sábado, mayo 16, 2015

Crónicas del Subsuelo

Sábado. Camino rápidamente para cruzar el centro comercial, detesto las aglomeraciones, la gente aglomerada me produce asco. Ayer fue día de pago para quienes cobran por quincena y hoy el centro comercial está realmente abarrotado. Mi estómago entona la canción del hambre, son casi las dos de la tarde y luego del ensayo debería ir a casa, pero aún tengo que recoger en el centro unas fotocopias que ya había encargado.
Subo al bus y tomo el tercer asiento, hay más gente subiendo. De pronto sube un tipo con pantalones tumbados y gorra, disimuladamente mira a los asientos, mi alerta interior se enciende; tras él suben dos chicas con aspecto similar, mi alerta interior emite un warning con luces rojas parpadeando como faro de ambulancia. Las dos mujeres muy bien arregladas del primer asiento se levantan nerviosas y queriendo ser discretas, buscan la salida. Yo pienso: "estos tipos vienen a poner" y por un momento pienso en bajarme, pero solo tengo veinte centavos y varias cosas que hacer antes de llegar a casa.
"Bueno - pienso -  no tengo un peso encima y mi celular es del siglo pasado, solo será el susto". Saco mi dui, me siento sobre él y veo por la ventana, pienso que deben asaltar luego de la curva saliendo de Metro, antes de llegar al M.Q., se bajarán allí y correrán a la Tutu o al callejón del hospital. Hemos pasado la curva, hay un movimiento de gente hacia la parte de adelante del bus, me asomo por el asiento para ver si tienen pistola o solo cuchillas, para seguir calculando opciones. Un hombre se resiste, dos más van en su ayuda, otros hombre mayor se levanta de la parte de en medio y va hacia atrás, pelean; el busero se resiste a parar, uno de los hombres que ha hecho resistencia va hacia él y lo obliga a parar en el M.Q., hay un par de policías, todos los llamamos a los gritos, las dos mujeres aprovechan la puerta delantera abierta y saltan sobre la máquina cobradora, alcanzo a agarrar a la última por el brazo pero me golpea el pecho, pierdo el equilibrio y caigo en el pasillo del bus, alguien me ayuda a levantarme, el otro tipo ha sido entregado a la policía y el bus vuelve a ponerse en marcha. Guardo mi dui de nuevo donde debe estar.
Las mujeres tranquilizan a sus chiquillos de ojos grandes y llorosos. Los hombres hablan airados. El bus avanza y llego a mi parada, camino a la salida de atrás. hay un charco de sangre y una gorra también salpicada de sangre ¿de quién será esa sangre? Tengo que pisarla para poder bajar. El  bus se aleja. Vuelvo la vista y veo hacia abajo; una, dos, tres pisadas rojas con la suela de mis zapatos, se desdibujan una tras otra hasta desaparecer. Miro al frente y me pongo alerta de nuevo, el día no ha terminado y aún tengo cosas qué hacer antes de llegar a casa.

domingo, mayo 10, 2015

Ay madre

En El Salvador, en el día de la madre, las calles y centros comerciales son zonas de guerra con cientos de personas peleando por parqueo, por un lugar en los abarrotados restaurantes o para llegar a la cabeza de las colas de caja para pagar los regalos con los que demostrarán el amor a mamá. Como con todas las fechas que se han comercializado hasta la coronilla, evito salir de casa a encontrarme con la neurosis de los celebrantes, sin embargo por donde ande me alcanzan  los comerciales del día de la madre que repiten imágenes y frases trilladas sobre las mamás, todos los boleros a la abnegada y sufrida madre a la cual el hijo vuelve luego de desengañarse de la pérfida mujer que ¡oh sorpresa! no es como su madre y puesto que las mamás vienen en todas las formas, tamaños y colores, que muchas veces no se ajustan a las imágenes de la tele, cansan estas cosas, así que para este día de la madre acá va mi lista de lugares comunes de poca madre sobre la madre:

No. 1: El clásico anuncio de "El regalo perfecto para mamá", acompañado de imágenes de mamás felices de recibir planchas, ollas y otros utensilios de limpieza y cocina... funcionará si eres una master chef deseosa del último super electrodoméstico de moda, pero yo preferiría las Obras Completas de Cortázar antes que cualquier plancha y si me regalas una sartén, esperaría que también me hagas el desayuno, sobre todo si es en fin de semana.

No. 2: "Una madre lo soporta todo por sus hijos"... este puede ser peligroso, en serio, nadie debería tener que soportar de todo, a menos que así lo elija teniendo en cuenta todas las opciones posibles y pudiendo acceder a ellas, sobre todo cuando "soportarlo todo" compromete su integridad y seguridad, hay un punto donde está bien decir: basta, no voy a soportar nada más de nadie más, desde lo mínimo a lo más complicado, sin que la mujer deba sentirse culpable por ello. En nuestro entorno abundan las historias de mujeres que aguantan todo por sus hijos, porque simplemente no tienen o no conocen opciones para evitar la violencia emocional, sicológica, física, económica y patrimonial que viven en sus hogares.

No. 3: "La Supermamá", a esta imagen la envidio: trabaja entre ocho y diez horas en cosas muy importantes, lleva y trae a los chicos, es super sociable, supervisa la casa, está siempre impecable, hace veinte mil cosas sin despeinarse  y siempre tiene colocada una sonrisa... yo, simplemente no puedo, hago veinte mil cosas por exceso de entusiasmo, pero me despeino y me pongo impresentable, si estoy con la cabeza en un nuevo proyecto mi cuarto es zona de desastre, hay libros en cada rincón de la casa, olvido cosas por recordar textos, si estoy cansada no hablo con nadie y no siempre sonrío.

No. 4: "El día para consentir y hacer feliz a mamá", acompañado de imágenes de celulares, automóviles y cosas que son la fuente de la felicidad, no me lo tomen a mal pero a mí me gusta que me consientan a diario, soy como un gato y no necesito que se designe un día para que me hagan feliz, tampoco necesito el último celular que te hace más atractiva o el automóvil que te hace mas inteligente y cuando uso zapatos de tacón es por puritita necesidad, porque al parecer si no vas de tacón "no vas formal". Si vas a contribuir con tu cachito de buena voluntad a la felicidad de tu mamá ayúdale con el trabajo de la casa, pregúntale de vez en cuando cómo se siente, en fin, sé amable y lo demás vendrá por añadidura.

No. 5. "Para Mamá, la reina del hogar", este lugar común si te pone los pelos de punta, cuando uno considera que durante el primer trimestre de 2015 en El Salvador se reportan 60 feminicidios, muchas de ellas madres y la mayoría asesinadas por esposos, compañeros de vida o pretendientes. Es difícil creer que eres la reina del hogar en un país donde el trabajo reproductivo es invisibilizado, las mujeres no pueden ejercer su derecho a la maternidad libre y responsable por falta de información, violencia y miedo a perder su trabajo entre otras cosas, la brecha entre los salarios masculinos y femeninos es de alrededor de 30% y hasta un 40% de los hogares salvadoreños están a cargo de mujeres, la mayoría de veces por irresponsabilidad del padre.

Para lograr que cada año el Día de la Madre sea una real celebración para las madres en nuestro país, sobre todo para aquellas que pertenecen a sectores vulnerables de la sociedad salvadoreña, es necesario reducir las condiciones de desprotección, violencia e inequidad que las madres viven cotidianamente, sin dejarnos arrastrar por las campañas comerciales de la temporada que convierten a la madre en una imagen más de nuestro inmenso mercado.

sábado, mayo 02, 2015

Trabajo invisible

Dados los recientes sucesos, bien podría escribir sobre el primero de mayo pero, lo confieso, no voy a marchas porque en las actuales circunstancias me parecen un gesto vacío, el primero de mayo me quedé arreglando la casa (dicen que el trabajo reproductivo también es trabajo, aunque parece que nadie se da por enterado) y claro, escribiendo como trabajadora del texto que soy, me pareció que eso era una forma más consecuente de honrar a los Mártires de Chicago (dicen que el trabajo intelectual es trabajo, aunque parece que nadie se da por enterado).
Es decir, para quien lo ve desde fuera, me quedé en casa haciendo nada... eso me pone a pensar en los trabajos invisibles que hacemos quienes nos dedicamos a cosas que usualmente no se ven como trabajo, como cuando alguna señora dice: - no, es que yo no trabajo, me quedo en la casa: pero anda tú a ver la jornada: limpieza, lavar, planchar, jardinería, recados, reparaciones, compras, administración, cocina, asesoría en tareas, sin contar si hay que hacer atención médica y veterinaria, además de consejería, en jornadas de 12 a 16 horas y sin horas extras.
O como cuando das una cotización por tus servicios artísticos y primero se te quedan viendo como si hablaras marciano, cuando el presupuesto de seguro es mucho menor de lo que van a gastar en regalitos o promocionales, para a continuación pedirte una rebaja de al menos la mitad del precio o el clásico: "no tenemos presupuesto, pero te podés presentar para darte a conocer" o "queremos que nos apoyés", cuando eso pasa, quisiera decirles que es muy ofensivo que te digan algo así, que jamás irías con un abogado y le dirías si te rebaja lo que cobra por sus servicios, que yo no puedo ir con el recibo de la luz a pedirle a la compañía eléctrica que me rebaje la mitad del pago y que seguramente no puedo pedirle al supermercado que me dé sus productos gratuitamente para darse a conocer, aunque si me gustaría que ellos (sobre todo cuando son instituciones de gobierno quienes te pide "apoyo") me apoyaran brindándome condiciones para poder desarrollar mi trabajo y con ello ser un  agente productivo en mi sociedad. Que el producto artístico que ellos ven en una obra de teatro o danza, en un libro, es un producto de años de formación, de meses de trabajo creativo y de producción, de conocimiento y destreza técnica y de habilidades especializadas, que todo ello es también trabajo.
Habrá quien diga que los artistas nos quejamos mucho, que si es muy difícil nos busquemos otro trabajo que pague y dejemos de hacer tanto alboroto, pero no es tan sencillo. ¿Porqué tendríamos que ahogar nuestro potencial y escoger algo en lo que seguramente seremos mediocres en lugar de pedir las condiciones para hacer un aporte realmente importante en lo que sí somos buenos? El trabajo no es una obligación que deba alienar nuestra humanidad a cambio de un salario, debería ser  encontrar el justo lugar donde desarrollar los talentos con que podemos servir de mejor manera a nuestra colectividad, es decir, encontrar nuestra vocación de vida y de servicio para los demás y como ciudadanos y contribuyentes del país donde vivimos, tenemos el derecho a tener las condiciones que nos garanticen no solo sobrevivir, sino vivir plenamente y aportar lo mejor de nosotros al desarrollo de nuestro entorno.
Como artista, quiero que el Estado que sostengo y del cual soy parte, me garantice las condiciones para desarrollarme según mi vocación, que defienda mi derecho a un trabajo digno, que garantice los mecanismos que me protejan de la explotación y que me auxilien en estados de maternidad, enfermedad, incapacidad y retiro. No estoy pidiendo un trato especial, estoy pidiendo lo  mismo que mis conciudadanos, la oportunidad de construir una vida digna a través de mi honrado trabajo creativo.

sábado, abril 25, 2015

La Tentación

"No hay ningún trabajo decente. Si un escritor abandona la creación, está muerto".
C. Bukowski.

Siempre citan algo parecido: "si puedes pasarte sin escribir (bailar, hacer teatro, pintar), entonces busca otra cosa qué hacer". Parecería una de esas citas que todo el mundo hace pero nadie cumple, pero esa cita, lamentablemente es verdad. Lo sé de todas y cada una de las veces en que me he prometido que no volveré a montar nada, que no volveré a escribir una línea. Lo he dicho con todo el encono de que soy capaz, me lo he dicho a mí misma y se lo he dicho a mis amigos que siempre me toman por Pedrito el del lobo, lo he dicho cada tanto, cuando la frustración de ver solo paredes sin ninguna puerta o ventana se hace rabia espumosa y desesperada... lo he dicho y hasta he tratado de hacerlo y más temprano que tarde he tenido que morderme la lengua cuando me sorprendo entusiasmada por un nuevo texto.
Pero también es cierto que muchas veces al año recibo mensajes o me encuentro con personas que me aseguran que lo único que quieren en la vida es hacer teatro y si es posible hacerlo en El Tiet mucho que mejor, entonces les digo que nuestro proceso es constante, que nuestro taller está siempre abierto para recibir aprendices, que no se cobra una mensualidad en efectivo por asistir y se entusiasman mucho más, luego les doy el detalle de horarios y les digo que hay que llegar puntual y sin falta a todos y cada uno de los entrenamientos, que el proceso de aprendiz es de al menos  un año antes de poder tener alguna responsabilidad en algún montaje y el entusiasmo pasa a ser una expresión de... es que el tiempo, es que... sin embargo algunos llegarán a algunas sesiones, algunos meses, antes que el tiempo, el trabajo, los compromisos... algunos que han pasado por otros procesos y ven el teatro como algo que tiene un tiempo determinado de aprendizaje donde se aprende todo lo que hay que aprender, se quejarán de las horas de entrenamiento que sin un objetivo por parte del actor pasan a ser solamente tiempo muerto y repetitivo, vacío del espíritu de investigación y auto conocimiento. Y si lo dejan está bien, simplemente no era lo suyo y tarde o temprano todos encontrarán lo que necesitan.
De vez en cuando, contra la fatiga del cotidiano tengo que recordarle a los actores del grupo, que si no logran comprender que el tiempo en el taller, dedicado al entrenamiento o al ensayo, es una elección personal para perfeccionar el oficio de quienes escogen esta forma de hacer teatro y no una obligación impuesta por alguien ajeno a ellos mismos,  que el tiempo de entrenamiento individual o colectivo es un territorio de creación propiedad del actor o actriz que ellos se dan a si mismos y no que hacen para complacer al director o docente, entonces el taller, el espacio donde se desarrolla el oficio, carece totalmente de sentido.
Hacer teatro de grupo no es una carrera, es un oficio que requiere la misma disciplina y concentración que se requiere para hacer filigrana en metal, manejar una catana o correr una maratón, es un ejercicio de comunidad que requiere del compromiso de nuestra humanidad a cambio de la búsqueda de un momento de verdad y comunión con el público, en una sociedad donde los compromisos son relativos y casi siempre a cambio de algo tangible y aprovechable, en un entorno al que no le interesa lo que hacemos y que no favorecerá nuestra opción de vida. Entonces ¿porqué lo hacemos? La respuesta a esa pregunta es algo que cada uno de nosotros tendrá que encontrar una y otra vez mientras desee seguir en esto y que invariablemente nos llevará al territorio de nuestra libertad creativa.
Hace algunas semanas alguien me preguntaba si no sería mucho más fácil ser menos yo, lo dijo con esas palabras y de muy buena voluntad y a continuación me enumeró todos los beneficios de mantenerse en el territorio de "la normalidad" y claro, por un momento lo pensé: más horas de sueño, menos portazos en las narices, más plata, menos frustraciones, más indulgencia, menos batallas. La tentación en realidad no es para ignorarla, sin embargo lo reconozco, no podría soportar renunciar a la libertad de ser yo por más de un par de semanas antes de morderme la lengua nuevamente, otro de mis tantos defectos.

sábado, abril 18, 2015

Recitales

En esta jungla, gracias a mi oficio, a veces puedo juntar mis dos pasiones: el teatro y la literatura, como en esta semana, cuando pude armar dos recitales, uno para adultos y uno para niños.
Me encanta probar a hacer cosas con la poesía además de escribirla  y leerla. Me encanta probar qué pasa cuando nos divertimos con ella, cuando la gozamos al leerla, al cantarla, al bailarla, cuando la llevamos a escena.
Para hacer esto he sido afortunada de contar con talentosos cómplices que me permiten trabajar con ellos y sus propuestas, así como espacios coordinados por gente que no teme arriesgarse a recibirlas.
Me gusta hacer recitales para adultos pero en realidad disfruto a morir trabajar para niños, al igual que cuando hago teatro, me encanta poder acercar los libros a los niños. Quizá porque cuando era niña, las libreras de mi casa hacían de
portales con interminables horas de aventuras en lugares fabulosos y con gente a la que comprendía y que me comprendía perfectamente. Ir a la librería a escoger un nuevo libro, el premio por las buenas notas al pasar el grado, era el momento más esperado de fin de año y poner ojitos tiernos al llegar a la caja, podía asegurar un segundo libro si el presupuesto daba para ello y mi mamá casi siempre se aseguraba de que alcanzara. Llevar un libro nuevo a casa era anticipar la emoción de lo que leería en las siguientes semanas y esperar el momento de abrir el nuevo libro, esa emoción que solo pueden entender los bibliófilos.
Así que cuando estoy en un salón con más de treinta chiquillos, sobre todo de escuelas públicas como donde estudié yo, me emociona pensar que ellos también puedan encontrar alguna buena compañía, viajar a algún lugar interesante, hacerse preguntas, creer que el mundo es mucho más grande y tiene muchas más posibilidades que las que puedan encontrar en la estrechez y la violencia de algunas de las comunidades y quien sabe si en nuestro pequeño auditorio puedan estar nuestros próximos artistas e intelectuales tan necesarios para la reconstrucción de la humanidad de nuestro país, que se destroza a dentelladas cada día.
Así que del libro de poesía infantil de Mario, con el que estamos trabajando, les reparto bloques a Mario y Krisma, hago videos, convierto uno en una cancioncilla para una ronda y los títeres, esos mágicos duendes que siempre me auxilian, también declaman y hablan con los poetas y los niños sobre esta cosa maravillosa que es la poesía y los  libros. Así que cuando saco una línea de chiquillos para una dinámica poética, les pregunto qué van a ser cuando sean grandes, ellos se quedan callados y yo les digo que pueden ser lo que quieran y entonces tengo una línea de papás, doctores, bomberos y científicos y me alegra que uno de los puertos de donde arranquemos nuestro viaje al futuro pueda ser  el de la poesía.

sábado, abril 11, 2015

Cosas que uno piensa mientras ve la tele

La violencia de todos los días. Agotadora. Se cierne sobre todos con su nube de miedo que abruma las conciencias e impide ver más allá de lo urgente: sobrevivir al cotidiano viaje hacia el trabajo, sobrevivir al transporte público donde eres maltratado, sobrevivir a la dureza del tránsito por la capital, donde todos miran con miedo y desconfianza, intentar que el alma sobreviva a las ráfagas que se escuchan en la colonia y que ya sabemos, es un muerto que se sumará a la cifra que leeremos en el periódico del día siguiente, sobrevivir al tipo que te roba en el bus, que te amenaza y pide un dólar en el bus, al tipo que te dice obscenidades en la acera,  al que casi te manosea cuando pasas esquivándolo, sobrevivir todo el día hasta llegar a casa, no muy tarde porque es peligroso, para ver el noticiero donde se resumirá toda la violencia del día, con las incontables víctimas, la descarada impunidad de los victimarios y la impotencia del gobierno, sobrevivir a vernos el ombligo tan intensamente que ni siquiera somos capaces de dar ayuda al vecino pared de por medio, con el miedo tan arraigado que cuando asaltan a alguien en la calle, miramos hacia otro lado o nos apartamos lo más pronto posible, con la impotencia como segunda naturaleza, tan incorporada, que no comprendemos que nosotros somos parte también de esto, que nadie va a venir con una varita mágica a solucionarlo por nosotros.
Sobrevivir  es la palabra clave, la que nos embrutece, la que elimina cualquier oportunidad de pensar creativamente y a largo plazo, la que nos obsesiona, la que nos hace gritar cosas como "pena de muerte", "negociación" o "estado de sitio". Sobrevivir, el imperativo de nuestra especie, lo que nos ha traído exactamente a donde estamos. Ahora, un grupo en aras de su sobrevivencia, amenaza con matar a tantas personas en tantos días y a menos que se le den x cosas, continuar con el baño de sangre y a eso le llaman negociar, invisibilizando como siempre a las víctimas. Otro grupo, en aras de su sobrevivencia, clama por los escuadrones de exterminio, los estados de excepción focalizados,es decir  Soyapango, Apopa, Mejicanos y otros "lugares problemáticos", para  "controlar" a la población, más cárceles, cada vez más cárceles y alambre razor y aumento en el gasto en seguridad, un gran negocio en nuestros días, con vigilantes que no están calificados para su tarea y que ganan sueldos míseros.
La tónica general en las últimas semanas ha sido escuchar a diferentes personalidades en diferentes medios decir "se debería hacer..."  y "la culpa es de..."sin que nadie en realidad haga nada, porque ni los funcionarios de estado, ni los partidos políticos en la Asamblea Legislativa quieren asumir el costo político de las medidas que se necesitan para que el gobierno pueda gobernar y la población pueda seguir manteniendo a sus estructuras burocráticas sin desangrarse a diario, cuando digo la población, me refiero a  quienes viven en los barrios obreros y cantones, a quienes siguen poniendo los muertos mientras ganan el mínimo en trabajos que no pagan horas extras.
Resolver la actual situación de violencia requerirá de un liderazgo efectivo por parte del ejecutivo, del trabajo articulado de los diferentes partidos en el  legislativo y de la eficacia del judicial, asumiendo los costos políticos que haya que asumir, negociando más allá de la conveniencia económica, cuotas de poder o contratos que se negocian a cambio de votos, es decir, poniendo como interés principal el bienestar de los votantes, para lograr salir de esta marejada. Y al mismo tiempo, buscar las formas en que las personas largo tiempo excluidas puedan incorporarse a la  producción y sobrevivir, no de la mendicidad institucionalizada o de las actividades ilícitas, sino desde la dignidad.
Y ojalá saquemos la nariz de nuestros ombligos y dejemos de tirar la pelota a la escuela, la iglesia, la policía y a quien quiera que sea y comencemos a ocuparnos de nuestras familias, de nuestras comunidades y de nosotros mismos, a ejercer ciudadanía y utilizar los recursos que nuestra democracia ofrece de manera responsable, sin violencia que sume a la que ya nos rodea y en la que estamos sumergidos. Ojalá que podamos dejar en algún momento de sobrevivir y comencemos a buscar vivir sin temor, con dignidad.

sábado, abril 04, 2015

Placeres Impíos

Viernes Santo. Luego del café del desayuno, busco una peli de esas donde hay siempre una chica que se enamora de un chico desde el principio y luego pasa algo así como hora y media para que sean felices por siempre, una de esas donde si dejas la pantalla por tres o cuatro minutos no pasa nada y no te pierdes, una como digamos, para dejar en segundo plano.
Despejo la mesa y traigo la tabla y el cuchillo. Le saco la cáscara a los mangos sazones y su olor dulce y ácido me llena la nariz, la pulpa que comienza a ser suave y amarilla asoma en su lisa desnudez y la olla se va llenando de los resbalosos cuerpos, luego, en los huecos que quedan entre uno y otro, pongo la corteza de la canela, los clavos de olor, las diminutas semillas de anís que estallan su fuerte sabor en el fondo del paladar, casi como si las saborearas con la nariz, los trozos de panela van llenando todo, el dulce y amelcochado café de la panela me queda en la punta de los dedos, lamo el índice y tomo el pulgar con los labios y el dulce me llena la boca con su reconfortante calidez que promete que todo va a estar bien, como cuando tenías cinco años y alargabas la mano para recibir un trozo de panela de contrabando, mientras el abuelo la hacía pedazos con una lisa piedra de río.
Con un pequeño rugido apenas perceptible, la corona de fuego se completa en la cocina y la olla descansa con su secreto de miel y fruta, esperando convertirse en conserva.
Saco el pescado del agua y confío en que su descanso subacuático ha sido suficiente para eliminar la sal con que lo conservaron. Su ojo vacío me mira, me incomodan los ojos de los pesacados secos, me hacen sentir culpable de no sé que innombrables faltas, así que corto todo rápidamente en trozos y elimino las cabezas. Mi gata me mira con los ojos entrecerrados desde la mesa de la cocina, a ella tampoco le gustan las cabezas de los pescados. Mientras el aceite estalla en pequeñas explosiones al recibir cada relleno de pescado,ha llegado el tiempo de los tomates que aguardaban puestos en macabra línea al lado del cuchillo. Rojos trozos que van a parar a la licuadora junto con las demás verduras y especies, cada vez que parto tomates pienso siempre en sangre, siempre.
La salsa tardará en espesarse lo que tarden los trozos de papas en ablandarse dentro de ella. De momento coloco la tapa y siento el aroma del anís invadiendo la casa.
La primer película romántica ha terminado hace rato y la segunda va como va todo en la vida a veces, por inercia... tampoco es que uno no sepa que al final el chico y la chica serán felices para siempre, pero esto de dejarse llevar por los finales felices cuando una no quiere complicarse la vida es sumamente reconfortante. Una cascada de arroz blanco y dos pizcas de sal coronan ese pensamiento mientras voy por dos tazas de agua para cocerlo.El agua forma un pequeño géiser mentras cae sobre el arroz frito y lo hace saltar. La segunda chica de la segunda película, que por esta vez no es rubia, parece estar muy confundida sobre si el chico es o no el indicado. "Da la vuelta y vete lo más lejos posible", le digo, pero no me hace caso.
Entonces busco la torta que traje desde el inicio de semana para que estuviera lo suficientemente dura. Una torta blanda no saca buenas torrejas, decía mi abuela. Saco los huevos con cuidado para ponerlos junto a la batidora, siempre recuerdo a mi abuela en estas circunstancias, era capaz de cubrir una docena de torrejas con solo tres huevos batidos con el tenedor, era increíble cómo lograba esponjar los huevos batidos de esa manera, no soy capaz de hacer una proeza semejante, me digo con desencanto mientras casco el quinto huevo y dejo cada cascarón con su yema dentro, como extrañas margaritas extraterrestres, aguardando a que trate de esponjar lo más posible, dentro de mis limitadas posibilidades, las respectivas claras.
Saco el dulce de mango del fuego, el olor a dulce y especias inunda la casa cuando levanto la tapa y yo extraño tanto a mis abuelos que tengo que sonreír mientras me dedico a voltear torrejas y ponerlas a escurrir sobre las servilletas... ¡La miel! Lleno la olla con un tercio de agua, vuelco el azúcar, una pizca de panela y las especias y recuerdo una bebida chalateca que se llama temperante y que se hace casi de las mismas cosas de las que estoy haciendo la miel de torrejas. Me prometo agarrar la mochila e ir a Chalate un día de estos, no a trabajar, a caminar, entonces me pregunto si será seguro caminar allá. Últimamente en este país parece que no hay ningún lugar seguro donde caminar.
La chica de la segunda película ha resuelto todos sus problemas existenciales y se ha quedado con el chico. Dejo que corra la siguiente película, total, ver cine banal nunca ha matado a nadie. Casi todo está resuelto, ahora es cuestión nada más de recoger, limpiar, separar las semillas para el huertito y darle las cáscaras a las lombrices. Los platos salados ya están. La miel hierve y dispersa su aroma suave, casi tímido y ahogo en ella a las torrejas, una por una.
Tiempo en la cocina en este Viernes Santo: cuatro horas, nada mal para un Viernes Santo de placeres impíos.