martes, abril 19, 2016

Atrapasueños

Sábado. A la caída de la tarde, los almendros de río pasan a toda velocidad a lo largo de la carretera, ellos corren, como nosotros, silenciosos luego de la presentación. Apoyo la cabeza en el vidrio y me dejo invadir por la modorra del viaje. Cierro los ojos.
En medio de la claridad de la mañana, Jorge canta esos cantos hermosos y antiguos de las tribus del norte de América, el aromático humo de estas hojas que no había visto antes de hoy, llena el espacio entre nosotros y él me rocía agua, la abuelita agua, dice, yo sostengo el manojo de plumas multicolores, alegres y livianas como los espíritus de todas las cosas, pedimos por que las cosas buenas lleguen, porque los sueños se cumplan. Yo pido en silencio por su sueño, por el de Jorge, porque es un buen sueño crear un lugar donde los niños puedan aprender a amar a la tierra y a la poesía.
Abro los ojos y la carretera sigue allí, incansable. A lo lejos una enorme ceiba presume sus hojas nuevas y extiende los brazos como si pudiera abarcarlo todo en ellos, todo el azul que se va tiñendo de naranjas y lilas al fondo, como chispas. El abuelo fuego, pienso, y sonrío mientras cierro los ojos.
Los actores del Tiet, en el escenario, dan cuenta del retiro forzoso de El Quijote. Uno de ellos dice: "y como todos están inmunizados, ya nadie cree en esto de correr aventuras"... en la fila atrás de mí, un chiquillo de cinco años se levanta de su butaca y dice fuerte y claro: "¡yo si! ¡yo si creo, yo creo!". Una sonrisa me invade el rostro porque yo también creo. Y cuando los cuentacuentos deciden ir a rescatar al Quijote del asilo, los chicos en la sala lo celebran y uno más pequeño le pregunta ansioso a su mamá: "¿Y se salva?". "Si, que no ves que ya lo van a salvar, para allá van". Las mamás siempre saben qué contestar. 
Luego, la profesora nos pide una foto con los chiquillos, es la primera vez que ven teatro y nos preguntan lo que siempre nos preguntan: ¿Y van a venir mañana?.
Abro los ojos. A las últimas chispas de luz las barre el viento, a la tierra la invade la oscuridad y a la carretera, rápidos faroles que corren desesperados. Las carreteras son tan largas. El grupo dormita abrigado de cansancio y de sueños que se van cumpliendo por gotitas.
Por la ventana veo la oscuridad y tomo con dos dedos el atrapasueños que llevo al cuello. Lo compró en ese changarrito de antiguedades a la vuelta del Teatro Nacional. "Escogé uno", me dijo y tomé este: verde, amarillo y rojo. Lo llevo siempre, igual que siempre nos las arreglamos para acompañamos a ocho horas de diferencia. El, soñador igual que yo, tenía también presentación hoy, allá al otro lado del charco. Sonrío pensando en que seguramente le habrá ido bien, le escribiré a la mañana. Me  llevo el atrapasueños a los labios y lo beso, como hago siempre que tengo ganas de besarlo a él y pienso que ya pronto será el próximo abrazo, seis meses, un parpadeo.
Cierro los ojos y la sonrisa se queda, igual que los sueños, abrigadita en el alma.

lunes, abril 11, 2016

Contadores de historias

Foto de josealejandronerio.blogspot
Mi amiga Ani, un par de años menor que yo, escuchaba boquiabierta, mientras viajábamos en el bus de regreso de la escuela, acaloradas por nuestro gruesos uniformes celestes de la escuela pública donde íbamos, en una colonia a la que hoy la policía teme entrar. Era una de las tantas historias que yo le inventaba: que si en el predio donde íbamos a jugar había una puerta secreta para un mundo de hadas, de la cual por supuesto, yo tenía la llave; que si la imagen de la tortuga, en esa fábrica de discos que ya no existe a la entrada de Soyapango, me contaba siempre de sus aventuras de pirata, aventuras que como no, yo era la única capaz de traducir... ni siquiera recuerdo de qué iba la historia que estaba contando, pero Ani estaba tan metida en ella, que me dió un poco de culpa, creí que debía ser sincera  y decirle la terrible verdad: que aquello no era cierto.
- Ya sé - me dijo - pero vos lo contás bien chivo, seguí...

Quizás fué entonces que descubrí esta vocación de contar historias, o quizás fue cuando mi abuelo me contaba las historias que inventaba sobre esas fotografías fantásticas de África, en las viejas y bien conservadas revistas de National Geographic que, por supuesto, estaban en inglés, y por su puesto, mi abuelo no hablaba una palabra de inglés, pero eso jamás impidió que yo me enterara de todos los pormenores de los leones cazadores de gacelas, que las devoraban de dos mordiscos, dos, en serio, o de las enormes serpientes pitones que se tragaban vivas a las personas que sin duda tenían una muerte lenta y horrible en el estómago de aquel animal monstruoso que las digería durante nueve meses. O las espeluznantes historias de espantos y las luchas descarnadas de mi abuelo con espíritus, apariciones y hasta el mismísimo diablo que quiso llevárselo y no pudo porque él era así de cachimbón, una especie de superman a caballo y  primos con machete, que podían partir a alguien en dos por cualquier pleito de cercos.

O quizás fueron los cuentos de mi abuela, sobre todas las primas solteronas y primos y tíos que se habían gastado en menos de un año todo el dinero de la familia, todo, hasta quedarse todos viviendo en un cuartito de mesón y ancianas tías abuelas que se habían vuelto locas de alegría o de pena, por alguna visión del más allá o incluso, de ninguna razón aparente en su noche de bodas, incluyendo, por su puesto, las historias de tías ovejas negras de la familia, las cuales solo podíamos escuchar previa advertencia de no comentarlas con nadie, esas me encantaban especialmente: las de escandalosas tías huyendo a plena luz del día con pintores casi conocidos o usando escandalosas micro faldas con calzones a juego y sin faltar alguna que otra tía o prima que casi se hizo monja.

O quizás fueron las historias de mi mamá y mi tía, contadas entre risas, de los tiroteos y de lo cerquita que estuvo, de lo fuerte que se oyen las bombas con su sonido que queda retumbando como una ola sorda en el fondo de los tímpanos y de la risita nerviosa de haberse salvado por un pelo en algún fuego cruzado entre el ejército y la guerrilla, a la salida del trabajo o a la salida de la UES o a la salida de cualquier lugar, porque en este país al parecer siempre ha sido más fácil morirse que otra cosa. O sus interminables historias de asaltos, porque ellas eran en realidad  propensas a ser asaltadas; sobre todo la memorable historia del asalto a la salida del Cine Libertad, después de ver una película de Bruce Lee, mientras comentaban cómo repartirían golpes de karate y donde los ladrones no les dejaron ni lo del pasaje.

En estos meses he tenido que recuperar de a poco y de dónde he podido, los libros escritos, terminados o en proceso de corrección, ya que alguien tomó mi usb y no la devolvió, con lo que todo lo escrito en estos años simplemente desapareció y Saimon y Mauri me dieron su enésimo sermón sobre el porqué debo hacer respaldos de mis cosas, en lo que claro, tienen razón.

Al recuperar mis escritos, enteros o a pedazos, me he metido en un nuevo proceso de re lectura y descubro que esas historias de mi tribu familiar, que se han contado y escuchado tantas veces, que ya mis hijos, mi cuñado y todo el que se acerque demasiado a mi familia, terminará aprendiéndolas, terminaron por ser parte de mi mitología personal y tarde o temprano salieron en un libro de cuentos con historias de fantasmas o en el cuento de la joven que se volvió loca a causa del Duende o en dos mujeres en escena, encerradas en su casa, bebiendo café y esperando, o en una triste mujer que aguarda sin esperanza a recuperar un amor perdido. Que una y otra vez los espíritus tutelares de esas apacibles tardes y de las noches llenas de sombras, regresan a mí con sus voces para acompañarme, para recordarme, para continuarme como un eco que viene de antes y sigue en mi voz, perpetuando el linaje de la palabra.


miércoles, febrero 17, 2016

Cartas

En las vacaciones y por una de esas casualidades de la matrix, donde uno anda buscando poesía y se encuentra con otra cosa, encontré las cartas que el poeta Jaime Sabines le escribió a su novia Josefa Rodríguez, novia siete años y esposa cuarenta y seis más... inconcebible en nuestros tiempos de amores tan desechables como pañuelos de papel.
Cartas lejos del despecho de las de Frida a Diego, de la fatalidad kafkiana en las letras a Felice o la desesperación napoleónica de las cartas a Josefina... nada que ver. Estas cartas eran de esos raros lugares, como sentarse a la sombra de un pequeño árbol a la orilla de una poza, a ver cómo cae la tarde sobre el agua quieta. 
Tengo este voyerismo literario, me gusta revisar en la correspondencia y diarios de artistas y escritores, pillar las ideas que serán los gérmenes de la obra. Me encantaron los diarios de Frida y de Anais Nin, me gustan las cartas. Me gusta escribirlas y recibirlas, anacrónica que es una, supongo.
Me gusta ese tiempo de las cartas, ese compás de espera, ese ritmo de vals, donde alguien escribe con caligrafía decente  y ortografía impecable (a mano y sin corrector ortográfico), sobre las cosas cotidianas, sobre las memorables y sobre las sombras y luces de su interior y del paisaje, tener la extensión de la hoja y la imposibilidad de volver sobre sus pasos una vez que se ha comenzado a escribir.
La sensación de escribir está a un universo de distancia de la de teclear. Aún ahora, en plena era digital, sigo escribiendo las primeras ideas, los primeros borradores, las primeras frases, antes de siquiera saber la historia completa, en mis cuadernos. Elegir un nuevo cuaderno para escribir sigue siendo uno de esos placeres en los que puedo invertir un par de tardes de fin de semana.
Así que cuando asomó febrero y comencé a ver los innumerables post de lugares comunes, globitos de corazón y frasecitas insulsas injustamente adosadas a autores desde el Gabo hasta Exupéry, decidí compartir mi vouyerismo literario  y publicar cada día una carta de amor de algún artista, escritor, intelectual o político... alguna vez me he preguntado ¿los grandes villanos de la historia habrán escrito también cartas de amor?
Pensaba en todo este tema de las cartas de amor, mientras cargaba por el portal de Occidente mi vieja máquina de escribir, una Olivetti celeste portátil, que ahora estamos usando en nuestra nueva obra sobre Consuelo Suncín. Con esa máquina  gané mis primeros juegos florales como narradora allá por 1995 o 96... no soy buena para las fechas.
Pensé que me gustaría una carta como las de Sabines, desde un lugar sereno del corazón, donde el amor fuese un  hogar en lugar de una excursión en kayak por rápidos y cataratas... de esas me sacó uno de los vendedores de la mueblería de la esquina, ofreciéndome un combo de cama con mini refri, en cuotas sin intereses, por el día del amor y la amistad... cosas de febrero.  

 

miércoles, febrero 03, 2016

La Suerte

Foto de www.skyscrapercity.com
A las 4.15 de la tarde, el portal de Occidente ha dejado de ser el asqueroso espacio que es antes de las 7 de la mañana, ahora están abiertas todas las puertas de los negocios de electrodomésticos, ferretería y la Foto Flores, donde todo el mundo se tomó fotografías tamaño carnet, antes de la era fotográfica digital. Mi abuela dice que por allí estaba el elegante almacén París Volcán, donde ellas iban atraídas por las vitrinas, a suspirar por medias tan finas, como yo nunca iba a ver. Cada vez que nos contaba algo, siempre parecía que habíamos llegado muy tarde.
Los pasillos del portal son el espacio social de la tarde. Las señoras del pan y los vendedores de pequeños chunches usados se colocan a los lados y dejan que los peatones circulen al medio para curiosear, comprar minucias de a dos coras o charlar. 
La señora del chuco está junto a la señora de los tamales, no sé de quién de las dos es el canasto de pan, pero es muy buena idea. El lugar siempre  está atestado de trabajadores en la tarde, como una especie de cafetería al aire libre, hay bancas y banquitos en la acera y en la calle y todo el mundo conversa sobre política en el mismo tono que si lo hicieran sobre la final nacional de fútbol.
Cuando la conocí llovía fuerte, como llueve siempre en el paisito. Todo el mundo se había acomodado en el pasillo, hasta los viejos músicos que con sus destartalados instrumentos tocan boleros en el Parque Libertad.
Por tal hacinamiento había que pasar si quería llegar a la parada de microbús, pero el tráfico era lento. Justo antes de los lustra botas estaba ella, una anciana de quien era imposible decir la edad, pero por todas las arrugas de su rostro y su cuerpo menudo, encogido por el tiempo, sabes que tiene muchos años.
- ¡Cómpreme los dos últimos! - me dijo mientras me extendía dos vigésimos de lotería - estos son los suyos, ya va a ver.
Sonreí interiormente ante esta aseveración. Mi madre dice que tengo su misma suerte, es decir, nunca nos sacamos nada, ni aunque estuvieran rifando una patada.
Hice revisión mental de mis fondos y saqué los $1.25 del vigésimo, sin ver siquiera el número lo eché en cualquier lugar de mi cartera y seguí avanzando, con paciencia, hasta la parada del microbús.
Al jueves siguiente volvía por los viejos caminos del portal de Occidente, cuando me saludó con la mano y me dijo como si eso hiciéramos siempre:
-¿Y hoy no me va a llevar?
-Vaya - dije yo, porque me es difícil decirle que no a lo cotidiano.
Cuando le dije que había perdido el otro vigésimo, me miró con cara de reprobación:
- Vaya mama, ahí se le fue el premio...
Y ahí comenzamos a platicar.
Cada jueves a la tarde nos vemos. Ella no sabe cómo me llamo, yo tampoco sé cómo se llama ella, debe ser que entre gente que se conoce, tales cosas como el nombre son minucias.
- Ayer que pasé no  la vi.
- Ay mama, andaba con mi hijo en el hospital y ahí va a perder uno todo el día.
Tiene un hijo "grande" con retraso mental, es el menor, le ha tocado cuidarlos a los dos porque el papá no soportó la presión del hijo enfermo y se fue.
- A saber para dónde, él me dijo que para el Norte, pero a mí me dijeron después que lo habían visto con otra mujer por Ciudad Delgado, a saber.
Así que de lo que tenía guardado comenzó a vender billetes de lotería y a dejar a su hijo encargado para que lo cuidaran.
- Pero la mayor es alentada, ella me ayuda, pero hoy como ya tiene ñeto, anda ocupada, ya le toca criar otra vez.
- A pues ya es bisabuela usted.
- Si mire, la cipota  menor le salió con eso, yo ya le dije que se ponga seria con ella, si no el otro año le va a llevar otra panza y ahí se va a estar criando. Mire yo, ella hasta que ya se fue con el esposo ya crió, porque yo una panza así nomás no se la iba a aceptar. Pero hoy estos tiempos están tremendos usté... y hoy tiene terminación ¿solo uno me va a llevar?
No me dejo tentar. Sé que mi suerte no me da para tanto. Agarro el vigésimo, hoy ya veo los números porque, quien quita... y camino a la parada del microbús.

martes, enero 26, 2016

Diálogos matutinos


Las 5.15 de la mañana. Hace frío y está oscuro, pero los dos suéter más grandes que mi talla, hacen que mi natural friolento deje de tiritar y se avenga a salir a la caminata matutina con el Niche.
A esa hora, una colonia obrera como esta ya ha cobrado vida: los autobuses están corriendo y la señora del fondo del pasaje va al mercado de mayoreo, para la compra que será su negocio del día, los taxistas están terminando de limpiar los vehículos y la gente que entra temprano o que va lejos, ya está juntándose en la parada.
Salimos a la oscuridad y el frío y caminamos colina abajo. Por el camino encontramos siempre a este campesino. Debe tener unos setenta y cinco años. Es un hombre pequeño, moreno de sol y de cansancio, que camina con su paso tenaz y lento, como si midiera la energía que debe distribuir a lo largo de un largo día, y su cuma agarrada con mano poderosa.
Al principio nos cruzábamos y yo, que tengo por costumbre dar los buenos días a todas las personas con las que me cruzo, tal y como mi abuela me enseñó, le decía: ¡buenos días! y el asentía calladamente y seguía su camino. Los campesinos que trabajan en el cerro no hablan con las personas de la colonia, debe ser que no somos de confianza. Pero hoy le dije buenos días y me ha contestado en un susurro, envuelto el cuello y la cabeza en un trapo para protegerse del frío, encima el sombrero de palma. Ese saludo apenas audible me ha hecho tambalear ¿será que ya soy de confianza?
Lo vuelvo a ver mientras sigo bajando la cuesta. Tal vez llegó aquí en los ochentas, huyendo, como huían todos, de las matanzas de la guerra, en oriente y en la zona paracentral. Filas y filas de gente con un bulto en las manos, con una gallina en las manos, con un niño en las manos, con lo primero que se pudo sacar y agarrar para esconderse en la noche y correr por el camino de polvo hasta encontrar la pavimentada, la calle grande, la que llega hasta San Salvador.
Tal vez llegó aquí en los noventas, después de las inundaciones, o en los dos mil, con los deslaves de los terremotos. Tal vez llegó antes o después, en años y años que se cuentan de una tragedia a otra, en nuestro pequeño país de múltiples muertes, donde todos parecen tomar la calle de polvo y querer llegar a la calle pavimentada, la grande, la que lleva a la ciudad, o a la capital, o hasta al norte, allá donde no lleguen todas estas muertes que nos hacen la vida diaria.
Llegamos a la panadería, el Niche y yo. Huele a pan recién hecho y el panadero, en medio de los hornos que lo hacen ignorar la ola de frío afuera, saca las latas de pan. El panadero también tomó la calle polvosa hasta llegar a la pavimentada y parar en una de estas colonias de la periferia de la capital, donde paran todos los que no pueden o no quieren seguir caminando. Al principio él había seguido caminando, llegó hasta México, de allá lo regresaron, le fue mal y no quiere hacer el intento otra vez, mejor estar aquí, al calor de los hornos, en medio del olor del pan.
El Niche y yo regresamos. Mientras camino en la oscuridad y el frío, pienso en esa imagen: un camino, un camino polvoso por donde caminan dos personajes... esa es una buena primera imagen para una obra ¿qué? ¿un cuento, teatro? ¿quiénes caminan? Hay una mujer de unos cincuenta años que camina y no puede ver... ¿porqué escribo siempre sobre mujeres de más de 35?
Sin darme cuenta llego a mi cuadra. En el murito antes de llegar a nuestro edificio, encontramos como siempre, al anciano campesino, está esperando a un su compadre, con el que suben al cerro. Como siempre, voy a decirle adiós, aunque se que no va a contestarme más que con su enigmático movimiento de cabeza. Pero antes que yo hable, con una voz de siglos me dice:
- ¿Ya viene? Hoy fue y vino luego...
- Es que estaba sola la panadería - le contesto tratando de disimular el asombro, como la cosa más natural del mundo.
- Vaya... que le vaya bien.
Me dice y deja de ponerme atención porque su compadre ha llegado. Yo lo veo por un momento y volteo la cara antes que él pueda ver la enorme sonrisa que se está dibujando en mi rostro. Entonces, pienso para mí, ya soy de confianza.  

martes, enero 19, 2016

Retazos de memoria

Cuando contamos una anécdota ¿de qué nos acordamos? Cuando recordamos nuestra propia vida ¿Qué pasamos por alto? Cuando hacemos teatro para hablar de nuestro pasado, de nuestro país, de nosotros ¿Qué escogemos iluminar sobre la escena, qué dejamos en la sombra?
Durante varios años,  cada 16 de enero, fecha de la firma de los Acuerdos de Paz, mi grupo de teatro, El TIET, hacía una actividad para conmemorar esta fecha que nos define como país y hay tanto que hablar respecto a nosotros como país.
El año pasado generamos la iniciativa del Encuentro Teatro y Memoria. Queríamos un espacio donde gente de teatro, haciendo teatro en El Salvador, con temas surgidos desde nuestra historia y memoria, pudiéramos compartir nuestro trabajo desde el escenario, desde la escritura y desde nuestra reflexión sobre el hacer.
Los teatristas salvadoreños estamos demasiado ocupados sobreviviendo. Nos arrolla la urgencia de conseguir la próxima presentación, el próximo espacio, el dinero del alquiler, de rascar con las uñas lo necesario para la próxima producción... no hay tiempo, no hay espacio ni ánimo para vernos, a veces pareciera que tememos vernos...
El espacio era también entonces, un lugar donde poder sentarnos y preguntarnos cosas como: ¿Porqué escribiste eso? ¿Cómo lo hacen ustedes, cómo trabajan? Desde los procesos de escritura y montaje hasta las acotaciones... en el primer encuentro nos la pasamos hablando media hora de las acotaciones...
La experiencia fue tan enriquecedora, que quisimos repetirla en 2016. Primera pregunta: ¿Hablar de nuevo de la guerra? ¿Investigar otros temas donde habite la memoria? Y entonces, discutiendo, pensando, una y otra vez, terminamos por escoger a Consuelo Suncín, artista salvadoreña nacida en Armenia, como la protagonista de nuestro II Encuentro. ¿Cómo reconstruir a este personaje a partir de la memoria? ¿Qué dice el teatro sobre ella?
El primer encuentro lo realizamos con nuestros ahorros navideños. Para este segundo encuentro ya no contábamos con un local donde albergar las presentaciones teatrales, además queríamos publicar un libro con las obras leídas en 2015, dramaturgia salvadoreña contemporánea con temas salvadoreños nacidos de nuestra historia reciente, algo que ninguna institución de cultura está haciendo; invitar a otros dos grupos a sumarse a este nuevo encuentro y estrenar una obra sobre Consuelo Suncín, escrita por nuestro amigo y maestro de dramaturgia, Alejandro Finzi, quien se interesó profundamente en el tema cuando nos visitó por primera vez en 2014 para el estreno de su espectáculo para niños "Historias de Glaciares".
Tocamos puertas y ventanas de instituciones culturales, muchas se cerraron en nuestras narices, otras ni siquiera nos contestaron. Al final, Rubidia  nos acogió en el Teatro Municipal Roque Dalton y Demetrio hizo lo suyo en el Teatro Matías para que Alejandro Finzi pudiera ofrecer un taller de dramaturgia a jóvenes teatristas. Juntamos nuestros escasos ahorros, prestamos dinero y bueno, el telón se abrió, el espacio se creó y una vez más pudimos encontrarnos, compartir y reflexionar sobre nuestro oficio.
Como colectivo que hace teatro de grupo desde la periferia, fuera de los reflectores del stablishment, sin el apadrinamiento de una institución, partido político o de los temas de moda de lo políticamente correcto, estamos a contra corriente, en ocasiones es demasiado cansado, casi desesperanzador, pero vemos los resultados: el libro "Cicatrices de la memoria", con dramaturgia salvadoreña contemporánea; las ideas, reflexiones, recuerdos y esperanzas volcadas en los conversatorios, el estreno de nuestra nueva pieza, las relaciones generadas con otros grupos a través del trabajo teatral, en un medio que generalmente es considerado caníbal, por decir lo menos.
Esa idea, la idea de generar un espacio para que exista este teatro que quiere decir y hacer otras cosas, que no es masivo, que va a contra corriente y poder encontrar a otros viajeros que comparten la búsqueda, eso es lo que nos hace resistir, eso es lo que nos mantiene en el camino. Después vendrán otros y tal vez este intento quede relegado a la oscuridad de la memoria, pero tal vez este intento sea una pequeña fuente de luz, como la esperanza de una solitaria estrella en el desierto.

sábado, octubre 03, 2015

Mujeres

Me gusta trabajar con mujeres... con La Cofradía de las Oblatas del Divino Ósculo, el grupo de mujeres poetas con el que últimamente inventamos cosas en la Coordinación de Letras; con mis alumnas del Técnico en Teatro, cuando por casualidades de la vida, la clase ha sido solo de chicas; con las mujeres del Círculo de Mujeres Nahuixóchitl, cuando nos encontramos para  trabajar sobre nosotras mismas ycompartir nuestras vidas; con las chicas del TIET, cuando hablamos del diseño de algún nuevo montaje; con las mujeres reclusas, en el taller de teatro de los lunes, en el Centro de Readaptación de Mujeres de Ilopango.
Es especial la energía que se genera en un círculo de mujeres trabajando de forma femenina, es decir, trabajando de manera circular y solidaria, esa energía te acuna y te renueva.
Ese lunes, en el taller de teatro del Centro de Readaptación, además del espacio de contar historias, tenemos un espacio para mostrar los talentos, las cosas que hacemos, las cosas que nos salen bien.
Una de ellas es tímida, casi siempre habla al último, a veces no habla. Hoy también se ha quedado callada. Al final levanta la mano para pedir la palabra.  
- Yo voy a hacer dos cosas de una vez - dice- primero le voy a contar la historia: cuando yo entré aquí, yo pensaba que no podía hacer nada, que nada me salía bien. Una vez que estaban unos talleres, yo estaba viendo una señora haciendo filigrana de papel y me dijo: ¿quiere aprender? Yo probé para ver cómo se hacía y al principio me daba cólera porque no me salía y yo decía: ¡qué dunda soy! y la señora me decía: tenga paciencia, hágalo otra vez y le va a salir y mire, ahora hago esto.
Saca un cuadro y me lo da. Es un cuadro pequeño, de cartulina blanca, con filigrana de papel de colores: peces, mariposas, un barquito y letras de colores dando las gracias por las enseñanzas que hemos compartido.
- Este es para usted, porque también nos ha enseñado cosas que no sabíamos que podíamos hacer. Nos ha tenido paciencia. Yo al principio dije: yo no voy a poder, pero mire, ahora ya hago bastantes cosas de teatro.
Yo recibo el regalo. Es un gran regalo.
Terminamos con la jornada:
- ¡bien! para cerrar, en una palabra: ¿cómo se sintieron en el taller?
En medio de un montón de sonrisas, con abrazo, beso y apapacho:
- bien...
- feliz...
- como persona...
- muy poquito...
- libre...
 Después de tantas palabras y abrazos, estuve tantito así de que se me salieran las lágrimas... y después le preguntan a una que para qué hace teatro.