto sentido, no bien el empleado conversador terminó con el dueño del G0012, fueron al mostrador. "No podemos ingresar la tarjeta en el cajero porque somos ciegos". "Busque alguien que los ayude"- ¿Quién ayuda a un par de ciegos en Neuquén?
Llegó mi turno. Ya estoy en casa No puedo ingresar mi clave en la computadora. Mañana haré la cola, pero iré más temprano.

Alejandro"

¿No es hermoso cómo los escritores logran atrapar la belleza?



martes, septiembre 19, 2017

Dios nos salve, patria sangrada

En ese momento, metida en mi manía de leer en el transporte público, yo también tenía serias dudas sobre si Snape en verdad era un infiltrado fiel a Dumbledore o un doble agente de Voldemort. Mientras tanto, en la radio que el motorista llevaba a todo volumen, atravesando esa colonia obrera en uno de los municipios que los periódicos ponen en la lista de los más violentos del país, los comentaristas hacían la charla matutina sobre el nuevo despliegue de efectivos militares y policías que el gobierno realizaba ese día para volver seguro el centro de San Salvador y la incipiente campaña electoral que será el ambiente de fin de año. El repentino bloque de silencio que cayó pesadamente a mi alrededor y la atmósfera que rápidamente se había puesto densa, hicieron que sacara mi nariz del libro y viera a los dos tipos muy jóvenes que acababan de subirse al microbús, cubriéndose el rostro con sendas pañoletas y llevando cada uno una pistola con la que apuntaban en panorámica a todos, como si fueran a sacar una fotografía y estuvieran midiendo el espacio.
Uno de ellos le dio las indicaciones pertinentes al motorista: que no subiera a nadie más, redujera la velocidad  y fuera en línea recta sin parar ni acelerar. Luego, sin dejar de mover su pistola, el otro soltó:
- Sabemos que aquí va más de algún familiar de los mierdas de la veintidós, así que les llevan el recado: no nos gusta meternos con la gente trabajadora como ustedes (menos mal, pensé), nosotros también somos iguales a ustedes, pero si esos mierdas se siguen metiendo con la gente de aquí abajo, si siguen asaltando, todos van a pagar.
Asombrosamente, el público permanecía impertérrito ante el sermón, todos en silencio y mirando hacia el frente, como si ignorar aquello que estábamos viviendo hiciera que los dos tipos armados de pronto desaparecieran, pero no desaparecieron. En el breve silencio que hizo el elocuente y armado orador, se escuchó el eslogan: "El Salvador seguro" y a continuación y en detalle, los denodados esfuerzos gubernamentales por garantizar nuestro derecho a una vida plena y segura, en la impecable y bien modulada voz del locutor.
Nuestro orador en el pasillo del microbús no tenía una voz tan elegante, pero la pistola en su mano garantizaba nuestra total atención.
- Celulares en mano -dijo - Quiero ver todos los celulares y si vemos algo sospechoso, aquí mismo lo bajamos.
Todos se apresuraron a mostrar sus teléfonos. No estaba segura de si esa mañana habría puesto en mi cartera mi desfasado clon de dudosa procedencia, que siempre se queda trabado, o lo habría dejado como siempre, en algún lugar de la casa - una vez me lo encontré dentro del refrigerador y juro que no tengo idea de cómo llegó allí - el caso es que todo había sucedido tan de repente, que no tuve ocasión de memorizar el párrafo donde me había quedado ni ponerle un marcador al libro y no quería perder la página, ni abrir el libro por completo porque se podía dañar, así que hacía una extraña maroma para revisar mi cartera y mantener mi dedo en la página y párrafo correspondientes, mientras el tipo de la pistola me miraba sin entender y fastidiado, pasaba a tomar el de la señora de la par, para continuar luego con el resto de la fila. Mi búsqueda fue infructuosa pero logré no perder ni el párrafo ni la página y claro, no perder la vida en el intento.
Luego de hacer un último recordatorio respecto al mensaje que alguien de los presentes supuestamente debía entregar sobre temas de territorialidad, los tipos se bajaron en la siguiente parada y la gente que estaba allí ni siquiera se mosqueó, es más, uno de los señores que acompañaba a su hija colegiala a abordar el bus, se quedó con cara de: estos bichos... Cotidianidad, pensé yo, mientras miraba a la señora mayor de la par, que me veía con el terror en su rostro pálido y un ligero temblor en el labio de abajo. Me cambié el libro de mano y  le puse mi mano libre sobre la suya, que temblaba quizás un poco más que su labio, la miré intentando calmarla pero no le dije nada, ¿qué podés decir en esos casos? Al parecer lo entendió, porque soltó un hondo suspiro y su mano dejó de temblar.
El silencio se quedó, humillante y pegajoso, como una sucia sombra sobre todos. Yo pensé que podía soltarle la mano a la señora, para volver a meter mi nariz en el libro y enterarme si Dumbledore hacía caso de las sospechas sobre Snape. En la radio, a la que el motorista acababa de bajar el volumen, los dos comentaristas estaban invitando a los oyentes a entrar en su página de facebook y contestar la pregunta del día: ¿Piensa usted que el despliegue del ejército en el centro de San Salvador mejorará la seguridad? ¿Si o no? ¿Usted que piensa?
Habíamos pasado solo una parada más después que nuestros oradores se bajaron y entonces, a la siguiente parada, volvió a subirse otro par, esta vez sin pañuelos en las caras, pero sin que les faltaran pistolas en las manos, volviendo a apuntarlas en recorrido panorámico, desde el motorista
hasta el último de los pasajeros, antiguos y que recién abordaban el microbús. Y entonces, otro de los chicos, más jóvenes que los anteriores, retomó el discurso, recordándonos que ya nos habían quitado los celulares y que si volvían a tener una incursión no deseada en sus territorios, continuarían las represalias de este o de otro tipo.
El público, claro, volvió a comportarse: todos en completo silencio y viendo hacia el frente, algunos con evidente frustración, otros con clara desidia. La mujer en el asiento atrás de mí, se atrevió a hacer un gesto de disgusto y recibió un insulto personalizado mientras le apuntaban, calculé desde mi ángulo de visión, a la cabeza. Y luego, a la siguiente parada, también se bajaron ante la impasible mirada de los vecinos.
El silencio se condensó en el microbús, con el profundo tufo de la desesperanza. La señora junto a mí volvió a tomarme la mano, de nuevo estaba temblando. Una guapa mujer al otro lado del pasillo se recargó contra la ventanilla, mientras apoyaba el codo en el vidrio y se detenía la frente con la mano, como si fuera un peso demasiado grande de llevar, el motorista y el hombre que iba en el asiento junto a él, eran un bloque gélido que miraban hacia el frente como si no existiera nada más alrededor. Yo pensé que a la próxima debía llevarme un marcador de página para cuando perdiera el ánimo de leer. En ese momento, los comentaristas en la radio hacían una pausa sobre el despliegue de seguridad en el centro de San Salvador e iban a corte comercial. La impecable y bien modulada voz del locutor había comenzado a decir de nuevo: El Salvador seguro... pero antes que siguiera enumerando los denodados esfuerzos gubernamentales por garantizar nuestro derecho a una vida plena y segura, el motorista apagó de golpe la radio.

jueves, septiembre 07, 2017

Teatros y Molinos

Tal vez divago, chocheo podríamos decir, pero a veces me da por salirme del torbellino cotidiano y cuestionar muy seriamente mis intenciones, es decir, preguntarme porqué diablos hago.
Hacer teatro es una especie de deporte extremo en cualquier lugar del planeta y en cualquier circunstancia, riesgoso para quienes por elección o fatum se han ubicado fuera del gran cartel. Hacer teatro de grupo es, dentro de esto, una especie de rafting maratónico, porque si bien el actor pone su cuerpo y espíritu en el escenario, pone además su propia persona, su ego, en el trabajo de grupo, en el que se ve en escena y el que permanece anónimo muchas veces, tras las bambalinas del área técnica o de producción, y cuando la corriente es rápida hay que tener cuidado de no resultar estrellado contra un muro o perder completamente el rumbo de tu balsa. Hay muchas cosas en las que ponerse de acuerdo y hay que tener la capacidad de ser críticos a la hora de saber si es que quiero decir o hacer algo, o ganar una discución por el bienestar del grupo o para hacer ronronear a mi ego.
La velocidad y la sobre exposición de nuestros días tampoco ayudan mucho. Hay que aparecer permanentemente, hay que ofrecer algo permanentemente, so pena de desaparecer, sobre todo en medios tan precarios como el nuestro, pero el teatro es algo vivo y delicado, que se gesta la mayoría de veces entre el silencio y el caos,  y a este bicho extraño le disgustan demasiadas miradas antes de tiempo, cuando su caparazón no está listo para lanzarse al ruedo, cuando aún no sabe qué es, o si quiera, si es. Entonces lo único que desea es que nadie se acerque, que le dejen entrenar hasta el trans cansancio, o escuchar en su cabeza las mil voces que puede tener ese personaje, o intentar una y otra vez, hasta desentrañar el verdadero sentido de esa frase, sin distaer su energía en aparecer bonito o bonita en la fotografía, o pensar si es el que más trabaja o no en el grupo, o si es el mejor en esto o aquello. Recordar una y otra vez, como decía el bueno de Stanislavsky, que hay que buscar amar al teatro en uno y no a uno en el teatro. Preguntarse muy en serio, una y otra vez, qué quiero hacer: ¿Hacer Teatro o hacer pose?
Y luego repetirse esa frase que muchas veces le da risa a los aprendices cuando se las digo, esperando que lo comprendan: no hacemos turismo cultural, hacemos intercambio cultural. Tratamos de encontrar al Otro, con su historias, con sus formas de hacer, procurando (aunque uno suene muy trekkie) apreciar la Infinita Diversidad en Infinitas Combinaciones. Lo importante no es el viaje físico (aunque nos cueste mucho aceptarlo), lo importante no es la búsqueda del reconocimiento (aunque nuestra naturaleza anhela el reconocimiento), lo importante es el viaje creativo, el proceso artístico, el descubrimiento de ese utópico actor sagrado y teatro sagrado que soñaban otros antes de nosotros y que  tal vez existe dentro nuestro, esperando a que su espíritu sea compartido con los que comparten nuestro teatro.
Es fácil perderse en la ruta, es fácil olvidar porqué uno tomó la decisión vital de escoger este tipo de teatro y no otro, es fácil sucumbir ante el cansancio, la precariedad, la competencia, el sin sentido, el desmesurado culto a la auto imagen. Es mucho más cómodo elegir el resultado al proceso, lo mediático a las horas y horas de entrenamiento, de búsqueda, de cuestionamiento, de conciencia. Pero cuando uno lo encuentra, ese momento de total lucidez, esa conección con el creador de Arte en vos, esa campana de vacío que para el tiempo, entonces uno sabe, aunque nadie más se entere de ello, que ha valido la pena.
Divago, tal vez soy una cosa en extinción alzando mi mudez ante impasibles molinos de viento. Ciertamente divago, pero necesito de vez en cuando, sobre todo cuando el torbellino cotidiano de lo que me rodea parece más fuerte que mis voces interiores, preguntarme porqué diablos hago lo que hago y asegurarme que no he perdido el camino, que todavía busco mi teatro.

martes, julio 18, 2017

Voyeur



A las cuatro y quince hay tanto ruido dentro como fuera de ese café estrecho a la orilla de la primera calle poniente. La gente sale del trabajo, como salen los escolares de las clases que les aburren,  pero la gente no va todavía a casa,  van a buscar el café de la tarde.
Tengo suerte porque mi café y yo encontramos una mesa para dos: mi libro y yo. El café entonces resulta una suerte de excusa para pasar una hora leyendo, consciente de las miradas que se dirigen al libro, ese raro objeto en tiempos de chat.
Las mesas se van llenando, pero nadie se atreve a romper mi concentración, mientas me zambullo en una página tras otra del libro de poesía que Sergio Inestrosa me dejó cuando vino a  presentarlo, peregrino de regreso a su tierra, al paisito por el que suspira desde su San Francisco. Así pues, nadie me pregunta si puede sentarse y continúo en mi cita literaria.
Levanto la cabeza y  veo en la mesa de enfrente a los dos señores de cincuenta y tantos, que vienen usualmente a este café. Uno se queda sentado, reservando el espacio y el otro va por los cafés. Siempre saben qué pan llevarle al otro, cuando se turnan en ese oficio de cuidar el espacio en la mesa e ir por el café. Lo sé, porque los observo cada vez que vengo aquí…  creo que los escritores y los  teatreros tienen eso en común: somos voyeurs por motivos profesionales y porque nos encanta, siempre observando las vidas ajenas, a ver si se encuentra alguna historia o algún personaje interesante. Como la mujer  que entra con su delantal lleno de encajes y sus más o menos cincuenta y cinco años empacados en un cuerpo rollizo y rebosando maquillaje por los ojos, se pide un café negro y una semita alta y se sienta por media hora a reírse con su celular, o a putearlo, según sea el día.
Los señores cincuentones se han acomodado uno frente a otro. Lentamente endulzan el café, mientras sonríen por algún comentario y procuran que sus manos no se toquen al tomar el pan. La charla hoy es serena, a veces el señor más serio, el que casi siempre se queda en la mesa guardando el espacio, se mira realmente triste y el otro señor, el que se ríe de forma contenida y va casi siempre por el café,  le habla animadamente  y lo mira con ternura, solo cuando cree que nadie  inclusive el señor serio, se da cuenta. Hoy la charla es serena  y se escurre en la confianza con que fluyen las palabras, todo el tiempo que estos dos señores deben tener de conocerse; entonces imagino que se encontrarán cada semana para tomar café y charlar, quien sabe desde hace cuántos años, cuando aquí no existía este café, sino otro más elegante, en los bajos  del  gran hotel que se derrumbó  en el terremoto que sacudió a San Salvador en el ochenta y seis y sepultó consigo a su dueño.  Pienso que a veces soy un poco como mi abuela, contando el tiempo desde una desgracia a la siguiente.
La mujer rolliza del delantal cargado de encajes termina de reírse con su celular y se levanta para atravesar con paso lento el salón. Pienso cómo debió ser ese café que nunca conocí, esa ciudad que apenas me presentaron, cuando vi desplomarse el  gran  hotel frente a mis ojos mientras danzaba aturdida con la tierra, todo como si estuviera en una película. Pestañeo y guardo el libro, apuro lo que queda de mi líquida excusa para ocupar la mesa. Los señores cincuentones se han levantado y el que casi siempre va a traer el café, le abre la puerta al otro con un gesto gracioso, el mismo gesto gracioso de siempre. Los veo al otro lado del cristal, despidiéndose con la mano en alto y un gesto de cabeza, para irse luego en sentidos opuestos y sin voltear a ver.
Chequeo una vez más la hora. Los lunes no hay ensayo después del trabajo, así que los lunes generalmente son como un mínimo domingo de una hora para espiar otras vidas dentro y fuera de los libros.

miércoles, julio 05, 2017

El teatro de la calle

Martes a la tarde, camino con paso apurado las ocho o nueve cuadras que separan mi trabajo del local donde ensayamos y hacemos taller con el grupo. El laboratorio de entrenamiento actoral está llegando a un lugar muy interesante, la yuxtaposición del texto de Edward Albee y la partitura de movimientos sacada de secuencias del cotidiano, está produciendo cosas estupendas, ahora, si todo va bien, haremos diferentes montajes y experimentaremos cómo varían los significados de los personajes cuando variamos sus relaciones o el contexto en la escena... si, estoy entusiasmada.
A propósito camino tres cuadras sobre la primera calle poniente, donde el humo te ahoga, lo que es preferible a entrar en la peatonal, con esa primera cuadra encerrada por láminas aqua, que la han vuelto un paso aún más estrecho y asqueroso, lleno de basura, orines y excrementos.
A continuación te esperan otro par de cuadras con el asedio de los vendedores, que te jalonean para ofrecerte su mercancía, mientras haces lo imposible por evitar que secuestren tu brazo, y si se te ocurre pedirles que te suelten, prepárate para la violencia verbal.
Así que resueltamente entro al imperio del humo, para luego buscar la Calle Arce.
Cruzo por el pasaje Montalvo, con sus peleterías de principios del siglo pasado y sus tiendas de baratijas chinas que se desbaratan en un abrir y cerar de ojos y de pronto, un chiquillo de unos diez años corre para alcanzarme. Instintivamente, paso mi mochila hacia adelante y la apreto contra el pecho. El chiquillo me alcanza, sonríe y hace esa pregunta que escucho decenas de veces y no sé cómo responder, debido a que tengo más mala memoria que mis personajes:

- ¿Se acuerda de mí? - Afortuadamente no me da tiempo para responder - Mire, ¿porqué este mes no vimos teatro?, me reclama.

Entonces respiro. El chiquillo es uno de los cientos que atendemos cada mes en nuestro proyecto de "Niños al teatro". Un invento que surgió de la insistente solicitud de algunos profesores y directores entusiastas, de centros escolares del meritito caos del centro, que no podían pagar pero querían ver teatro y de la buena voluntad y solidaridad de los miembros del Tiet, que rascamos de dónde podemos, para llevarles atención teatral cada mes. Buscamos apoyo institucional, claro que sí, pero como de costumbre, la única respuesta fué el silencio o el "ellos no están dentro de la zona de atención", así que decidimos hacerlo por nuestra cuenta.
El primer mes fué intenso. Chicos que habían tenido poquísimo o ningún contacto con el teatro, o con el arte en general y no sabían cómo entrarle al asunto; profesores y padres que no saben o no les interesa saber que el arte puede contribuir al desarrollo humano integral de los chicos, sin necesidad de ponerles una nota. Ahora, cinco meses después de haber comenzado este otro experimento, siempre nos preguntan qué van a ver el siguiente mes.

- Si - me disculpo - es que hubo pausa pedagógica y no pudimos traerlos al teatro.
- ¿Y ahora? ¿vamos a ir?
- Si, vamos a ver malabares y títeres en la biblioteca
- ¿Con el elefante rosado? (un personaje)
- No, con otro amigo
- ¿Y voy a ir yo?
- Eso vamos a coordinar con los profesores.
- Dígale que lleve a cuarto, a cuarto dígale - me dice, mientras regresa a uno de los puestos de la peatonal - ¿Y el Gigante (otro personaje)?
- En su casa
- Dele saludos, dígale que cuándo va a llegar - me grita y agita la mano diciéndome adiós.

Apenas me despido, cuando otro chico más pequeño, con una canastilla de ganchos y chucherías me dice:

- ¡Primavera! ¿usté es la Primavera, veá?
- Si...
- ¿Y el Gigante? ¿va a venir?
- ¿Vos también vas a ver el teatro?
- Si, yo los vi ¿no se acuerda?... ¿lo van a dar otra vez?
- Si, vamos a dar otra cosa
- ¿Los piratas? (los personajes de En un Lugar de La Mancha)
- No, otra cosa
- ¿El qué?
- Ahí vas a ver
- Yo voy a ir, ahi los voy a ir a ver, ahi me mira cuando vaya
- Bueno
- Vaya, salú... y también agita la mano y sigue caminando, cuadra abajo.

Lo miro un momento, mientras pienso en lo mucho que me entusiasman los experimentos teatrales. Luego, sigo rápidamente, subiendo cuadras, hacia donde espera nuestro laboratorio.

miércoles, junio 21, 2017

La edad de la inocencia



Era 1997, creo.  En el 90, con “La misma sangre” de Carlos Velis, me había contagiado del virus teatral. Desde entonces había visto  todo el teatro que había podido, había entrado al mítico Taller de Teatro Universitario de la UES, de la mano de Roberto Salinas pasaba de enamorarme del Lorca poeta al Lorca dramaturgo y me había encantado la presencia de  Isabel Dada y  Dorita de Ayala.
Estaba por ese entonces iniciando un taller sobre análisis de texto con Filánder Funes, en el tercer nivel del Teatro Nacional, el texto era de Shakespeare y entonces llega uno de los colegas de Teatro Universitario y me dice que un director llamado Roberto Salomón necesita actrices para hacer de hadas en su montaje de Sueño de una noche de verano… de Shakespeare. Si, fue un dilema… que terminó conmigo en el patio de Actoteatro, escuchando las indicaciones de Eunice Payés y creyendo que nunca más tendría la oportunidad de trabajar con Filánder Funes, pero bueno… eso es otra historia.
El tema es que más o menos un mes después de eso, estábamos todos, jovencísimos y boquiabiertos, en el escenario de la Gran Sala. Hay algo mágico en llegar a un escenario, es como si de pronto  llegaras a un mundo nuevo y en ese mundo nuevo, pudieras ir a cualquier parte. Durante toda la temporada parecíamos ratones en casa nueva, yendo y viniendo, conociendo esa casa encantada que se llamaba Teatro Nacional.
En uno de los ensayos generales llegó Isabel. Isabel Dada, esa hermosa señora del teatro. Y allí la conocí y luego la volvía a encontrar en Radio Clásica, en la Fundación María Escalón de Núñez, en  muchos otros espacios donde se hacían actividades culturales en los noventas y como no, en el teatro, siempre en el teatro.
Curiosamente mi primer pensamiento sobre Isabel no es el teatro. Es más bien esa cualidad de inocencia que siempre me admiró, desde la primera vez que hablé con ella. No era esto de desconectarse del mundo y ser ingenuo, más bien era el creer que el mundo es un lugar donde a pesar de los peligros encontrarás gente buena y seguramente, después de la batalla, todo estará bien. Ya fuera contando sobre sus peripecias para hacer teatro, el criar a sus niños sola, el Maestro Barbero, o el comentar lo cuesta arriba que podía hacerse un proyecto teatral en este país, Isabel conservaba la inocencia detrás de sus fabulosos ojos y cuando te tomaba la mano en la conversación, después que vos también le contabas lo difícil que podía ponerse todo, estabas segura que sí, que al final, todo estaría bien.
Luego me viene a la cabeza también su voz, cuidada en el decir, cuidada en el recitar. “Si la poesía no se escucha bella, no le llega esa belleza al público, no lo toca”, me dijo una vez cuando me la encontré en  Radio Clásica y hablábamos de la declamación y de su programa de poesía “Homenaje a la vida” y de la Academia Shakespeare. Esa cualidad de inocencia también era búsqueda de la belleza, era una clase de cortesía que te atrapaba, un compromiso con el oficio… era  una cosa que recuerdo de los señores del teatro: Isabel, Tony Perdomo, Irma Elena Fuentes, Paco Campos, Eugenio y tantos que emprendieron viaje en este país sin memoria… no sé, algo que quizás es de otros tiempos.
Urd, Verdandi y Skuld, hilaron, hilaron, hilaron al pie de Yggdrasil… Las Nornas usaron tijera afilada justo hace una semana, porque también partieron Marta Alicia Aragón, actriz de la generación de Bellas Artes y Max Herrera, músico del Bachillerato en Artes del Cenar. Partidas para las que no hubo pañuelos blancos en los medios de comunicación. Vuelos en bandada en nuestro paisito donde parece que no paramos de despedirnos.
En un arte efímero, hecho con una vida hecha de sueños, donde al terminar la función no quedan libros ni cuadros que inmortalicen la obra, donde todo desaparece con el cierre del telón una y otra vez después de cada función, al final nos queda eso: el recuerdo de los ojos de Isabel, de su mano, de su voz educada, de sus personajes engañando el tiempo en las tablas. La memoria del trabajo de Marta Alicia Aragón, que según me comentan era impresionante sobre el escenario del Teatro Nacional, la sonrisa cálida y las notas de la guitarra  de Max Herrera en noches y noches de bohemia y  “vos sabés, lo que es tener un amigo, que derrame lágrimas por vos…” con las voces del público acompañando.  Después, cuando se apagan las luces y se disuelve el eco de los aplausos, todo es silencio.
Bendito silencio.