sábado, abril 11, 2015

Cosas que uno piensa mientras ve la tele

La violencia de todos los días. Agotadora. Se cierne sobre todos con su nube de miedo que abruma las conciencias e impide ver más allá de lo urgente: sobrevivir al cotidiano viaje hacia el trabajo, sobrevivir al transporte público donde eres maltratado, sobrevivir a la dureza del tránsito por la capital, donde todos miran con miedo y desconfianza, intentar que el alma sobreviva a las ráfagas que se escuchan en la colonia y que ya sabemos, es un muerto que se sumará a la cifra que leeremos en el periódico del día siguiente, sobrevivir al tipo que te roba en el bus, que te amenaza y pide un dólar en el bus, al tipo que te dice obscenidades en la acera,  al que casi te manosea cuando pasas esquivándolo, sobrevivir todo el día hasta llegar a casa, no muy tarde porque es peligroso, para ver el noticiero donde se resumirá toda la violencia del día, con las incontables víctimas, la descarada impunidad de los victimarios y la impotencia del gobierno, sobrevivir a vernos el ombligo tan intensamente que ni siquiera somos capaces de dar ayuda al vecino pared de por medio, con el miedo tan arraigado que cuando asaltan a alguien en la calle, miramos hacia otro lado o nos apartamos lo más pronto posible, con la impotencia como segunda naturaleza, tan incorporada, que no comprendemos que nosotros somos parte también de esto, que nadie va a venir con una varita mágica a solucionarlo por nosotros.
Sobrevivir  es la palabra clave, la que nos embrutece, la que elimina cualquier oportunidad de pensar creativamente y a largo plazo, la que nos obsesiona, la que nos hace gritar cosas como "pena de muerte", "negociación" o "estado de sitio". Sobrevivir, el imperativo de nuestra especie, lo que nos ha traído exactamente a donde estamos. Ahora, un grupo en aras de su sobrevivencia, amenaza con matar a tantas personas en tantos días y a menos que se le den x cosas, continuar con el baño de sangre y a eso le llaman negociar, invisibilizando como siempre a las víctimas. Otro grupo, en aras de su sobrevivencia, clama por los escuadrones de exterminio, los estados de excepción focalizados,es decir  Soyapango, Apopa, Mejicanos y otros "lugares problemáticos", para  "controlar" a la población, más cárceles, cada vez más cárceles y alambre razor y aumento en el gasto en seguridad, un gran negocio en nuestros días, con vigilantes que no están calificados para su tarea y que ganan sueldos míseros.
La tónica general en las últimas semanas ha sido escuchar a diferentes personalidades en diferentes medios decir "se debería hacer..."  y "la culpa es de..."sin que nadie en realidad haga nada, porque ni los funcionarios de estado, ni los partidos políticos en la Asamblea Legislativa quieren asumir el costo político de las medidas que se necesitan para que el gobierno pueda gobernar y la población pueda seguir manteniendo a sus estructuras burocráticas sin desangrarse a diario, cuando digo la población, me refiero a  quienes viven en los barrios obreros y cantones, a quienes siguen poniendo los muertos mientras ganan el mínimo en trabajos que no pagan horas extras.
Resolver la actual situación de violencia requerirá de un liderazgo efectivo por parte del ejecutivo, del trabajo articulado de los diferentes partidos en el  legislativo y de la eficacia del judicial, asumiendo los costos políticos que haya que asumir, negociando más allá de la conveniencia económica, cuotas de poder o contratos que se negocian a cambio de votos, es decir, poniendo como interés principal el bienestar de los votantes, para lograr salir de esta marejada. Y al mismo tiempo, buscar las formas en que las personas largo tiempo excluidas puedan incorporarse a la  producción y sobrevivir, no de la mendicidad institucionalizada o de las actividades ilícitas, sino desde la dignidad.
Y ojalá saquemos la nariz de nuestros ombligos y dejemos de tirar la pelota a la escuela, la iglesia, la policía y a quien quiera que sea y comencemos a ocuparnos de nuestras familias, de nuestras comunidades y de nosotros mismos, a ejercer ciudadanía y utilizar los recursos que nuestra democracia ofrece de manera responsable, sin violencia que sume a la que ya nos rodea y en la que estamos sumergidos. Ojalá que podamos dejar en algún momento de sobrevivir y comencemos a buscar vivir sin temor, con dignidad.

sábado, abril 04, 2015

Placeres Impíos

Viernes Santo. Luego del café del desayuno, busco una peli de esas donde hay siempre una chica que se enamora de un chico desde el principio y luego pasa algo así como hora y media para que sean felices por siempre, una de esas donde si dejas la pantalla por tres o cuatro minutos no pasa nada y no te pierdes, una como digamos, para dejar en segundo plano.
Despejo la mesa y traigo la tabla y el cuchillo. Le saco la cáscara a los mangos sazones y su olor dulce y ácido me llena la nariz, la pulpa que comienza a ser suave y amarilla asoma en su lisa desnudez y la olla se va llenando de los resbalosos cuerpos, luego, en los huecos que quedan entre uno y otro, pongo la corteza de la canela, los clavos de olor, las diminutas semillas de anís que estallan su fuerte sabor en el fondo del paladar, casi como si las saborearas con la nariz, los trozos de panela van llenando todo, el dulce y amelcochado café de la panela me queda en la punta de los dedos, lamo el índice y tomo el pulgar con los labios y el dulce me llena la boca con su reconfortante calidez que promete que todo va a estar bien, como cuando tenías cinco años y alargabas la mano para recibir un trozo de panela de contrabando, mientras el abuelo la hacía pedazos con una lisa piedra de río.
Con un pequeño rugido apenas perceptible, la corona de fuego se completa en la cocina y la olla descansa con su secreto de miel y fruta, esperando convertirse en conserva.
Saco el pescado del agua y confío en que su descanso subacuático ha sido suficiente para eliminar la sal con que lo conservaron. Su ojo vacío me mira, me incomodan los ojos de los pesacados secos, me hacen sentir culpable de no sé que innombrables faltas, así que corto todo rápidamente en trozos y elimino las cabezas. Mi gata me mira con los ojos entrecerrados desde la mesa de la cocina, a ella tampoco le gustan las cabezas de los pescados. Mientras el aceite estalla en pequeñas explosiones al recibir cada relleno de pescado,ha llegado el tiempo de los tomates que aguardaban puestos en macabra línea al lado del cuchillo. Rojos trozos que van a parar a la licuadora junto con las demás verduras y especies, cada vez que parto tomates pienso siempre en sangre, siempre.
La salsa tardará en espesarse lo que tarden los trozos de papas en ablandarse dentro de ella. De momento coloco la tapa y siento el aroma del anís invadiendo la casa.
La primer película romántica ha terminado hace rato y la segunda va como va todo en la vida a veces, por inercia... tampoco es que uno no sepa que al final el chico y la chica serán felices para siempre, pero esto de dejarse llevar por los finales felices cuando una no quiere complicarse la vida es sumamente reconfortante. Una cascada de arroz blanco y dos pizcas de sal coronan ese pensamiento mientras voy por dos tazas de agua para cocerlo.El agua forma un pequeño géiser mentras cae sobre el arroz frito y lo hace saltar. La segunda chica de la segunda película, que por esta vez no es rubia, parece estar muy confundida sobre si el chico es o no el indicado. "Da la vuelta y vete lo más lejos posible", le digo, pero no me hace caso.
Entonces busco la torta que traje desde el inicio de semana para que estuviera lo suficientemente dura. Una torta blanda no saca buenas torrejas, decía mi abuela. Saco los huevos con cuidado para ponerlos junto a la batidora, siempre recuerdo a mi abuela en estas circunstancias, era capaz de cubrir una docena de torrejas con solo tres huevos batidos con el tenedor, era increíble cómo lograba esponjar los huevos batidos de esa manera, no soy capaz de hacer una proeza semejante, me digo con desencanto mientras casco el quinto huevo y dejo cada cascarón con su yema dentro, como extrañas margaritas extraterrestres, aguardando a que trate de esponjar lo más posible, dentro de mis limitadas posibilidades, las respectivas claras.
Saco el dulce de mango del fuego, el olor a dulce y especias inunda la casa cuando levanto la tapa y yo extraño tanto a mis abuelos que tengo que sonreír mientras me dedico a voltear torrejas y ponerlas a escurrir sobre las servilletas... ¡La miel! Lleno la olla con un tercio de agua, vuelco el azúcar, una pizca de panela y las especias y recuerdo una bebida chalateca que se llama temperante y que se hace casi de las mismas cosas de las que estoy haciendo la miel de torrejas. Me prometo agarrar la mochila e ir a Chalate un día de estos, no a trabajar, a caminar, entonces me pregunto si será seguro caminar allá. Últimamente en este país parece que no hay ningún lugar seguro donde caminar.
La chica de la segunda película ha resuelto todos sus problemas existenciales y se ha quedado con el chico. Dejo que corra la siguiente película, total, ver cine banal nunca ha matado a nadie. Casi todo está resuelto, ahora es cuestión nada más de recoger, limpiar, separar las semillas para el huertito y darle las cáscaras a las lombrices. Los platos salados ya están. La miel hierve y dispersa su aroma suave, casi tímido y ahogo en ella a las torrejas, una por una.
Tiempo en la cocina en este Viernes Santo: cuatro horas, nada mal para un Viernes Santo de placeres impíos.

sábado, marzo 28, 2015

Vacaciones

No hago grandes planes para las vacaciones. Me aseguro de tener lo necesario para no tener que ir a las aglomeraciones de los centros comerciales, encontrarme únicamente con quienes preciso ver y me quedo en casa a escribir, visto desde fuera seguramente no es de lo más emocionante, sin embargo todo se convierte en el lugar más confortable del mundo cuando puedes estar con un café y la compu por cuatro o cinco horas sin tener apuro por nada, excepto por el nuevo libro de Harry o el nuevo montaje de Jen
o de ser posible, por las dos cosas.
Eso es lo genial de las vacaciones, el tiempo vacío en el que puedes encontrarte con Woody Allen, Tolkien, los clásicos griegos y Chabela Vargas, caminar por el centro para ver gente pasar, curiosear en una librería de segunda mano o sentarte un par de horas para organizar todas tus ideas acerca de ese nuevo montaje que ha estado nada más como un caótico río de imágenes en tu cabeza.
Eso es lo que lleva más tiempo, desde que leíste el texto o desde que se te ocurrió el nuevo tema para el nuevo libro,  has estado por semanas volviendo a él, viendo cosas, anotando cosas, buscando palabras que llevan a otras palabras, viendo imágenes que llevan a otra imágenes, escuchando obsesivamente a Apocalyptica y al Gran Silencio y las ideas siguen acumulándose por la habitación, hasta que una mañana te despiertas y al bajarte de la cama te tropiezas con ellas, están por todas partes, las haces a un lado para buscar las yinas, las apartas para poder abrir la puerta y te las vas quitando de a poco, como telarañas, mientras caminas hacia la cocina para poner el café, no se van por el desagüe con el agua de la regadera y se prenden a tu ropa para interponerse entre tú y el vidrio del microbús, camino al trabajo, de pronto te las encuentras en medio del sandwich que te preparaste para el almuerzo o hacen ruido y te despiertan a las tres de la madrugada. Entonces sabes que necesitas un par de días libres para poder ver al techo, o al cielo, o hacer parecer que ves el paisaje cuando en realidad estás acomodando todo como en un gran rompecabezas y te exasperas con las piezas que faltan, hasta que tienes que levantarte y caminar por la casa hasta que la casa no alcance y entonces sales y caminas con el perro por la cuadra hasta que la cuadra no alcanza y entonces sales y te tomas un micro y te vas al café del centro y te sientas por otro par de horas con un café en la mesa y usando la ventana como excusa para que se piense que estas viendo a la gente pasar, mientras vuelves a sacar todas la piezas del rompecabezas para ver si encuentras la que te faltaba y te ríes con la ventana cuando eso sucede y puedes ver el cuadro completo ¡Si tan solo se pudiera gritar de alegría en un lugar público sin que te tomaran por loco!
Si, se necesitan un par de días libres para poder ocuparlos con todos los rompecabezas pendientes... he hecho la compra en el mercado para tener todo lo que necesite a la hora de cocinar, tengo suficiente café y un par de cervezas a mano, el texto que Harry quiere corregir está listo, el texto que Jen quiere montar también lo está, la compu está disponible y hay internet, el celular está apagado... la diversión de vacaciones promete estar asegurada.

sábado, marzo 07, 2015

Historias de terror

Eran los ochentas, al atardecer un ruido fuerte y sordo se escuchaba a lo lejos y luego del bombazo, la energía eléctrica se iba, mis primas y yo esperábamos a que la luz del sol bajara un poco más y luego íbamos a buscar las candelas, dos o tres candelas sobre botes de azúcar o sal, las sombras que se alargaban  tenebrosamente sobre las paredes y un locutor dando noticia sobre las últimas victorias del ejército, nada sobre postes derribados ni zonas a oscuras. Las primeras horas de la noche habrían resultado muy aburridas si no fuera porque mi abuelo comenzaba a contar historias de miedo: él encontrándose con el Cadejo, él escapándose del diablo y por supuesto, las historias sobre la niña que todos vieron cuando mi mamá y mis tíos eran niños y vivían en aquel viejo caserón. Mis primas y yo nos íbamos juntando cada vez más a medida que las historias iban avanzando y sentíamos ese cosquilleo mezcla de miedo y expectación, que era como estar en el cine ante una peli de espantos. El tiempo hasta la hora de dormir pasaba volando y cuando había que ir a la cama, nos llevábamos en la nuca ese miedillo, como el soplo de algún fantasma desperdigado que se había fugado de una de las historias. Muchas veces he extrañado esos cuentos de miedo.
Esta semana me contaron tres historias. Tres historias de terror, sin cadejos ni espíritus. Tres historias de personas que trabajaban duro en diversas circunstancias, que vivían en diferentes zonas obreras de este paisito inventado, que vivían lo mejor que puede vivirse en estos lugares, es decir, sin meterse con nadie. Un consultor independiente que ayudaba a su familia con el sostenimiento cotidiano, un trabajador que ahorraba para regresar a la universidad, un cobrador de autobús. ¿Qué tenían en común además de vivir en zonas obreras? Todos tenían entre treinta y treinta y cinco años, todos eran gente productiva que no buscaba problemas y todos fueron asesinados, víctimas de ladrones y pandilleros, sin que la policía ni el sistema judicial hayan podido evitarlo ni ofrecer a sus familiares una mínima esperanza de justicia y dejando a sus seres queridos en el desamparo, la incertidumbre y el miedo.
Para quienes viven a salvo en el otro país dentro de este país, para quienes los muertos de cada día no pasan de ser una cifra en el periódico o una estadística en los reportes mensuales,  para quienes no están interesados en saber, desde el comfort de sus oficinas, vehículos y viviendas con guardaespaldas, déjenme contarles cómo es el miedo cotidiano en esta parte del país, donde estamos los que seguimos poniendo los muertos desde hace décadas, mientras los victimarios se disfrazan de víctimas para ser resguardados.
Déjenme contarles el vacío que se siente en la boca del estómago cuando uno va en el bus y ve subirse a dos o tres tipos que se conocen como sospechosos, cómo uno mira hacia la puerta de salida, calculando si podrá o no bajarse antes de que "empiecen a poner", cómo se aflojan las piernas cuando otros tres tipos se suben al bus, entre la Tutu y Puertobus, a decir que quieren un dólar o "ya saben", cómo una corriente angustia va subiendo por el cuerpo cuando son más de las siete y media de la noche, porque se nos ha hecho tarde y una camina de prisa mirando a todas partes y al llegar a la desierta parada de bus quisieras salir corriendo hacia un lugar seguro; lo frío, tremendamente frío que se siente un puñal apoyado contra tus costillas mientras te piden el celular, el miedo que da cerrar la puerta de tu casa y salir a la calle al día siguiente de ser asaltado, la rabia y la impotencia que nos llenan cada uno de los poros cuando te acosan en la calle y sabés que responder es arriesgarte a que te maten. La prisa y el infinito cansancio con el que se llega a las hacinadas colonias obreras, antes que se ponga oscuro y sea peligroso, como animales acorralados que buscan la cueva al anochecer, agotados por el día de violencia que se ha vivido, para desenchufarse frente al televisor y tratar de descansar antes de salir al día siguiente a otra jornada de terror y violencia y así al día siguiente y al día siguiente, para producir y pagar con nuestro trabajo los salarios de los encargados de los sagrados destinos de este país que ya no podemos ver como nuestro, porque en cada una de esas colonias hay rótulos pintados en las paredes que nos recuerdan que ese no es más nuestro territorio, sino el de quienes han tomado como rehén nuestra tranquilidad ante la mirada impasible y la inútil presencia de las autoridades.
Este es nuestro cuento de terror diario, nada que ver con los que contaba mi abuelo.

sábado, febrero 28, 2015

En voz alta

Me he resistido a visitar los hospitales, sobre todo los del ISSS, es como una especie de alergia hospitalaria, hay algo en el ambiente de los hospitales que es del todo incompatible conmigo, sin embargo este año he estado en diferentes unidades de salud y hospitales, no como paciente, no, como poeta.
Hospital ISSS Santa Ana. 9:30 a.m. Bajo por vericuetos de escaleras y pasillos, en algo que bien podría ser Calabozos y Dragones, excepto que me acompañan dos señoras con gabachas blancas y un memorandum. Llegamos al sótano. Tocan la puerta de un cuarto diminuto: un archivero, un escritorio, una silla... ah si, el aparato de radiofonía. El encargado me mira con cara de no entender la absurda propuesta que le están haciendo.
- ¿Qué ella va a usar el aparato para qué?
- Para leer poesía - le dice una de las señoras de gabacha blanca, como disculpándose por el tremendo inconveniente
- Diez minutos y luego corto para que usted de los anuncios que tenga que dar y luego hago otros cinco minutos - tercio yo, poniendo mi sonrisa más encantadora.
El encargado de la radiofonía mira el memo y luego hace una llamada, alguien al otro lado ha debido decirle que aquello es de verdad, no hay nada qué hacer, si el papel autoriza, autoriza.
Me siento a la silla, con una mano sostengo el libro y con la otra presiono el interruptor del alta voz. Digo:
De Roberto Armijo A Federico García Lorca

Murió de pie, de pie, definitivo.
Sobre el muro vaciáronse sus venas.
En sus huesos hundieron las avenas
Sus raíces y el grano genitivo.
De su garganta de andaluz olivo
Insurgía la España sin cadenas.
Se daba al pueblo abierto y sensitivo.
Su simiente perenne se conserva
En el verdor del musgo, de la yerba,
El jazminero y el olivo viejo.
Cegaron el temblor de sus retinas.
Lloró el viento, el trigo, las encinas.
Murió también de España con Vallejo.

Y luego otro poema y otro más, mi voz, cargada de Armijo, Roque y Claudia Lars viaja por los altoparlantes a los pasillos y salas del hospital, entre las colas de espera interminable, las camas y las básculas que pesan niños, deja palabras que amainan los minutos planos del tiempo hospitalario.
El encargado del altoparlante me permitió continuar el recital durante casi media hora sin interrupción, dije también que Mario Noel estaba haciendo versos frente a la farmacia. Quité el dedo del interruptor. Tenía que ir a ver a Mario. El señor del altoparlante me mira y me pregunta si ya me voy, le digo que sí, entonces me dice que muy poquito tiempo y que si cuándo vamos a regresar otra vez. Le dejo una hoja con poemas y salgo del sótano de Calabozos y Dragones, dando gracias a los Dioses por la Poesía.

sábado, febrero 14, 2015

De Valentines y Versos

A propósito de este día, estaba pensando en "Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín", que actualmente estamos presentando en nuestra Salita. Mi relación con Lorca es una de las más largas de mi historia, lo visito como visito a Barba, a Fito y a Girondo y son visitas muy productivas, tengo casi todas sus obras en mi lista negra y he tenido la buena fortuna de montar un par de ellas.
"Amor de Don  Perlimplín con Belisa en su jardín" no era por cierto uno de los títulos a la cabeza de la lista, pero por una de esas cosas de la alineación correcta de los astros y que uno, milagrosamente, está en disposición de hablar de amores y demonios, el montaje surgió. Surgió primero en mi cabeza, como todos mis montajes, aunque lo que luego aparezca en escena pueda diferir más o menos de la idea original, y surgió por unos versos, unos de los más hermosos versos que Federico pudo haber escrito:

Amor, amor
que estoy herido,
herido de amor huido,
herido,
muerto de amor.
Decid a todos que ha sido el ruiseñor.
Bisturí de cuatro filos,
garganta rota y olvido.
Cógeme la mano, amor,
que vengo muy mal herido,
herido de amor huido,
¡Herido!
¡Muerto de amor!

Tiene una música perfecta, procuraba quedarme sola para poder recitármelo despacio, saboreando la cadencia, sobre todo en: "bisturí de cuatro filos, garganta rota y olvido", es una cosa tan bella y amarga que te parte el corazón aunque no estés enamorado y bueno, luego de un par de semanas sin soltar esos versos, tenía que releer la obra y ponerla del derecho y del revés hasta  saber cómo deseaba montarla.
No es una de las más famosas de Lorca, no son sus grandes tragedias ni su teatro de guiñol, es una  pieza pequeña  para un teatro de cámara, algo íntimo para lo que el propio Lorca compuso la música, el autor dice: "Aleluya erótica en cuatro cuadros" y es como si ya estuviera jugando y le invitara a uno, como si uno pudiera divertirse mucho haciendo algo así. Lo de aleluya me descolocó, pensé en algo místico hasta que investigando,  descubrí las aleluyas y tebeos del siglo XIX y pude ver a Don Perlimplín, viejo verde, casi entre Pantalón y Cristobita y eso me abrió todo un otro mundo.
Perlimplín aparecía entonces como un Cristobita con alma, un alma que sin quererlo tropezó con el amor y el deseo de poseer totalmente al objeto amado, eso tan humano, a pesar de tantos siglos de querer amaestrar al instinto y hacer que se comporte de forma políticamente correcta.
El amor de pareja no es el amor fraternal que se brinda a la humanidad sin distinción de raza o credo y sin esperar nada a cambio, es el amor que se convierte en deseo por vernos reflejados en el objeto de nuestro afecto, saber que somos una vibración que resuena en un otro, donde dejamos nuestra huella y como escuché en una película hace rato: "es triste cuando el objeto de nuestro afecto no responde con el entusiasmo que uno quisiera", entonces ¿qué hacer? ¿qué hace Perlimplín cuando descubre que la vibración de su alma no resuena en Belisa porque simplemente Belisa no tiene un alma? Lo único que puede hacer: le da un alma a Belisa, un alma que sea capaz de entender el amor a través de la sensualidad del cuerpo que se comparte no por el deseo vacío o la tenaza de la soledad, sino como un acto de comunión amorosa.
Sin embargo, cada vez que los humanos involucramos a nuestra alma hay consecuencias, enormes consecuencias, como le sucede a Fausto cuando compromete su alma para ganar el corazón de Margarita. Para Perlimplín entonces, habrán consecuencias, trágicas, como sucede siempre en Lorca cuando hablamos de amor.
Esas eran las ideas que me rondaban cuando me hundía por enésima vez en la lectura de la pieza y pensaba: tengo que verla en el escenario. Y aquí esta, cumpliendo ya su segundo año de vida y generando nuevas preguntas sobre esa cosa llamada amor.
Para quienes quieran acompañarnos estará este jueves 19 de febrero, a las 6:00 p.m. en nuestra Salita TIET - ACJ, Urbanización San Ernesto, pasaje San Carlos, no. 128 (sobre el boulevar de Los Héroes, entre mr. donut 24 horas y Scotiabank).

sábado, febrero 07, 2015

Un puñado de polvo, un gesto.

Han pasado un par de semanas desde que junto al TIET realizamos el Encuentro Teatro y Memoria y luego de las emociones, las ideas comienzan a gravitar y asentarse donde deben. La idea del encuentro surgió como surgen nuestras ideas antes de crecer y convertirse en nuevos territorios; en diciembre estábamos hablando de lo que haríamos en 2015: qué queríamos montar, a quién queríamos recibir, qué clases íbamos a organizar, adónde queríamos ir y de pronto surgió: "¿qué tal si hacemos un encuentro, algo sobre los acuerdos de paz?", habíamos hecho antes otras acciones: lecturas, presentar nuestra Santa María de la Espera, todo como una especie de gesto mínimo para reflejar la indignación que aún nos causa el olvido en el que caen ciertas cosas en nuestra realidad.
Sin embargo, esta vez la idea era generar un pequeño espacio para poder encontrarnos con otros colegas y hablar sobre cómo nos vemos, cómo vemos esta porción de territorio a la que llamamos "nuestro país" y ese trozo de tiempo al que llamamos "la guerra", así, sin intentar ser políticamente correctos ni gramaticalmente acertados, simplemente como la llamamos desde que tenemos noción de ella, le dices a alguien: ¿vos te acordás de la guerra? ¿dónde estabas para la guerra? ¿te fuiste para la guerra? y si el interlocutor tiene más de 35, sabe de lo que le estás hablando.
Queríamos encontrarnos con otros colegas salvadoreños que habían realizado trabajos sobre la vida y la violencia de nuestro pasado no tan remoto, porque trabajando desde donde lo hacemos, muchas veces sientes que estás lanzando un mensaje en una botella en medio del mar, deseas que alguien lo lea pero no sabes si sucederá y luego de un tiempo eso puede producir una sensación de soledad. Entonces es bueno encontrarse con otros navegantes, saber porqué hacen lo que hacen y cómo lo logran. Cuáles son las semillas de sueño que laten dentro de cada necedad, de cada necesidad por decir sobre el escenario cosas que sólo le importan a un puñado de gente.
Y entonces contactamos a los colegas, conseguimos espacios, gastamos los ahorros y conseguimos plata prestada y en nuestra mínima sala, donde caben unas cuarenta y cinco personas y casi siempre sobran asientos, abrimos el telón del encuentro con, por supuesto, únicamente un puñado de personas. Hablamos sobre nuestros procesos creativos como daramaturgos, directores y actores, sobre lo que significa tratar de hilvanar retazos de memoria sobre un tiempo que no logramos recordar de la misma forma en este país que  no tiene una historia de esa época y quizás de casi ninguna época, leímos piezas que permanecen inéditas y son el tejido de la palabra y la poesía que cada uno de los colectivos propone en escena y finalmente presentamos con emoción, en nuestra mínima sala, los trabajos propios y de los colegas, que daban cuenta de cómo logramos recordar, interpretar y hablar de esto que somos y nos atraviesa como una pequeña esquirla que no logramos sacar y encona la carne a su alrededor. Todo ante un puñado de gente que tal vez siente ese mismo encono.
Tal vez nuestro Encuentro Teatro y Memoria sea solo otro de nuestros mínimos gestos ante un puñado de gente que lo comparte, para sacarnos la indignación que este paisito produce, como el de Antígona vertiendo una capa de polvo sobre el cadáver de Polinices para que el viento lo arrastre luego, un gesto pequeño pero necesario para no desaparecer entre los jirones de memoria que se va llevando el presente. Un gesto de siempre necesaria resistencia, tal y como lo es continuar con nuestra actividad en la pequeña sala del boulevard Los Héroes, aguardando a ese puñado de espectadores que necesitan compartir ese gesto.